miércoles, 21 de julio de 2021

 

     Obra en proceso.  Aplico (sin ninguna causa racional) foil champagne al área circular que alegoriza el Mundus Subterraneus en el original de Athanasius Kircher que trazo en superposición a mi caballero de manos francas.  Y sobre el dorado el plan es dibujar el cartouche  de un mapmundi, por lo que replico la superficie (el molde siempre fue un plato de prostre) y sobre ésta la ornamentación de mi carta modelo.


















































 

 

     Hecho, vuelvo a acentuar las sombras de pecho y manos con un poco de óleo.  Una vez seca esta primera capa de pintura grasa (y con algo más de visión recuperada, espero) habré de definir la figura y sacar las manos a un primer plano definitivo para terminar la composición y -si la obra lo aprueba- dar por terminado el trabajo.    







































sábado, 17 de julio de 2021

 






     Intento trabajar pese a esta -excesiva- disminución de visión.  Entre la medicación que dilata mis pupilas y las persistentes mosquitas que lo enturbian todo y que me tienen más concentrada en discernir si son reales o no espantando la nada frente a mi rostro, la precisión de la línea y la nitidez de la forma me son esquivas.  Pero igual intento pintar, porque no hacerlo me sume en la depresión y entonces el dolor de cabeza es lo único que queda.  Combato la realidad apelando al oficio.  Si no veo lo suficiente intuyo la forma, reemplazo la exactitud por el impacto -tosco- del color.  Me embarco en lo confuso como si fuera premeditado hacer las cosas mal.

     Y lejos de lo patético que suena, dibujar -aun de modo limitado y tinto de resignación- es tan placentero como siempre.  Una vez que abandono la aspiración a lo exacto y relajo la intensión, el juego domina la acción creativa y el goce es la única regla a seguir.  Nosce te ipsum.  Me conozco y conozco mi destino, pero en el mientras tanto todavía puedo jugar a jugar.