Dice
la radio que hoy es el día 70 de la cuarentena.
En medio del agobio infinito, y con la prohibición gubernamental de
angustiarnos, es preferible guardar silencio que empezar a los gritos de
indignación e impotencia a riesgo de alterar -aún más- a la pobre gata que ya
no soporta nuestra ininterrumpida compañía.
En qué manos nos tocó estar justo en estos momentos…
Y como cuando todo está mal lo normal es seguir empeorando, el caos de mi zona de taller es en estos día más caótico (al principio de la cuarentena un anuncio de nuestro gobierno de científicos nos aconsejaba ordenar los placares, pero NO nos dijeron que hacer con todo lo que descartamos en ese ordenamiento; setenta días después sigue amontonándose sobre una de mis mesas de trabajo… ¡deberían haber sabido que yo soy incapaz de tirar nada!, pero no, no me angustio, no nos dejan).
El
caos atacó y Julian terminó dos veces aparatosamente en el
suelo. La cartapesta es resistente pero
no lo suficiente para este tipo de descontrol.
Abolladuras varias, desprendimiento de la base y crisis de llanto (mía) retrocedo media docena de casilleros en mi
escultura de papel. A reconstruir, pero
se nos va el entusiasmo y como no puedo angustiarme no me queda otra opción que
hundirme en la absoluta apatía. Planeo
quedarme inmóvil mirando la pared la próxima semana. Pero no me angustio, no, soy tan obediente…
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