martes, 3 de agosto de 2021

 






     No hay mucho que se pueda hacer acá más que ser quién somos.  No puedo buscar la conveniencia mercenaria de la militancia política, que podrá generar  ingresos económicos pero convierte a la obra en panfleto y eso es imperdonable.  Tampoco puedo subirme a la ola de la “lucha por la igualdad de género” porque, lamentablemente, adherí al feminismo desde las generaciones que me precedieron y todo lo que proclaman ahora me parece tan antiguo.  Yo ejerzo convencida  la igualdad y jamás me he sentido limitada por el mero hecho de ser mujer (ni lo he sentido ni he permitido que me lo hicieran sentir, mis batallas las libro en persona, no necesito que las pelee un “colectivo”, ni que me den un subsidio, ni un cupo, y mucho menos un “ministerio de la mujer”).  Así que, lamentablemente, tampoco puedo aprovecharme de la moda feminazi porque ni lo creo, ni me sale, ni mi obra lo permitiría.


     No queda más que seguir haciendo lo nuestro, sin pretensiones y sin ayudas externas, sin chances de conseguir espacios de exhibición en el contexto público, sin las simpatías de los medios académicos cooptados por la política partidaria, y en abierto choque con las galerías locales que adhieren a la masividad correcta (y estúpida) de hablar todo con “e” (de estupidez).  Seguimos en lo nuestro y bregando por abrirnos paso en el afuera gracias a la web, que más nos queda.




















    Un retrato, fuego, una inexplicable lámina de un verde espantoso (que ignoro por qué compré), sirenas danzarinas y tipografía de principio del siglo XX.  Lo necesario para olvidarnos de todo lo demás.  En proceso.
















































































sábado, 31 de julio de 2021

 







     ¿Qué sentido tiene perseverar en el camino cuando alrededor es contundente la sentencia de que no importa lo que hagas nunca van a permitirte avanzar?  Claro, tiene lógica.  El sistema del arte institucionalizado -o sea, retribuido mensualmente con fondos públicos o privados- es muy celoso de su status quo, de los beneficios que obtiene manteniendo el juego restringido a sus reglas y a sus escogidos.  Permitir el acceso de cualquier outsider, cualquiera ajeno a su selecto gueto de pertenencia, implicaría correr el riesgo de que se marquen diferencias y tal vez se cuestione ese oscuro y dogmático andamiaje que los sostiene y apuntala su poder.


















    “La mafia del amor” la llama Rodrigo Cañete, crítico que ha tenido que sufrir múltiples intentos de cancelación por cuestionarlos públicamente.  En la Argentina todo es tan chiquito -y cada vez más reducido-  que literalmente el mercado del arte local es un grupo de conocidos que se cierran endogámicamente ante cualquier intromisión externa.  Entre ellos se reparten el poco espacio y la escasa rentabilidad.  La vaca atada en un corral blindado con criterios de accesibilidad de secta estricta que bien podría enseñar a los masones códigos de exclusividad.


    Pero, de nuevo, es entendible que actúen así.  En un mercado reducido tienen que asegurarse que lo que reparte el erario público (becas, subvenciones, premios nacionales, apoyos a la creación y etcéteras con denominaciones acordes a los nuevos tiempos) y lo poco que viene del sector privado (auspicios y espónsores publicitarios) no sea captado por nadie más que ellos.  Las pocas ventas de obras deben ser de artistas pertenecientes al grupo para  asegurar el debido retorno.  Todo dentro de la secta.









     Tras tantos años de deambular en la periferia, uno llega a conocerlos con nombre, apellido y prontuario, a descubrir sus mecanismos de selección y los costos para postular como candidatos propicios al proceso de iniciación.   O sea, sumisión y pleitesía ciega, rendición incondicional a su voluntad y renuncia absoluta al pensamiento propio.  Pertenecer tiene sus privilegios, pero condiciona la libertad.

 

     Hace tiempo me aconsejaron -dada mi nefasta doble condición de autodidacta y  arisca- ingresar al taller de algún maestro reconocido, de esos que “son jurados fijos de los salones nacionales”.  También frecuentar asiduamente los vernisagge  y trabar “amistad” con los que manejan las cosas, o por los menos, "hacer lo necesario" para caerles en gracia.  Trabajar en las “conexiones”, en acceder al séquito de los que importan.  Luchar por un lugar en la corte, en el coro, en la claque.  La mafia del amor, claro.  Ya sabemos que no acaté el consejo por exceso de respeto a mi obra y ese vicio inconfesable por la honestidad intelectual.  Mala mía.






 


     “Así no vamos a llegar a ningún lado”, me decía ayer cuando, solo por costumbre, remitía un formulario digital para un Salón Nacional.  No lo hago por fe sino por costumbre al rechazo.  Necesito que sigan diciéndome que el arte no es lo mío.  Se me ríe en la cara, deja en claro que considera infantil mi persistencia en nadar contra corriente.  “Se vence al enemigo infiltrándose entre sus filas y atacando desde dentro” es la estrategia que constantemente me sugiere.  Yo estoy condenada a ser una letra de tango, a ser más blanda que el agua, que el agua blanda, ese agua que horada la piedra. 






















miércoles, 21 de julio de 2021

 

     Obra en proceso.  Aplico (sin ninguna causa racional) foil champagne al área circular que alegoriza el Mundus Subterraneus en el original de Athanasius Kircher que trazo en superposición a mi caballero de manos francas.  Y sobre el dorado el plan es dibujar el cartouche  de un mapmundi, por lo que replico la superficie (el molde siempre fue un plato de prostre) y sobre ésta la ornamentación de mi carta modelo.


















































 

 

     Hecho, vuelvo a acentuar las sombras de pecho y manos con un poco de óleo.  Una vez seca esta primera capa de pintura grasa (y con algo más de visión recuperada, espero) habré de definir la figura y sacar las manos a un primer plano definitivo para terminar la composición y -si la obra lo aprueba- dar por terminado el trabajo.    







































sábado, 17 de julio de 2021

 






     Intento trabajar pese a esta -excesiva- disminución de visión.  Entre la medicación que dilata mis pupilas y las persistentes mosquitas que lo enturbian todo y que me tienen más concentrada en discernir si son reales o no espantando la nada frente a mi rostro, la precisión de la línea y la nitidez de la forma me son esquivas.  Pero igual intento pintar, porque no hacerlo me sume en la depresión y entonces el dolor de cabeza es lo único que queda.  Combato la realidad apelando al oficio.  Si no veo lo suficiente intuyo la forma, reemplazo la exactitud por el impacto -tosco- del color.  Me embarco en lo confuso como si fuera premeditado hacer las cosas mal.

     Y lejos de lo patético que suena, dibujar -aun de modo limitado y tinto de resignación- es tan placentero como siempre.  Una vez que abandono la aspiración a lo exacto y relajo la intensión, el juego domina la acción creativa y el goce es la única regla a seguir.  Nosce te ipsum.  Me conozco y conozco mi destino, pero en el mientras tanto todavía puedo jugar a jugar.