Agrego
un texto estilizado y parisino en rojo y dorado, que levanta la composición que encontraba demasiado pálida.
Y
desde ahí el rojo me condiciona. Me pide
compañía de igual intensidad. Decido
usar los restos de mi papel de felpa colorado, que tiene una textura ideal,
suntuosa y aterciopelada, para compensar el exceso de rústico papel de diario. Si, en cierto, el papel de felpa es exigente,
absorbe y opaca la tinta y requiere un trabajo minucioso e insistente para lograr
algo de definición. Pero no soy precisamente
yo quién se niegue a ese tipo de trabajito de hormiga. Puro placer.



























































