Avances de mi amague
autobiográfico infantil. Manos con ojos,
pero no una Mano de Fátima o Jamsa,
sino una mano occidental, una mano vigilante.
En mi caso, todo aquello que veo y me atrae visualmente tengo que
pasarlo por mis manos y registrarlo sobre papel.
Muy chiquita
esperaba con ansias el inicio de cada episodio de El Santo,
cuando Roger Moore ponía esa mirada cómplice, reconocía ser Simon
Templar y se formaba una aureola sobre su cabeza, la que de inmediato se convertía en el muñequito de palos que caminaba
iniciando los créditos del programa. No
creo que entendiera mucho de qué trataba la serie (debía tener menos de 5
años, porque recuerdo verla en “la casa vieja”, esa de la que me fui antes de cumplir
6 años), pero me desesperaba por ver su inicio. Ese rostro masculino, bello, amigable y travieso,
y el dibujito del monigote santo han quedado en mi cabeza desde entonces.
Y más de mi temprana educación feminista:
Hechizada, con una bruja empoderada y bien vestida que fue un ícono estético de
mis futuras decisiones.
Otra mano,
que te manda para allá…
Mickey
y Donald, pero con el estilo de dibujo del comic de la revista Patolandia
que consumía por esos años.
Y Droopy
anunciando su estado de ánimo (ciertamente, yo no lucía por entonces como una niña
feliz…).









No hay comentarios:
Publicar un comentario