miércoles, 25 de octubre de 2023

 






















     Tras varios días de grato trabajo casi estaba por darla por concluida, pero algo faltaba.  Estaba lo suficientemente recargada, casi sin espacio para incorporar nada más.  Pero algo faltaba.  Puede que mi inconsciente se hallara fijado en unos post-it naranjas y amarillos que deambulan en el cajón de mi escritorio.  Y una de mis voces empezó a replicar con insistencia: “le falta los post-it…”

 

     Era una idea absurda pero una vez considerada fue imposible descartarla.  Tracé alguna simbología cartográfica clásica sobre los pedacitos de papel naranja que, luego de fugaces e infructuosas argumentaciones lógicas, terminaron siendo parte de la obra.  No sé si me convence del todo el resultado, pero al menos la monótona vocecita con su mantra “post-it… post-it…” se acalló en mi cabeza.




















































































sábado, 14 de octubre de 2023

 





     A veces arranco un trabajo con el pie izquierdo, sabiendo que ya voy mal aspectada, pero como la esencia del juego creativo es sobreponerse a las contingencias, sigo.

     Ya la pifié con exceso de fuego cuando empecé a horadar el boceto de un retrato clásico de Carole Lombard (lánguida, aburrida, siempre hermosa).  Quería solo un hueco en la mejilla y le quemé media cara.  Hago malabares pretendiendo sostener al mismo tiempo el celular para fotografiar, la lámina cerca de la canilla para el auxilio inmediato del agua, y el encendedor en la derecha intentando controlar mínimamente el recorrido del fuego.  ¿Qué podría salir mal?























    Pero el estropicio de este primer paso ígneo no es muy distinto al habitual, así que lo adhiero a una lámina dorada.  Si, esas láminas doradas son poco convenientes para las mixturas (demasiado frágiles como todo material de uso escolar, poco adherentes para la tinta y el acrílico, se rasgan al mínimo roce del lápiz al bocetar), pero el efecto final me encanta.  Y, además, hay un par dando vueltas sobre mi tablero y hasta que las use no me puedo desentender de ellas.
















    Y ahí se me ocurrió la (mala) idea de quemar también el soporte dorado para adherirlo a un tercer papel.  Se suponía que eso me daría la estabilidad necesaria para superponer encima capas de tinta y pintura.  De nuevo, encendedor en una mano, lámina y celular en la otra, me arrimé a la pileta para intervenir todo el soporte.  Me di cuenta tarde que colocando el encendedor debajo de la lámina esperando el chamuscado arriba para abrir el hueco con el papel metalizado no iba a funcionar así.  El fuego se extendió por debajo del metalizado antes de abrir la capa superior.  Casi incendio todo (entendiendo por “todo” la obra, mi cabello y la casa).






























     El película metalizada se quemó menos que el papel que la sostenía, volviendo aún más endeble el materia, frágil como el envoltorio de un chocolatín.  Pegué todo sobre papel batik anaranjado en un intento de estabilizar, tan abrumada por el desastre precedente que lo adherí ladeado.  Una cadena de chapucerías indescriptibles.









     Me digo (ingenuamente optimista) que lo torcido que pegué el diseño puedo corregirlo dibujando alrededor.  Lo intrincado y recargado de mi trabajo puede servir para disimular tanto tosco fallo.  Dibujo un rato, más que nada para calmarme los nervios.  Trato de sacarme de encima la sospecha que mi relación con el fuego no va a terminar bien.