sábado, 22 de septiembre de 2012

Mi nueva versión de La Santa Inquisición, la albigense, me tiene de lo más satisfecha. Comencé a esbozarla y el posicionamiento de la figura central resultó limpio y contundente. Cuando una obra arranca con tanta claridad por lo general el resultado final es muy a mi gusto. Y si bien es apenas el principio y poco se ve sobre la base, el contorno de una calavera se adivina y me complace. Como Casaubon y Belbo en sus charlas, uno una cosa con otra (calavera, Hamlet, la búsqueda de identidad), y mientras contemplo el trabajo del día me viene a la cabeza la cuestión de los seudónimos, heterónimos y ortónimos. ¿Qué soy yo? Lo más real de mi persona. Tal vez exista otra variante, otra manera de denominar a quien es en paralelo a la persona que se supone que es. Aunque no es tampoco “suponer”. Es ser, mas o menos, dos personas distintas. Yo, en mi vida “civil”, tan normal, tan intrascendente; y yo, en mi vida verdadera, tan rara, tan intensa, tan satisfecha de la diferencia. Tenemos distintos nombres y realmente distinta manera de pensar y de sentir. Distinto grado de compromiso con lo que hacemos. ¿Heterónimos? No, digo yo, porque no somos ficciones (ninguna de las dos). Las dos vivimos en el mundo real e interactuamos con el entorno. Cada cual con sus cosas, cada cual en su propio ámbito. Mucha gente (la mayoría) que trata con una ignora la existencia de la otra. ¿Seudónimos? Tampoco. Yo no soy un nombre falso para que en mi vida “civil” ignoren mi realidad de artista, como si tal cosa me avergonzara o me pareciera impropia. Simplemente, somos dos realidades diferentes y escindidas. Doble vida. Aunque la verdadera sea yo, la otra es anterior y me genera cierta dependencia. Cierto apego sentimental. Todo esto es bastante absurdo…
Charles Dodgson, diácono de la iglesia anglicana y profesor de matemática y lógica en Oxford, era Lewis Carroll, aunque muy pocas veces reconoció públicamente su seudónimo. No contestaba las cartas cuando llegaban a nombre de Carroll a su domicilio de Christ Church. Las devolvía con la leyenda “desconocido”.
Cuentan que una tarde en que José Regio tenía pensado encontrarse con Fernando Pessoa este apareció, como de costumbre con algunas horas de retraso, declarando ser Álvaro de Campos y disculpando a Pessoa por no haber podido acudir a su cita.
Ricardo Reis repara en que por debajo de su puerta asoma un rayo de luz, habrá olvidado la luz encendida, son cosas que le pasan a cualquiera, metió la llave en la cerradura, abrió, sentado en el sofá estaba un hombre, lo reconoció inmediatamente pese a llevar tantos años sin verlo, y no le pareció irregular encontrar allí a su espera a Fernando Pessoa, dijo Hola, aunque dudó de que le respondiera, no siempre el absurdo respeta a la lógica, pero el caso es que respondió, dijo Hola y le tendió la mano, después se abrazaron, Que, cómo va eso, uno de ellos pregunta, o los dos, no tiene importancia… (…) pero, dígame ahora, qué es lo que le trajo a Portugal. Ricardo Reis sacó la cartera del bolsillo interior de la chaqueta, extrajo un papel doblado, hizo como que se lo entregaba a Fernando Pessoa, pero este lo rechazó con un gesto diciendo, Ya no sé leer, léalo usted, y Ricardo Reis leyó, Muerto Fernando Pessoa Stop Salgo para Glasgow Stop Álvaro de Campos, cuando recibí este telegrama decidí regresar, me pareció como un deber, Es muy interesante el tono de la comunicación, es Álvaro de Campos sin duda, en tan pocas palabras se le nota una especie de satisfacción maligna, casi diría una sonrisa…” José Saramago, El Año de la muerte de Ricardo Reis, pag. 99/100.-
Si después de yo morir quisieran escribir mi biografía/ No hay nada más sencillo. Tiene sólo dos fechas/ La de mi nacimiento y la de mi muerte./ Entre una y otra todos los días son míos. Fernando Pessoa/Alberto Caeiro -- Poemas inconjuntos

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