(4:45 a.m. Buenos Aires)
Enfrentar
hoy el cordial saludo de fórmula de “feliz cumpleaños” resulta
tan sádico, que, me pregunto ¿existe un modo práctico de anular este cumpleaños
y -si llega y llego- celebrarlo en el 2027? Pero quién desconoce mi horrible realidad y actúa
con honesto afecto en el saludo, ¿cómo replicar amargamente que no tengo nada
que festejar? Lo cual sería, también, mentira,
porque sí hay algo: aún estoy viva y mientras escribo esto estoy dibujando (a
las 4 de la madrugada, cuando ya los fármacos no me hacen dormir y sólo resta
llorar, me levanto y me vengo con mi lámpara a un único rinconcito iluminado de
esta enorme y silenciosa la casa). Y
no está nada mal esta paz creativa de evasión de la realidad real. Tal vez
debería colgar rápido, ya mismo, en mis redes y en WhatsApp un cartelito con el
texto: “cumpleaños suspendido hasta nuevo aviso” y evitar algunos
disgustos. Puede que lo haga, es muy
temprano. Hay chance.
(17 hs. Buenos Aires)
Logré armar un sostén (más o menos sólido, ciertamente más menos que
más) atando la obra a un caballete de mesa que también até a una mesita de
trabajo, porque menos de la mitad de la base del bastidor puede apoyarse sin
destrozar la puntilla endeble de papel de seda y los bordes del abanico. Todo un absurdo y una incomodidad perversa
para trabajar. Pero me conformo con que
ya puedo tener la obra del derecho en vertical y visualizarla completa como debe
ser.
Puse
un poco de foil dorado detrás del retrato, que en foto no luce pero que al
moverse uno alrededor de la obra en persona da un reflejo atractivo que aporta profundidad.
El corazón
clausurado que tracé durante la madrugada lo coloqué en la parte alta en
diagonal con el abanico, en un intento de equilibrar. De la llave voy a sacar una cadena de eslabones
en papel para enlazar y cruzar sobre la obra, saliéndome de los bordes también por
arriba. En teoría. Obviamente, hacer una cadena en papel es también
poner en el otro extremo material endeble que va a continuar haciendo esta obra
totalmente inmanejable. Pero son estos
disparates los que hacen divertido el proceso creativo, y ese placer permite
soportar todo lo demás.




































































