martes, 3 de agosto de 2021

 






     No hay mucho que se pueda hacer acá más que ser quién somos.  No puedo buscar la conveniencia mercenaria de la militancia política, que podrá generar  ingresos económicos pero convierte a la obra en panfleto y eso es imperdonable.  Tampoco puedo subirme a la ola de la “lucha por la igualdad de género” porque, lamentablemente, adherí al feminismo desde las generaciones que me precedieron y todo lo que proclaman ahora me parece tan antiguo.  Yo ejerzo convencida  la igualdad y jamás me he sentido limitada por el mero hecho de ser mujer (ni lo he sentido ni he permitido que me lo hicieran sentir, mis batallas las libro en persona, no necesito que las pelee un “colectivo”, ni que me den un subsidio, ni un cupo, y mucho menos un “ministerio de la mujer”).  Así que, lamentablemente, tampoco puedo aprovecharme de la moda feminazi porque ni lo creo, ni me sale, ni mi obra lo permitiría.


     No queda más que seguir haciendo lo nuestro, sin pretensiones y sin ayudas externas, sin chances de conseguir espacios de exhibición en el contexto público, sin las simpatías de los medios académicos cooptados por la política partidaria, y en abierto choque con las galerías locales que adhieren a la masividad correcta (y estúpida) de hablar todo con “e” (de estupidez).  Seguimos en lo nuestro y bregando por abrirnos paso en el afuera gracias a la web, que más nos queda.




















    Un retrato, fuego, una inexplicable lámina de un verde espantoso (que ignoro por qué compré), sirenas danzarinas y tipografía de principio del siglo XX.  Lo necesario para olvidarnos de todo lo demás.  En proceso.
















































































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