Sigo. Es un juego donde los recuerdos determinan
imágenes y como en un puzzle voy acomodándolas de modo placentero.
Otro ícono
estético femenino de mi infancia: Morticia Addams. A lo largo de los años incluí a Carolyn Jones en mucha de mis obras, siempre me ha resultado magnética
y poderosa su mirada, pero cuando niña ese rostro sereno y su constante calma eran
para mí la definición de belleza absoluta. Aunque, claro, yo me identificaba con el Tío Cosa (pequeño, indefinido, incomprensible).
Otra
constante diaria de mis almuerzos: El Correcaminos (beep-beep),
pero mi alter ego era obviamente el Coyote siempre perdedor, acorde
a esa convicción que me inculcaron desde el inicio que cualquier cosa
que yo intentara iba a fracasar. Marca Acme.
Y acá corresponde que señale la pronta desviación
que hubo en mi vida, entre los ocho o nueve años, cuando de las revistas de comics
pasé a los libros. Y desde ahí la literatura
copó mi imaginario. Mis héroes empezaron a ser los que emergían del papel y ya no los de la
pantalla. Convivieron, obviamente, pero
terminarían ganando los literarios.
Texto para Mickey,
con la grafía de las revistas de mi infancia. Y un gatito.
El logo de
lo que por estos lados se conoció como El Agente de C.I.P.O.L. (¡que
desproporcionada dibujé la cabeza del agente!
Habrá que solucionarlo).
Y Popeye el marino soy
poniendo un poco de orden en el inicio de la composición.











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