viernes, 12 de agosto de 2016






































Las Gracias Americanas
80X110 cms.


     Las Gracias Americanas es una obra que me gusta mucho (aunque nunca logré fotografiarla de modo que luzca tal como es en persona) y a la que le tengo un especial afecto por ser la única que hice en “colaboración”.  Puede que la anécdota sea algo repugnante pero no puedo evitar recordarla con cariño. 

     Por la época que inicié Las Gracias vivía en un departamento con terraza, en la que había un cuarto extra, especie de lavadero muy luminoso, donde instalé mi taller.  Arranqué plagiando a Rubens sobre papel blanco industrializado, al que superpuse un papel artesanal hecho a mano con fibras y granos de arroz; intervine ese pegote con fuego y lo fijé a un grueso papel italiano (de esos que ya no consigo) teñido en la pulpa de color, grueso y resistente.  Sobre ese soporte trabajé con distintos materiales dejando los detalles al óleo de las figuras femeninas para lo último.  Mientras trabajaba en ella aconteció un enero y me fui unos días a la costa.  Y como corresponde, tras la abstinencia obligada, a mi regreso mi primer impulso fue ir a pintar un rato a mis Gracias.

    Después de diez días sin verlas la primera sensación fue que algo había pasado, que algo  estaba mal.  No eran las mismas chicas, las habían modificado de alguna forma, ¡no era la misma obra que había dejado a mi marcha! 

     Armé soberano escándalo, teñido de histeria, al que nadie hizo caso porque era un hecho que no había ingresado persona alguna al departamento durante nuestra ausencia. Más aún: no me tomaron en serio.  Yo tenía que estar equivocada, me confundía, que sería un efecto de la luz.  Seguí un tiempo más con mi berrinche hasta que la lógica racional me ganó y me obligó al análisis.  Nadie entró al taller, nadie tocó la obra, ¿cómo podía estar modificada?  ¿En qué veía la diferencia?  En los rostros, en las manos…  me acerqué a la primera Gracia a mi derecha, la que tenía un granito de arroz justito en la nariz que le daba un efecto de relieve fantástico…  ¡y el grano de arroz ya no estaba! 




     Ahí comprendí por dónde iba el asunto: revisé toda la superficie de la obra y ya no quedaban granos de arroz (salvo un par muy metidos en la pulpa y que apenas se distinguen). El papel estaba recortado muy delicadamente y cada grano extirpado tan prolijo que apenas cortaba la pincelada que se había extendido sobre el grano ausente.  Eso no podía haber sido hecho con los dedos, arrancar el arroz hubiera destrozado más extensión del papel.  Saqué la obra a la terraza para estudiarla al sol.  No había duda: eran mordidas.  El arroz de Las Gracias había sido comido por  lauchas… 

     Esta sospecha inicial la corroboré tras una limpieza general del taller, encontrando en múltiples rincones otras pruebas de la visita habitual de roedores.  Mi histeria se prolongó un tiempo y ya no subí a mi taller sin mi gata bajo el brazo.  Me dio mucha pena que el arroz ya no estuviera presente –realmente había quedado posicionado en lugares muy graciosos-  pero la verdad es que no tengo certeza si la acción de las lauchas dañó o, por el contrario, mejoró la obra final.  Es probable que la obra definitiva, con la inestimable colaboración de mis circunstanciales asistentes, sea la mejor versión.  












jueves, 11 de agosto de 2016


 
 
     ¿Qué nos hace existir?  La mirada del otro, la opinión del otro.  Si no se nos reconoce como existente no somos.  Si el mercado del arte (o esos dos o tres que se suponen son los que personifican "el" mercado del arte) no te capta en su selecto y exclusivo radar no estás, no sos.  No existís.  Ahí es cuando te empiezan a explicar lo importante que es relacionarte con la gente adecuada, esos seres iluminados que tienen el don divino de darte existencia y visibilidad.
     En un plano teórico-filosófico puedo coincidir de pleno con este argumento y aceptar que invertir tiempo y dinero en ser conocido como artista por aquellos que deciden quién es y quién no es resulta una lógica inversión.  Pero me conozco y se, que en mi caso, es un desperdicio.  Porque yo siempre he tendido a la inexistencia.  Soy útil,  puedo resultar conveniente, pero realmente no existo.  Está en mi naturaleza pasar desapercibida, no implicar esfuerzo, no necesitar nigún tipo de consideración.  No soy de los protagonistas, soy más del tipo "chico de los mandados", un utilero para todo servicio.  Sin aspiración al proscenio me van las bambalinas y para lo que mande usted.
 
 
     Mi obra es otra cosa.  Ella sí tiende a reclamar atención, a pretender protagonismo.  Ella se escinde de mí y sigue su camino.  No me cuesta nada relacionarla, buscarle espacios, empujarla para que se adelante hacia el haz de luz central.  Pero mi obra no soy yo.  Mi obra existe, tendrá alguna vez el destino que se merezca por mérito propio, mientras yo seguiré acá atrás, en mi universo inexistente.
    No se malentienda: no es una queja.  Simplemente, cuestión de carácter.  Destino de nada.
 

 
 
 
 
 

 


martes, 9 de agosto de 2016




     “Como suele decirse que los genios son personas generalmente anormales –lo que constituye, en realidad, una descarada tentativa de probar la coartada permanente para todo servicio-, muchos anormales han creído que vale concluir de ello que los anormales son personas geniales.  No se trata de un alarde de vanidad, ciertamente, sino de un tic psicológico que podría definirse como el guiño de la estupidez; ese viejo pecado contra el Verbo, cuya forma más común es el aplomo similculto de la ignorancia.  Porque así como el Diablo es la “mona de Dios”, los intelectuales a sola firma son las “monas de la cultura”.  De aquí que muchos desdeñados amantes de las letras, huérfanos de criterio propio, se horroricen hasta el histerismo ante la sospechada presencia de lugares comunes; precisamente porque son incapaces de entender que los lugares comunes son la esencia de todo discurso…  Y que sólo los hombres de talento se atreven a recogerlos.
   Yehuda Hartnett podía ser considerado un anormal, puesto que desde niño había aspirado a la precocidad; no sólo había aspirado a ella, sino que la había fingido.  No sólo la había fingido cuando niño, sino que la seguía fingiendo ya adulto.  Y si es verdad que la precocidad es un riesgo terrible –que muy pocos atacados pueden salvar-, la precocidad ortopédica es ya la hipertrofia de la tontería asegurada.  Yehuda Hartnett estaba tan resuelto a ser niño-prodigio, como algunos de sus compañeros a jugar en el equipo de fútbol del colegio.  Tenía de la inteligencia esa turbia idea que lleva a considerar a las palabras difíciles como la suprema gala del estilo literario; de aquí que sus composiciones escolares fueran la tortura de sus maestros, con aquel demente escribir “pigricia” por “pereza, “tirocinio” por “aprendizaje”, “estremuloso” por “asombrado”, o “sicofante” por “calumniador”, por no citar más siniestros desórdenes de su prosa infantil.  En Oxford llegó a ser el supremo deleite de sus compañeros, que no se perdían clase o acto público en que el estirado y anteojudo “joven tribuno” hacía abuso de la palabra.  Fiel a su “simulación del talento”, apenas licenciado se creyó obligado a concebir su propia doctrina filosófica –el yoprimerismo- que era una especie de ampliación en camelo del siempre vigente “el que venga atrás que arree”.  Escrupulosamente fracasado en todas sus aventuras prointelectuales, alcanzó los treinta años de su edad en plena “niñez-prodigiosa”, y sólo abandonó los pantaloncitos-cortos-de-terciopelo-mentales cuando la realidad le hizo comprender cuánta razón tenía San Pablo al afirmar que “el que no trabaja no debe comer”.  Naturalmente, se dedicó a los negocios; y como empezó a actuar entre gente que tenía de la cultura una idea conmovedoramente remota, hizo una carrera meteórica.”

Abel Mateo, El Asesino Vanidoso – El Asesino cuenta el cuento El Triángulo Verde, Buenos Aires 1955, página 97/98.-






     A estas alturas y ante el persistente silencio de radio -pese a mis reiterados mails de consulta-, debo aceptar que todo aquel asunto de Thiers ha sido un fiasco.  Adiós mi camperita de jean intervenida (y adiós al dinero remitido en concepto de arancel por la participación en el evento). 






     ¿Somos los artistas periféricos, autofinanciados y sin estructura de sostén, materia predispuesta para el abuso y la estafa?  Evidentemente.  Jugamos de buena fe, carecemos de los medios para actuar solos, y ante la necesidad de sumarnos a proyectos de otros esos otros muchas veces se aprovechan de la situación.  Triste pero real.  
     
     ¿Qué vamos a hacer en consecuencia?  ¿Mandar carta documento?  ¿Emplazar bajo amenaza de juicio la devolución de la obra y del dinero?  Debería, sendas  constancias de remisión  las tengo en mi poder.  Pero, en casa de herrero cuchillo de palo y los lugares comunes sí lo son por puramente ciertos.  Una mancha más al tigre y una nueva decepción a mi colección.  Un nombre más para agregar a la lista de personas en las que me vedo volver a interactuar...














domingo, 7 de agosto de 2016

Basura de Artista








        Basura de artista (botellitas de craquelador vacías, cajas de embalaje, frascos de salsa de tomate, potes de crema para el cabello, contenedores de helado, y siguen las firmas); una pequeña fortuna en lacas y pinturas varias,  y unas cuantas horas de juego irresponsable.  Muchas horas -que probablemente podría haber abocado a otras cosas más serias- y mi basura se vuelve bonita.  Me gustan las cosas lindas, inútiles, vistosas y doradas.  No hay ningún mensaje subliminal en esto: me gusta mi basura.












miércoles, 3 de agosto de 2016

     Jugar con basura – Tercera Parte: el asunto de los candelabros (o de cómo puedo ser tan “artista conceptual” como cualquiera).


                                                                             “Me pregunto si me entiende, Nausicaa…”
                                                                                        Abel Mateo – El Asesino Perdido





     Era (pretendía ser) una justificación.  Dentro de mi lógica, si mis cachivaches tipo cáliz falso Mackenzie-Childs podrían ser pie de un par de topiarios para una mesa de fin de año, eran necesarios también algún que otro candelabro. Y los candelabros eran la excusa perfecta para seguir jugando con un montón de material de descarte que se apila en los rincones de mi taller.

     Pero es probable que sintiera el comentario como una crítica y me pusiera a la defensiva.  Puede, también, que realmente fuera un reproche la acusación de perder el tiempo con esas “manualidades” desatendiendo mi obra “seria”.  Y es verdad también que a esas alturas yo había consumido el necesario alcohol para potenciar mi capacidad discursiva inconsciente.  Así que argumenté como si fuera cierto, de corrido y con autoridad:

-No hago “manualidades”, estoy trabajando en mi proyecto de “Basura de Artista”.  ¿No estuviste en la última edición de ArteBA?  ¿No viste el camino de tierra y desperdicios que presentó esa galería que no me acuerdo en el espacio experimental?  La mugre esa que hacía un caminito…






































Bueno, yo voy a hacer lo mismo, un camino (de mesa) con los mismos desperdicios pero  atravesados por la intervención real de un artista.  Mi concepto de cómo el mismo elemento sin valor que un supuesto artista pone a consideración del espectador, así nomás, sin ninguna interacción personal, puede leerse desde otro lugar cuando un artista se toma lo molestia de interactuar con ese objeto.  Mi basura es linda, ¿entendés?; bonita y brillosa.  No es lo mismo amontonar cosas como hacen algunos que te hablan sólo de “la idea” que agarrar esas cosas y con el toque de Midas volverlas… doradas…


    Se perfectamente que todo eso era una estupidez, que no me interesa para nada ni el arte conceptual, ni las instalaciones, ni debatir con nadie sobre cuanta estupidez está de moda.  Mis candelabros eran para poner en la mesa con los topiarios, todo en blanco y negro, mucho damero, y doradito elegante para dar ánimo de festividad. Mi juego privado.  Sí, estaba haciendo “manualidades”, ¿qué problema hay?  Pero me estaban fastidiando y no debería beber cuando intento sociabilizar. 





    Lo más grave fue que mis interlocutores me tomaron en serio y debatieron la cuestión como si hubiera razonabilidad en distinguir la instalación oportunista de la auténtica intervención artista, poniendo la luz en esa acción concreta que diferencia al impostor del artista.  Real el punto pero no para considerarlo con mis inofensivos candelabros de botellitas de craquelador. 


    Aclaro que no voy a hacer nada de esa presunta instalación de “basura de artista”.  Sólo juego con basura para mí, para reciclar esas cosas que no puedo tirar y con el único fin de hacer espacio en mi taller.  Todo el discurso era sólo discurso, casi, casi, puro arte “conceptual”, abstracto e inútil.  Un estúpido "relato" de circunstancia.


La Autonomía de lo bello
Serie Las Flores del Mal
óleo sobre tela, 100X120 cms. 1992
Obra extraviada








martes, 2 de agosto de 2016




















     Sé que soy reiterativa pero ¡qué cosa linda es el francés!  "A la decouverte"  suena precioso, insinuante, prometedor.  El descubrimiento.  Mis chicas (Alicia en el principio II y Janet) muy agradecidas.







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¡Merci! colega Alain Yerly.








Post data: Este intercambio hubiera sido imposible hace veinte años; somos excesivamente afortunados de que nos toque convivir con internet: