domingo, 19 de noviembre de 2017







     En su Une Saison En Enfer Rimbaud refiere la  “historia de uno de mis desvaríos”, y aunque soy consciente del sacrilegio, no puedo evitar parafrasearlo tratando de explicarme.  Así funciona mi (confusa y hereje) lógica.  Lógica farnelliana.

     Uno de mis pocos amigos de siempre me pide un diseño para los logos navideños que aplicará a sus regalos empresarios de este año.  Busco en mis archivos conociendo su gusto y el perfil de la empresa y juego con la idea de unos elegantes Nutcrackers en tonos lavados y traslúcidos..  Inconscientemente recuerdo que él y yo nos conocimos cuando cursábamos la secundaria y por pura asociación de ideas precisé el tiempo coincidente con mi profesora de música que pretendía que reconociéramos el sonido de los fagots en el Vals de las flores del  Cascanueces de Tchaicovsky.  Así funciona mi cabeza.

     Y todo bien hasta ahí, que tracé un par de ideas que le escaneé y le envié por mail, mandándome poco después como quedó el definitivo enviado a la imprenta.  Nada nuevo bajo el sol.  Pero me quedó la idea revoloteando de ¡que cosa fantástica resultaría un nutcracker con rollos de cocina!  Las proporciones exactas.  Una persistente idea (probablemente estúpida), que sólo puedo exorcisarla a través de las manos. Y empecé otro juego poco práctico que –como de costumbre-me aparta de lo concreto que estaba haciendo en este momento.


Rollos de cocinas para piernas, torso y botas...







Pedazos de rollo y cartón corrugado para las cabezas...







Un pedacito de esas larguiruchas cajitas de cápsulas de café para equilibrar clavícula y cuello...








Mas rollos para el cabello y las cápsulas de la sorpresa de los Huevos Kinder gigantes para agrandar el sombrero...











Trabajamos un poco los brazos





Y siempre, siempre, cuando ponemos algo de pintura las cosas empiezan a tener forma….







Y si le agregamos los brazos, mejor.  Vaya a sabe uno en que va a terminar esto....












sábado, 18 de noviembre de 2017



     Será porque a mis comienzos la regla inconmovible era que “los pintores” pintaban con óleo y yo, aprendiz de todo dotada apenas de cierta habilidad para el dibujo, no podía hacer nada con esa pintura pastosa, rígida, inhóspita para la torpeza, que siempre odié pintar al óleo.  Lo intentaba –yo quería ser uno de ellos, un “pintor”- pero la frustración era infinita y me vencía la desgana.

     Pasó el tiempo, fui haciendo trampa sobre trampa, inmiscuí trucos de dibujante para simular que pintaba, y la vida fue siguiendo de modo más amable a mis posibilidades.  Cada tanto vuelvo al óleo, un poco, para incorporarlo junto con otras técnicas que me son más simpáticas, mixturizando absurdamente como me gusta y me identifica.

     Pero hete aquí y por puro espíritu veleta, que esta mañana cuando saqué mi paleta de óleos y el kerosene y me puse a trabajar ante el caballete, necesitada de rescatar el rostro del bochinche que había hecho en el fondo, volví a sentir lo que siento cuando pinto con mis escasos óleos: ¡Qué placer!  ¡Que delicia es pintar con esto!  ¿Me contradigo? ¡Siempre!







    Los hechos son los hechos y no hay argumento que valga.  Con el óleo no son sólo el color y la forma, es también la pincelada.  La pintura se desliza según se la diluya o se la empaste, se use el pincel húmedo o seco, cambiando de uno redondo a uno plano, ¡todo influye!  Y entonces no son textura sino sensaciones.  La pincelada permite que la pintura sienta que es piel, que es labio turgente, que es iris musculado y flexible.  Sé que divago, que esto suena a brote psicótico, pero la pincelada permite intuir el hueso del pómulo, la caída del párpado, la curva sensual de una pestaña.  El óleo es como el infinito.  Por eso lo  usan los pintores.  La verdad es la verdad aunque tardemos toda una vida en llegar a ella.








     En fin, maravillosa mañana trabajando con luz natural de pie ante mi maltrecho caballete.   Y más allá de todo, el óleo es ideal para trabajar los ojos, para lograr las miradas.  Aun con mi restringida paleta (uso tan de vez en cuando esta técnica que es el material que menos compro), es un pintura tan dúctil que permite plasmar lo que uno ve y lo que uno siente.  Magnífica mañana de trabajo.

































jueves, 16 de noviembre de 2017


 




     Empiezo a preocuparme.  Remití el 1 de noviembre (hace quince días) mi postal “Café Paris” para el evento benéfico #TAE 18, a desarrollarse en Australia, y hasta hoy no ha llegado. 

      Por lo general me manejo con el correo postal oficial, y aunque algo demora nunca ha sucedido que una obra no llegue a destino.  Quizá es normal este delay, estamos a medio mundo de distancia (de hecho, creo que la diferencia horaria es de casi 12 horas).  Normalmente no me pondría ansiosa, pero “Café Paris” me gusta mucho y realmente me daría pena su extravío. 

 
 
 
 

     Tengo margen de tiempo para elaborar otra pieza para el evento, no es ese el problema.  Pero de veras me gusta esta pequeña obrita azul y quisiera que llegara a su destino y poder, desde lejos, verla cumplir con el camino trazado para ella.  A seguir esperando...
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

miércoles, 15 de noviembre de 2017



     Recibí hace un rato este mail:






     Y como realmente creo que estos portales  son una herramienta magnífica para que los artistas independientes puedan difundir su trabajo y posicionarse frente a un público al que por otras vías jamás tendría acceso, acepto con gusto la invitación y comparto la data a quién quiera utilizarla también.