martes, 18 de diciembre de 2018








     Comienzo de la temporada de brindis.  Media mañana y con café (somos personas muy medidas) arranca el choque de los vasos de papel proponiendo “Porque nos tocaron vivir tiempos…” Lo interrumpo para recordarle que augurar tiempos interesantes es una maldición medieval.  Sacude la cabeza y termina: “...tiempos estúpidos, a nosotros nos tocó la época de la estupidez al poder. “

    Va un brindis entonces por nuestra resignación ante la estupidez genérica que parece cubrirlo todo por estos días.












sábado, 15 de diciembre de 2018



     Qué maravilla poder espiar el desandar de nuestras obras allende los mares.  Mis Brujas, en el valle de Anáhuac, tierra de pirámides, nopales y revoluciones, ya enmarcadas y a punto de la cuelga.  No podrían estar en mejor destino.  



















Versión (supuestamente) final de Poskarte en rosa






















jueves, 13 de diciembre de 2018









         Hay un momento en que se llega invariablemente al límite.  No es nada personal, ni siquiera es una reacción por ofuscamiento; sencillamente se llega, y ya está.  De nada sirven las explicaciones ni las disculpas, ni siquiera las interpretaciones varias de que hubiera pasado si…  Ya está.  Y además, lo reconozco, a uno ya no le importa demasiado tampoco.  Hemos decantado por aburrimiento también.






      

     Tal vez sea un gaje del oficio, el arte nos acostumbra a filar el precipicio siempre en búsqueda de más, de autenticidad, de diferencia, de la singularidad que defina a la obra.  Violentar el límite no nos asusta y fracasar ha sido la constante en nuestra vida.  ¿No era por acá el camino correcto?, pues se retrocede, se camina sobre los pasos (mal) dados y se empieza otra vez.  Afortunadamente no sufrimos de pánico ante la hoja en blanco.  








     Y entonces irse no es más que comenzar.












miércoles, 12 de diciembre de 2018











































     Dedicarse al arte con convicción aunque sin resultados implica una vida condicionada a cierta cuota de marginalidad.  Nuestro entorno encontrará difícil de entender  la alegre persistencia en el fracaso que desplegamos a conciencia, definirá nuestra conducta como infantil (en el mejor de los casos) o desquiciada (en el más habitual de los casos).  Cuesta que alguien ajeno entienda que uno puede mantenerse empeñado en garabatear sobre la tela o el papel composiciones que nadie cuelga y mucho menos compra.  Que seguimos hablando de una obra que no es vista por nadie ya que no le pagamos a ninguna galería por 15 días de ilusoria exhibición.  Y que al cabo de los años llevamos gastadas auténticas fortunas en un empecinamiento antieconómico, poco práctico, definitivamente inútil.   










    



     Dedicarse al arte es asumir que uno vivirá en  soledad  tinta  de incomprensión, condescendencia y cierto desprecio por parte de quienes están a nuestro alrededor.  Dedicarse al arte es jugar aislados del mundo, sin hombros donde llorar ni último refugio al que huir los días oscuros.   Dedicarse al arte no es para blanditos.














martes, 11 de diciembre de 2018








     Cierto, no somos árboles.  Pero insisto en mi punto: no son las raíces las que me estorban el movimiento, es que tengo mucho bártulo que trasladar conmigo.  No es el eufemístico “equipaje” del que hablan los psicoanalistas y que se supone uno debe abandonar en pos de la reafirmación del yo.  A mí me lastra mi obra, la inconclusa, la en proceso, mis cajas de lápices, mis pinceles y los destartalados caballetes; mis archivos compilados desde la niñez; mis libros, raras revistas, mis mapas;  las chucherías compiladas en los viajes y etcéteras infinitos.  No soy un árbol, mi amigo, soy un absoluto bosque.