jueves, 19 de abril de 2018


     Es sabido que debería estar haciendo otra cosa.  Pero es inevitable, empezado el juego no puedo apartarme de la diversión...












 
 
 
 
 
 
 
 

martes, 17 de abril de 2018



     Sigo distrayéndome.  Paso la tarde preocupada por que todas tengan sombrero:



















          -Y tratá de no distraerte…- dijo a manera de saludo de despedida.  Claro, me acababa de dejar la data de un par de galerías porteñas con las que puedo negociar para montar una individual en la segunda mitad del año.  Pagando, por supuesto, pero dentro de lo accesible a mis posibilidades.  Es cuestión de analizar cuál de los espacios es más apropiado para mi obra, sabiendo cuales formarán parte de la exhibición, y comenzar con el enmarcado de las elegidas y el diseño de catálogos y material de publicidad.  Todo muy profesional, seriamente organizado.  Era, hasta ese momento, lo único que quería hacer.  Imposible distraerme con otra cosa.

     Y todo bien, empecé a trabajar en ese proyecto cuando comprendí, por pura lógica, que si voy a enmarcar nueva obra necesito espacio para su debida guarda (las obras sobre papel ocupan un espacio razonable sobre mi tablero, los marcos con vidrio además de sumamente frágiles requieren más lugar).  Así que nuevamente fui toda dispuesta a acomodar mi taller, repitiéndome como mantra hipnótico que iba a tirar cosas viejas, inconclusas o fallidas.

     Las buenas intenciones me duraron los diez segundos que me llevó llegar al rincón donde amontono algunos amagues de esculturas de papel que se malograron.  Entre ellas, el inicio de un flamenco que lleva más de dos años abandonado, con las patas perdidas por ahí después de asumir que era imposible asegurarlas al cuerpo y lograr la unidad de la pieza.   Juro que iba a tirar todo, cuerpo de pajarraco y sus absurdamente débiles patas.  Pero al volver a prestarle atención creí vislumbrar dónde había estado el error inicial y, sólo para comprobar el punto, intenté otra vez unir los pedazos…  Y ahí estuve perdiendo el fin de semana, jugando con mi flamenco (al que en la intimidad de mi taller llamo mi garza).








     Pero diré que la garza no fue realmente el problema, sino que por asociación de ideas mientras dejaba secar los recortes de diarios que componen la cola de plumas, empecé a diseñar unas muñequitas de rollo de cocina que quiero hacer al estilo de la commedia dell´Arte.  Me propuse desarrollarlas al revés de todo lo que he hecho antes, es decir, en vez de empezar por el cuerpo limitarme a las cabezas para darle preeminencia a los rostros y, de las cabezas que resulten satisfactorias, seguir para abajo.  
















     Y sí, evidentemente, ya estoy distraída en otra cosa...










sábado, 14 de abril de 2018








          Cada obra marca una historia distinta, independiente de su autor y por completo indiferente a los planes que éste tuviera para ella.  Aunque su autora (o sea yo) pretenda siempre la unicidad del original y la exhibición a la antigua, Resabio de Conquista ha sabido imponer su preferencia a verse expuesta reproducida en exóticos soportes mientras ella, la única y original, sigue colgada en un pasillo de mi casa.


     Supo estar en Roma, exhibida en una impresión sobre seda:













      Y en Mendoza, en el evento Paseo de las Américas organizado por el BID  y fotografiada con un drone (si eso no es sofisticación no sé qué puede serlo):











     Igual, y aunque ella marque constantemente sus preferencias, yo sigo prefiriendo verla, sobria y elegante, bien centrada en la pared:





















jueves, 12 de abril de 2018





 
 
 
 
 
 
     Insisto: esto no era posible antes de la masividad de la Web.  Somos una generación de artistas dotada de una herramienta magnífica destinada a cambiar por completo las reglas del mercado del arte. 
 
     Las redes sociales tienen todas las fallas y todos los riesgos que constantemente nos señalan, pero como herramienta también tiene la chance de un uso inteligente y ético, posibilitando el acortamiento de las distancias y la indiferencia al tiempo.  El arte en la era de internet se vuelve concretamente accesible, tiene caminos directos y sencillos entre artista/espectador/coleccionista,  y esa accesibilidad libera al artista de su histórico sometimiento a los capitostes del mercado.  Se puede sin galeristas  ni curadores, sin marchands ni arts-dealer poderosos, mover la obra de una punta a la otra del planeta y lograr que ésta se encuentre con ese espectador ideal con la que completa su discurso.
 
     Café Paris se halla camino a Devon, UK.  ¡Gracias Caroline Hall por hacerme conocer el final de la historia!
 
 
 
 
 
 
 
 
 

miércoles, 11 de abril de 2018














          Mi pequeña Cafe Paris ha emprendido el viaje definitivo a su destino.  No sé quién la adquirió,  pero espero que ese espectador ideal que la ha escogido la disfrute en la misma medida que ha sido un placer para mí el juego compartido de su composición.  Que sean ambos muy buena compañía.