martes, 27 de abril de 2021

 







     Se trata de contar historias asegura con contundencia, pero tengo mis dudas. Recuerdo cuando me decían que un pintor no debía ser “literal”, si tenía que decir algo que escribiera, porque las artes visuales eran, necesariamente, “visuales”.  Pero en estos tiempos espantosos, donde pasamos de ser candidatos para que galerías y dealers nos cobren por días y metros de sus paredes a víctimas propiciatorias de cursos on line, webinars y encuentros virtuales para enseñarnos como ser artistas, toda regla aprendida parece destinada al arcón del olvido.  “Deconstruirse”, se dice ahora, y al parecer se trata de dar por inválido todo lo que hemos sido y convertirnos en la versión insulsa que autoriza la generación de cristal.

 

     Hay que contar historias, insiste el joven que se anuncia dueño de todas las verdades necesarias para alcanzar fortuna y gloria en el panteón de las artes.   Contar cómo, cuándo, por qué.  Contar no para mostrar la obra sino para ingresar al espectador directamente a la trastienda, a la intimidad del artista.  La obra queda -ante la imposibilidad de encuentro físico derivada de la pandemia- en un plano secundario, prescindible,  a la espera de mejores tiempos, y se coloca de cara a las pantallas al hacedor con su realidad cotidiana.  Una especie de zoológico donde el artista es el animalito exótico a observar en su jaula virtual.







     No niego que esto sea un poco así desde hace ya un tiempo.  Es más sencillo hoy para el espectador adentrarse en la intimidad del taller y en el mientras tanto de la obra internet mediante.  Este blog es prueba de ello desde hace casi 9 años.  Pero este juego de compartir convicciones y dudas del proceso creativo o deschavar las idiosincrasias y rarezas del creador no quita de foco que lo único importante, lo único destinado a trascender si lo vale, es la OBRA.

     Pero el muchachito que tan alegremente se proclama en el vivo de Instagram como el mayor gurú del éxito en el mundo del arte dice que la clave de todo es “saber cómo contar una historia”.  Storytelling.  Otro cuento para no dormir.







 

     El problema es que muchas veces no hay una historia, al menos no una estructurada con planteo, nudo y desenlace, como nos enseñaban en la escuela.  Son relatos erráticos, confusos y contradictorios, un voy y vengo, un avanzo para allá pero me desvío, retrocedo, y al final me pierdo.  Un no llegar a ningún lado porque desde el inicio no iba a ningún lugar.   


     Se empieza como siempre, casi como un ejercicio de práctica.  Un retrato como eje central, un entrono con clásicos ornamentales.  Angelitos en tinta sólo porque es tan grato trazarlos.


 































  Pero estamos encerrados, con augurios catastróficos generalizados,  y la realidad de que por estos lados la inoperancia de nuestros gobernantes nos coloca en el peor escenario imaginable, a merced de todos los males y sin esperanza de rescate.  No hay chance de templanza y salud mental.  Me fastidio, me enojo, le grito al televisor que hace de música de fondo mientras trabajo.  La frustración me gana, y en un berrinche rompo en dos la lámina sobre la que estoy trabajando.  Una historia sin final feliz.





 

     Pero no es el final, porque para calmarme los nervios me dejo componer una falsa máscara veneciana.  Pegar papelitos siempre me sosiega. Cuando las manos se mueven el cerebro no se desboca.

 












     La máscara está sujeta a un viejo pedazo de korlok, donde en otros tiempos había estructurado un malogrado amague de obra.  El soporte rígido me permite adherir los fragmentos del dibujo roto.  La parte superior rebasa el borde del korlok y lo lógico sería recortarlo.  Pero de momento no me parece una necesidad.  Un poco más de cartapesta a la máscara.

 



















     Y aunque perduremos en la técnica veneciana decido que la versión sea esta vez más cercana al steampunk victoriano. ¿Por qué?  Porque sí.   ¿Y qué usamos para esa estética?  Juguetitos de plástico de cotillón que quedaron de una piñata infantil.  Pulseritas, trompos, alguna mini cacerola y sartén a las que les cortamos los mangos.





























 


     A esta altura es un auténtico cachivache.  Pero el color puede hacer milagros.  La historia de mi afición a los dorados podría ser un resabio ancestral de la búsqueda de El Dorado.  O no.
























 

     Adherimos papel crepé negro.  ¿Por qué?  Porque andaba dando vueltas entre el papelerío de mi tablero (envolvió una compra en línea, lo guardé porque guardo todo) y pegarlo en la obra es encontrarle un buen destino.   ¿Cuál es la finalidad?  Limpiar un poco mi tablero. 






















































     Continuará...











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