lunes, 6 de mayo de 2019








     Es mentira que somos aquello que nuestros padres nos inculcaron en los primeros años de vida.  Somos en realidad aquello que ha sobrevivido entre los laberintos de culpa y manipulación desplegados por quienes nos precedieron.  Aun en lo que podríamos (con buena voluntad) tildar de “mandato familiar positivo”, somos apenas aquello que queda tras el naufragio de nuestra identidad original.  No estoy en la etapa de poner la responsabilidad afuera, simplemente menciono un hecho.  La vida familiar está destinada a convertirnos en zombies a merced de aquel con la psiquis más fuerte o más perversa.  Hechos, no teoría. 

     Los artistas convivimos con el constante mensaje de ser una resignada decepción, que si nos hubiéramos focalizado en tal o cual cosa que se esperaba de nosotros (la asignatura pendiente de nuestros antecesores que es mandato que la generación que sigue les satisfaga) todo hubiera sido tan correcto (para ellos).  Los artistas debemos vivir con la culpa extra de no haber sido el perfecto hijo del vecino.  Seres despreciables que nos negamos a nuestra propia frustración para cumplir con el sueño –frustrado- de quienes nos trajeron al mundo.









     Desde muy chica tuve en claro que yo no era quien importaba, sino ese hermano mayor que no pudo llegar a la adolescencia.  Él era el destinado a las grandes cosas, pero no pudo ser.  Quedé yo – para lo que sirva- sin protagonismo, sólo para compensar, para llenar un hueco, para consolar el llanto por esa ausencia.  Annie la huerfanita mendigando un poco de afecto a cambio de un impersonal servilismo al culto silencioso de la desgarradora ausencia del elegido.

     ¿Cómo se sobrevive siendo un cero a la izquierda?  Huyendo a un mundo paralelo dónde imponemos las reglas.  Huyendo para el margen, saliendo de la realidad lineal.  Fomentando la escapatoria del arte.








    Claro que se supone que uno crece y se sale de ese lugar ingrato y reescribe la historia.  Pero no es tan fácil: cuando te meten la culpa desde los cinco años (la culpa de haber sobrevivido) los grilletes que te amaran los tobillos son difícil de quitar.

     ¿Qué podría liberarnos de los estúpidos traumas infantiles?  He empezado a sospechar que la ira.  Es obvio que también nos adoctrinaron contra esa posible escapatoria: “El que se enoja pierde” te repiten, en pose zen.  No hay que perder la calma, respirar diez veces y consumir los ansiolíticos que te venden sin receta en cualquier farmacia.  Manzanilla y tilo  como té blend en onda verde y melatonina para dormir.  Aguantar.  Sin perder la sonrisa y los buenos modales. 








     Hace unos días obtuve el reconocimiento formal a mi existencia paralela.  Ese doblez de la huida, esa irrealidad surgida de la necesidad de espacio a costa de la salud mental, se volvió una realidad real.  Oficialmente soy dos personas.   La persona que se construyó sobre un destino patético que me tocó en suerte y la persona que construí en mi desesperación por tener alguna chance de sobrevivir.  Esa otra que sin culpa y sin piedad se justifica sólo en el arte.  Esa otra  que ahora podría hacer las maletas e irse definitivamente  si un arrebato de ira le diera el empujón final.  











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