miércoles, 1 de mayo de 2024













 


     A principio de los 90, en una de mis primeras exhibiciones en solitario, expuse en la sala vidriera del Diario del Viajero – Agencia Periodística CID, Av. De Mayo 666, CABA.  El único “costo” para tener esa sala durante una semana era una obra en donación para la pinacoteca del Diario del Viajero, lo que por entonces (y aún hoy) considero un precio de lo más razonable y justo.  Por lo general uno elige qué donar, pero aquí accedí a dejar la obra que escogió la directora de la Agencia CID, Elizabeth Tuma de Besanson.  Cuando me pide especialmente por esa obra me argumenta que le gustaba mucho “lo que había hecho con los rostros.”  Recuerdo mi confusión en ese momento, yo era muy jovencita y quien me manifestaba esa valoración artística tenía más conocimiento y experiencia que yo en la apreciación del arte.  Dentro de mi cabeza me dije: “¿de que me habla?  Si no hice nada en las caras…”  Hoy, más de 30 años después, entiendo que ese era precisamente el punto: no hacer nada en medio de lo demasiado que hago siempre.





 

     En los últimos años vengo prestando especial atención a ese “no hacer nada”, el dejar el papel blanco base crudo y limpio como piel luminosa en los retratos.  Y me vuelve ese comentario a resonar en el alma, confirmándome cuantas cosas hacemos que ignoramos, que otros pueden ver fácilmente  pero uno, que es quien esta inmerso en la acción creativa, no tiene ni idea de que está sucediendo. Ni siquiera cuando a uno se lo señalan o se lo valoran puntualmente.  Como en todo en esta vida, es cuestión de timming.

 

     Hoy sigo tratando de hacer lo mínimo posible en los retratos, de que la piel sea el respiro, la pausa, el remanso en medio de mi revoltijo habitual de excesos y desbordes.  En lo que traigo entre manos vamos por ahí:



























































































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