martes, 8 de diciembre de 2020

 


              Pese al poco ánimo festivo que arrea este horrible 2020, ambientamos con gnomos, elfos y nutcrackers.  Todos tienen en común haber partido de rollos de cartón.  Tradición de 8 de diciembre.


























































































sábado, 5 de diciembre de 2020

 







          




    ¿Para qué discuto?  Decime, ¿para qué?  Ya debería saber que cuando la moda es que la pancarta y el cliché entren por la puerta, el sentido común sale por la ventana.   Lo triste es que dudo de su buena fe y más apuesto a la conveniencia política del momento.  No habré de ser yo quien niegue la verdad absoluta del fondo de la cuestión, pero esa verdad es tan contundente y antigua que querer descubrirla ahora no sólo es anacrónico sino infantil.  O cínicamente conveniente para armar un kiosquito de ocasión. A las pruebas me remito.  “Ministerio de la mujer”.  Somos un recurso natural escaso, el estado nos tienen que administrar.  Claro.







 


     Qué poco práctica soy.  En vez de subirme a la ola del #MeToo (que ahora está cuarto entre los poderosos del arte -¿?- by la ArtReview) y autopercibirme víctima de alguna trapisonda patriarcal y/o colonialista -¿?-  simplemente acoto que en mis primeros veintes ya pintaba y exhibía mujeres desnudas, las que trasladaba, sola,  en camionetas de alquiler a todos los rincones de la ciudad.  Y sí, reconozco que los circunstanciales choferes, invariablemente varones, me miraban raro.  Con miedo, diría.  Yo jamás envolví mi obra cuando la traslado en persona -más por dejadez que por exceso de confianza- y mis chicas sin ropa siempre fueron de llamar un poco la atención.














 

     ¿Me discriminaron por ser artista mujer?  No.  ¿Discriminaron a mis chicas?  Si, alguna vez las descolgaron.  ¿Discriminación, pacatería o llana estupidez?  Apuesto por lo último.  De haber sido un artista hombre supongo hubiera tenido los mismos conflictos puritanos.   Pero ni dejé de pintar lo que quería ni de intentar mostrarlo.  Ni de ir por la vida peleando de igual a igual sin esconder mi identidad ni victimizándome para conseguir beneficios fuera de juego como los odiosos “cupos”.  No, gracias, no me siento inferior a cualquiera de mis congéneres humanos, no necesito reglas especiales por ser una “pobrecita” “débil” “mujercita” incapaz de arreglármelas sola. Gracias, pero no.  No me da “pelear” por la igualdad, estoy muy ocupada ejerciéndola diariamente.

 









     ¿Qué se supone?  ¿Qué me desdiga de mi vida?  ¿Y de mi obra?  ¿Hay que hacerse la víctima para conseguir beneficios?  Sí, ya se.  No me cantes Cambalache, “el que no llora no mama y el que no afana es un gil…” , que cantás horrible y desentonás. Todo es tan viejo y desangelado.  El movimiento pendular de la evolución humana: un casillero para adelante, cincuenta para atrás.  Alguien gana, claro, siempre hay alguien que gana y, decididamente, no es el mejor sino el más tramposo.























jueves, 3 de diciembre de 2020

 






              Este año tétrico e inesperado nos pasa factura.  No hay salud mental que resista a la realidad de marzo para acá.  Y cuando la salud mental ya era escasa al inicio… ¡bingo!   La pérdida total de contacto físico con esas pocas personas que han funcionado como boyas en mi vida -aun cuando a través de pantallas varias sigamos en el día a día- me genera una sensación de desamparo de la que ya no puedo reponerme.  No necesito palabras, ni consejos, ni siquiera calor humano.  Necesito poder ir y poder volver, poder compartir la mesa de un bar y un café espantoso, necesito gravitar en el mismo espacio y en el mismo tiempo. Necesito todo eso que no se dice con palabras ni con gesto ni con abrazos.  Necesito respirar el mismo aire.  Necesito que perdamos el tiempo a dúo.

 






















     La ausencia de la sinrazón en directo, física y contemporánea, impide decantar ese margen de exceso de realismo, de seriedad, de responsabilidad y prudencia, que uno tiene que sacarse de encima a lapsos regulares para no ahogarse.  En estos días pareciera que nada tiene realmente importancia y a la vez todo es tan trascendente, tan épico, tan de dar significancia a valores que no son discutidos pero que de sostenerlos al frente y arriba como estandarte sin pausas nos están aplastando el alma.

 

     La ArtReview publica hoy sus 100 personalidades más influyentes en el mundo del arte del año 2020.   La primera es el movimiento activista Black Lives Matter y el cuarto el movimiento #MeToo.  Todo tan solemne, tan políticamente correcto, tanta propensión a la epopeya, el mármol y la posteridad.  ¿Cómo discutir contra las pancartas, los slogans  trending topic y las marchas masivas y destructivas?  No niego lo que valen, pero a estas alturas me agobia esa obligación de darle importancia sólo a lo importante.  El arte -como el diablo- está en los detalles y en las insignificancias.  Necesito volver a mi intrascendente, pacífica y gratificante nada. 























miércoles, 2 de diciembre de 2020