jueves, 6 de julio de 2017



 
 
 
 

 
 
 
 
 
 



 
 
 






































     Mientras, mis lánguidas Odaliscas de Plagiaria se exhiben en la pared  Espacio 10 Arte, Guatemala 4757, Palermo Soho, Ciudad de Buenos Aires,  hasta el próximo 14 de Julio...
 
 
 
 


 
 
 
 
 
 
 
 

miércoles, 5 de julio de 2017































     ¿Cómo hacer participar al eventual espectador del íntimo proceso creativo de una obra sin atiborrarlo de palabrerío engorroso?  Con imágenes, el negocio del artista.  Claro que tampoco se trata de rodear la obra expuesta de farragosas fotitos explicativas. Basta un par de referencias, como en un ensayo: el lector interesado recurrirá a la fuente.  Hoy con colocar un par de links a YouTube, o a una fanpage de Facebook, o a un blog específico, el espectador que quiera adentrarse en el historial compositivo de la obra que contempla podrá enlazar a esa escueta referencia donde el artista habrá provisto de material extra en forma absolutamente gratuita.  El on line dando contexto y herramientas de profundización al off line, auténtico trabajo en equipo.


     ¿Cuánto le cuesta al artista utilizar los recursos de la web en beneficio de su obra?  Diría que en el plano económico casi nada (la mayoría de estos recursos son gratuitos y bastante sencillos de manejar por los más legos).  Sólo se requiere un poco de tiempo para sentarse frente a la pantalla, subir algunas fotos y componer una presentación amable que acompañe la exhibición física de cada una de las obras. Como casi todo en esta vida, no es cuestión de dinero sino de ideas y de ganas.






     Lo que en el siglo pasado eran los libros de estudio sobre la obra de determinado artista, bibliografía que por lo general solía publicarse tras la muerte de un selecto grupo de elegidos y siempre desde el punto de vista externo, internet permite que hoy sea la voz del propio artista la que cuente la historia y -¡afortunadamente!- podemos aspirar a contarla mientras insistimos en mantenernos con vida.  


     Desperdiciar este privilegio por negarle a la tecnología un valor en el arte es como, siendo escritor, negarle valor a la imprenta.  La creación, en cualquier área, es una actividad exclusiva y privada del artista, pero la difusión de su obra requiere necesariamente del otro y la web es una herramienta más de comunicación, una especie de propaladora un poco más sofisticada.   No es “adaptarse” a la fuerza como sugieren algunos con dejo despectivo, es “apropiarse”  legal, gratuita e  inteligentemente de todo lo útil que tenemos a nuestro alcance.   En el amor, en la guerra, y en el mercado del arte todo vale.










martes, 4 de julio de 2017






     “Creando experiencias” dice el slogan, subido a la premisa publicitaria de moda de darle al consumidor vivencias y no estrictamente productos.  En el arte eso es fácil, el espectador por lo general sólo obtiene la vivencia de una obra ya que por excepción la adquiere, conformándose con el conocimiento face to face y el íntimo disfrute (o no).

     Entonces, con más razón, debería en toda puesta contemplarse ofrecer amenities al eventual visitante.  ¿Cómo?  Obviamente con lo clásico (escueta información en el catálogo, alguna reproducción en formato postal a guisa de souvenir, las vituallas de rigor en el vernissage), pero también con una cuelga estructurada para que el espectador pueda conocer un poco más del proceso creativo –sin necesidad de que el artista en persona esté ahí parloteando tipo loro- y del sentido de esas obras dentro de la Obra en su conjunto de ese particular creador.  Es, como siempre y en todas las áreas, contar una historia bien contada.







     No se requiere demasiado presupuesto para esos extras, sino un poco de criterio y ganas de trabajar algo más de lo planeado.  Y tampoco es cuestión de espacio, y acá llego al punto de mi conflicto y mi disgusto: se han desperdiciado el resto de los planos.  Cada obra en particular ocupa un espacio que permitirá desde cierto punto estratégico ser observada adecuadamente por el espectador.  Pero luego están los planos laterales, arriba y abajo, unos pasos hacia adelante, el piso y el techo; múltiples  ángulos donde se puede aportar más data o hacer sutiles insinuaciones a ese espectador sin entorpecer la visión de la obra ni asfixiar su entorno, pero que confluyan en producir en serio una vivencia real y concreta de ese encuentro obra-espectador.


     ¿Será esa la función de los llamados curadores?  Me cuesta creerlo, basada en que nadie mejor que el artista puede contar visualmente esa historia que involucra a su obra.  El curador a lo sumo contará su versión, pero estando el artista ahí dudo que nadie mejor que él pueda hacerse cargo de ese relato.  Que yo recuerde nadie nunca me dijo que era prerrogativa mía este contar al tiempo de una cuelga; por lo general siempre ha habido alguien con (supuestamente) mejor criterio que el mío a la hora de distribuir la obra para su exhibición. Y es probable que siempre me haya resultado algo decepcionante el resultado final, con esa vaga sensación de un faltante en el conjunto. 







     Hoy creo haber puesto el dedo sobre esa cuestión.  La obra debe dominar todo el espacio, aun en un montaje mínimo.  Todo el espacio, cada centímetro cuadrado –arriba, abajo, atrás, adelante- debe estar dispuesto de modo que resulte un espiral que confluya en un centro donde se reúnan el espectador y la obra.  Eso es crear una experiencia.  ¿Divago?  Probablemente.  Pero lo veo tan claro en mi cabeza y sé que ha llegado la hora de que empiece a hacer las cosas a mi manera.   















     Me quedé con la sensación de que algo estaba mal, sin poder en ese instante precisar qué era lo incorrecto.  Después, como se sabe, la vida sigue y arrasa y uno se deja llevar a los empujones y más o menos todo lo importante queda postergado para mejor oportunidad.

     Quiso el destino que cuando pude parar y tomarme un bache de cinco minutos y un café de Starbucks para pensar en esa sensación de disgusto me encontrara circunstancialmente acompañada.  Y que cometiera el error de manifestar en voz alta mi incertidumbre.

-Antiguo- definió por mí, como si me interpretara con facilidad. –Lo que te molestó fue que todo resultara tan viejo, visto y deslucido.

-Me gusta lo antiguo- respondí por reflejo, más para contradecirlo en defensa propia que por considerar su síntesis como equivocada.

-Te gusta lo clásico, no lo antiguo.  Lo demodé te aburre –me reprende y aunque tenga razón le contesto con un gesto de disgusto.  No es justo que me conozca tanto.  Sigue sin hacerme caso: -Montar una exhibición como se hacía hace cuarenta años es hoy imperdonable.  Desperdiciar las ventajas que aporta la tecnología para volver atractivo un evento es claro síntoma de estupidez.  O de ignorancia, lo que viene a ser lo mismo:  hoy no cuesta nada aprender, tenés recursos de sobra a la mano.  El off line no puede estar escindido del on line.  Lo mejor de los dos mundos, ¿por qué privarse de nada?


     Trato de elaborar un argumento para rebatirlo, pero no encontré letra coherente que esgrimir.  Por principios no puedo darle la razón en público y de primera.  Pero era exactamente eso lo que me había molestado: todo estaba bien, todo era correcto, todo era como se hacía en los ochenta cuando yo empecé a moverme por el mercadillo suburbano del arte.  Pasó demasiado tiempo, el mundo es otro mundo, y seguir colgando como se hacía entonces es antiguo.  No clásico sino simplemente viejo.  Aburrido.  Veo su sonrisa satisfecha porque mi silencio es el más contundente reconocimiento de su sapiencia y me dan ganas de pegarle.