viernes, 14 de septiembre de 2018

domingo, 9 de septiembre de 2018



Inicio sencillo, otro boceto más:






     Y jugar uno de mis juegos favoritos: jugar con fuego ("la intervención ígnea",  declamó pomposamente alguien que conozco y dice ser crítico de arte; a mi me causo tanta gracia la frase y el tono que casi escupo el café).

















     ¡Pobre dibujo maltratado por el fuego para quemar y por el agua para apagar!  Vamos por una base, y, como sigo priorizando el placer, será de cortar papelitos...













     Ponemos los rombos por arriba y limpiamos un poco el fondo (lo limpiamos ensuciándolo, esa es la lógica).











     Y diseñamos una especie de contorno para comenzar a unificar el pastiche:















sábado, 8 de septiembre de 2018



     ¿Cómo responder al compilado de lugares comunes y solemnidades ridículas?  Fácil, riéndose.   Si lo único que tienen es la pose aparatosa y apenas catalogan de sabelotodo de cartón pintado.  Yo con cartón y pintura por lo general me divierto mucho.  Como hoy, que con una caja de pizza, el packaging de una torta y unos envases tubulares de cartón montamos un buzón bastante presentable:






















     ¿Ves? Lo mío es algo así como la alquimia con basura.  Podría recurrir a materiales nobles, a materia prima de primera, pero ¿dónde estaría lo divertido?  Sigo siendo una artista de bajo presupuesto y alto cambalache…













viernes, 7 de septiembre de 2018








  


      En los últimos años y por estos lados (es lo que más conozco por sufrirlo día tras día), pareciera que todo el sistema oficial (digamos, la parte del “mercado” que se sustenta del erario público) se dedica a sostener, promocionar y, en definitiva, privilegiar a las galerías por sobre los artistas. 

     Las ferias internacionales, la presencia en bienales, el patrocinio en grandes eventos, todo es para las galerías, nunca para un artista individual.  Uno los escucha hablar de proyectar el arte nacional, de posicionarnos en el mundo, pero siempre a quién se proyecta y a quién se posiciona es a tal o cual galería, a ese curador, a ese “agente externo”, pero nunca a un  artista individual.  Nosotros estamos al margen, como siempre.  No tenemos llegada a ningún lado sino es teniendo que sufrir la intermediación de una galería (qué, como sabemos, nunca es desinteresada ni gratuita).






    Hace un par de días me trataban de convencer cuán conveniente sería para mí formar parte de un evento a través de la galería X, la que obviamente tenía que cobrarme un pequeño arancel (¡pequeño!) porque, claro, la economía está mal, que la devaluación, la suba de las tarifas y la disparada del dólar, no se pueden cubrir todos los costos de una muestra sin la participación del artista. Creo que ahí hice el primer comentario fuera de lugar: dije que en realidad nada pueden hacer sin el artista, ya que si no hay obra no hay galería.  Además de poner las obras que serán el objeto de la exhibición  hay que colaborar con el pago del alquiler de la sala, la boleta de luz y los vasitos de plástico para el brindis.  Cuando me mostraron los flyers de promoción del evento, lógicamente tuve que notar que la gráfica apuntaba a dar preeminencia al nombre de la galería, la foto de la fachada en primer lugar, todo el diseño pretendiendo que la imagen primordial que se grabara en la memoria del espectador fuera la marca del galerista.  Los nombres de los artistas en letra chica y ninguna obra en particular, sólo un plano genérico de la puesta, con gente, porque es esencial que se entienda que es una galería exitosa, con mucha afluencia de público.  El artista trabajando para la gloria de la galería.

   Sí, ya se, esto es así.  Siempre fue así.  Eso está claro.  Pero no hay razón para que uno tenga que resignarse sin protestar y, encima, hacer como si nos estuvieran haciendo un favor.  No me insistieron demasiado, se dieron cuenta de que no estaba comprando la versión sonrosada que pretendían venderme.  Yo entiendo que es un negocio, pero, bueno, no me hace gracia que ese negocio se sostenga exclusivamente de explotar al artista.  Como en la naturaleza, se da la selección natural: el fuerte se come al débil, la supervivencia del más apto.  ¿Cómo sobrevivirán las galerías si ya no pueden fagocitarse a los artistas?  ¿Podrá evolucionarse para convertir a los artistas en los predadores del mercado?  Poco probable, pero preciosa fantasía...










jueves, 6 de septiembre de 2018







         Me abraza y me dice que no me enoje.  Qué se puede esperar de un traidor más que una (¡otra más!) traición…  Igual me enfurezco por dos minutos y después logro recordar que hace demasiado tiempo que no tiene ninguna importancia. 

     “Ser artista es una manera riesgosa de vivir.  Es adoptar una de las mayores forma de libertad…” comparte en una fotografía un queridísimo amigo por Instagram y no puede ser más oportuno.   Sí, riesgosa.  Y el mayor riesgo es descuidarse y quedar rodeado de estúpidos y de traidores, o ambos a la vez, nefasta combinación.  Alguna vez creímos que la única virtud era la lealtad, y es probable que de un modo ingenuo la supusiéramos contagiosa.  Pero no.  Uno desperdicia lealtad cuando la prodiga a quién ni la entiende ni la merece.  Y si uno insiste en ese desperdicio empieza a parecerse demasiado a un estúpido también...















martes, 4 de septiembre de 2018







         A veces uno construye fantasías en las que habita en paralelo a la realidad real, esa que nos maltrata y nos agobia.  Uno sabe que es una fantasía, pero supone inofensivo el pasatiempo de evadirse en la irrealidad mientras acopia fuerza para hacerle frente a lo que en concreto nos obliga día a día y de lo que no hay otra manera de escapar.

     Una de mis fantasías, inocente fantasía consciente de ser fantasía, es adquirir cierta casita triangular y establecer ahí mi taller y una especie galería de arte.  Es una casita absurda por su estructura en esquina angosta franqueada por dos diagonales, disfuncional, de falso estilo antiguo, y sospechosamente precaria por su proximidad a las vías con esa tendencia a las grietas que suelen acarrear los trenes.  Paso diariamente por esa casita triangular ya que está a cuadra y media de la mía.  Hace tiempo que la llamo “la galería” y la uso de referencia para indicar direcciones.   Los últimos seis o siete años los he pasado fantaseando sobre ella, como modificar la fachada, cambiar las rejas, colocar un deck exterior para constituir área de fumadores en los vernisagges.  Una fantasía completa, con detalles minuciosos y exactos, tal como son mis fantasías.









     Y hace diez minutos, cuando pasaba por “la galería” de regreso a mi casa, por primera vez en todos estos años, veo que le han colgado el cartel de venta.  ¡Mi casita triangular ha salido finalmente a la venta!  He sentido tan absurda euforia que casi grito en mitad de la calle.

     Parecería cuestión menor el hecho de que no dispongo de los recursos para comprarla, aun si la vendieran muy barata.  Pero en el reino autocrático de la fantasía hemos avanzado un casillero hacia ese destino incuestionable –aunque imposible- de mudar mi taller a la casita triangular.