La totalidad de las imágenes que se reproducen en este blog corresponden a obras de mi autoría.
viernes, 8 de julio de 2016
miércoles, 6 de julio de 2016
Ayer,
durante un fugaz instante, creí que lo había encontrado. Pero no.
Sigo mi búsqueda de ese libro cuyo autor y título ignoro pero que leí con
deleite hace añares y que se me perdió entre tantas otras cosas.
“Me
pregunto si usted me entiende, Nausicaa”, dice el protagonista con
amnesia a su secretaria en la primera de las cuatro historias que integraban
ese libro. Cuatro relatos policiales
contados desde el punto de vista del asesino.
Recuerdo que en el primero había un diario sensacionalista que se
llamaba “El Lecho de Procusto” y que el desmemoriado detective privado
poseía una colección de billetes falsificados.
El último de los cuentos era protagonizado por Yehuda Harnett (o Hammett),
profesante explícito del “yoprimerismo”,
quién no podía concebir que su crimen perfecto fuera dilucidado por un simple
mortal.
El libro –ya
roto, sin tapas ni las primeras ni las últimas páginas- era propiedad de un
albañil que trabajó una temporada en las diversas obras que se hicieron en la
casa de mi infancia. Usaba con los otros
obreros el galponcito del patio para cambiarse y dejar sus bolsos y mochilas
mientras trabajaban. El libro, que
supongo leía en el colectivo o en el tren en sus viajes de ida y vuelta a casa,
debe haberse caído de entre sus cosas y quedó abandonado en el galpón. Tiempo después lo encontré yo –en mis diez u
once años- y lo leí hasta el cansancio.
Me encantaban esas historias. El
libro habrá estado conmigo hasta cerca de mis veinte, después lo perdí de
vista, al cabo buscándolo específicamente corroboré su oficial extravío. Después me mudé un par de veces, oportunidades
de que apareciera si andaba por ahí.
Pero no. Nunca más lo encontré.
Desde
entonces lo busco en todas las librerías de viejo de Buenos Aires, en las mega librerías de moda (con sus mesitas para
un café y sus catálogos on line), en bibliotecas de barrio y en la casa de
cuanto amante de los libros conozco.
Infructuosamente. Aun
desconociendo al autor estoy segura que me va a bastar leer unas frases al azar para reconocerlo al
instante. Por eso deambulo entre libros
viejos en cuanta oportunidad me queda a mano entre una cosa y otra.
Ayer por un instante creí… Pero no.
Afortunadamente me distraigo con facilidad y la decepción de otro
encuentro fallido fue sustituida por el gozo de encontrar un librito viejo que
compendiaba recuerdos de allegados a Macedonio Fernández. Una pequeña y deliciosa joya. Mientras sigo esperando el reencuentro, leo:
“Bueno,
yo creo que su actitud con respecto a la política era de un sano escepticismo,
¿no?: con respecto a la política nuestra, la política de la época, diríamos la
política folklórica de la época, era más vale escéptico, lo tomaba un poco en
broma; no se olvide que una vez, por broma, por humorismo, intentó lanzar su
candidatura a la presidencia de la república y entonces el gran problema de él
era como conquistar al electorado y se proponía anonadarlo, sorprenderlo con
una cantidad de modificaciones en las leyes físicas. Una de ellas, por ejemplo, repartir cucharas
de papel de seda. Se da cuenta qué cosa
tremenda es ir a tomar la sopa con una cuchara de papel de seda que se le caiga
de la mano: la manera de desconcertar al elector ¿no? O cambiar el peso de las cosas, una moneda de
diez centavos que, de repente, puesta en la mano de un elector, tuviera un peso
tal que le llevara la mano al suelo; y algo muy pesado, por ejemplo un ropero,
cuando intentara levantarlo se le fuera solo hacia arriba, con el solo
propósito de anonadar al elector y ganarlo ¿eh?, por ese lado. Su imaginación estaba siempre en juego. Una imaginación llena de sorpresas, llena de
ingenio. Me acuerdo que una vez, esas
salidas ocurrentes que tenía él, estábamos en la Revista Oral de Alberto Hidalgo,
en ese café, en el Royal Keller, en Esmeralda y Corrientes. Nosotros hacíamos una revista oral que
consistía en que cada uno de nosotros dijera (todavía no había radio) cada uno
de nosotros dijera lo suyo. Alberto
Hidalgo se ponía de pie de repente (era en el sótano del Royal Keller, una
cervecería de tipo alemán) y decía año 1, número 3 y luego venían las
editoriales, las colaboraciones, se leían poemas, se hacían críticas literarias
generalmente furiosas. Asistido por un
público muy heterogéneo, además, en fin, de nuestro grupo; al culminar las
medianoches de los sábado teníamos como público una gran cantidad de muchachos
y muchachas que estaba esperando que se abriera el Tabarís, en la sección
nocturna, entonces para hacer tiempo se acercaban a nosotros y escuchaban con
gran interés y así lo conocí a Raul Scalabrini Ortiz. Lo conocí porque andaba entonces con el negro
Uriburu ¿se acuerda?, ese que dio la vuelta al mundo con un barquito llamado El
Gaucho. Bueno, los conocí a los dos así
y lógicamente Scalabrini se incorporó después a nuestro grupo.”
De la entrevista a Leopoldo Marechal, MACEDONIO FERNANDEZ, Carlos Perez
Editor, Buenos Aires 1968 páginas 70/71.
“Yo
por aquellos años lo imité, hasta la transcripción, hasta el apasionado y devoto
plagio. Yo sentía: Macedonio es la
metafísica, es la literatura. Quienes lo
precedieron pueden resplandecer en la historia, pero eran borradores de
Macedonio, versiones imperfectas y previas.
No imitar ese canon hubiera sido una negligencia increíble.”
Jorge
Luis Borges (inscripción
de apertura, obra supra citada).
lunes, 4 de julio de 2016
No sé por qué cuesta tanto que me crean que este
blog lo escribo –principalmente- para mí.
Puede que ya no esté de moda, pero yo crecí escribiendo un diario
personal y esa costumbre ha seguido conmigo hasta acá. Así de simple.
Más allá
de las utilidades extras que le reconozco a un diario trepado a la web (difusión
de mi trabajo mediante un curriculum dinámico y detallado; resguardo de
propiedad intelectual sobre mis obras tanto por su registro visual final como
por la reseña de su desarrollo; línea directa de acceso para el espectador o el
curioso que se interese por mi trabajo), escribir habitualmente es una
forma muy práctica de pasar en limpio las ideas.
Uno de
mis mayores miedos ha sido siempre el de que la vida doméstica y mi trabajo
civil (con el que me mantengo económicamente) se superpusieran y aplastaran mi
pasión por el arte. Hoy estoy bastante
cerca de creer que ese temor era infundado, pero en mi juventud de estudiante
universitaria era una preocupación muy auténtica.
El
estudio de una profesión liberal era, en teoría, la chance de poder organizar
mis tiempos para compatibilizar mis dos vidas: la que debía ser y la que quería
que fuera. Podía estudiar y trabajar en
algo práctico y socialmente bien visto, mientras redistribuía tiempos libres
para dedicarlos no sólo a pintar sino a tratar de mostrar lo que hacía, ya
concursando ya montando mis propias exposiciones.
Ese
multi-target implicó siempre mantener la cabeza fría, prolija y
organizada. Con orden y método (Poirot
dixit) puede dominarse el mundo,
o al menos, la vida diaria. Pero se me
colaba ese miedo, cuando por temporadas eran más las horas de vida
universitaria y de trabajo a destajo que de acción creativa. Reseñar en mi diario personal (por entonces un cuaderno Gloria de tapa blanda) lo que iba
haciendo, escasos logros y periódicos
rechazos, me servía de prueba contundente de que, pese a todo, lo seguía
intentando. Que la vida normal y el
sentido común no me habían vencido. Que
todavía pintaba.
Hubo
rachas duras, de enfermedades y domesticidades varias, en las que pareció que
despistaba. Pero la obligación
autoimpuesta de escribir ponía en evidencia esos periodos oscuros, y si la
vocación flaqueaba la culpa de apartarme del camino elegido servía igual de
corrector y empuje para retomar la senda.
Hoy que
tengo mi vida tan claramente dividida que funciona solita en dos vías paralelas
sin el más mínimo conflicto psíquico (mis
voces se están riendo a carcajadas tan convulsas que temo por ellas), el
escribir en mi diario el día a día sigue resultándome útil para definir ideas,
valorar resultados y cotejar proyectos.
Pensar por escrito qué hago y por qué.
Un por qué muy personal -no tengo que justificar nada ante nadie-
pero mantener la claridad ante mi misma se ha vuelto una costumbre. Saber lo que se hace, por y para qué (aunque la respuesta sea "por nada" y "porque sí"),
hace que uno se sienta seguro y tranquilo.
Para eso sirve un diario en general y un diario de artista en
particular. Para reafirmar que
hacemos lo que queremos hacer. Como
manifiesto personal.
sábado, 2 de julio de 2016
Crónicas equinas: El final de los finales
Ha sido jugar a jugar. ¿Qué nenita de un barrio de la periferia, medio huérfana, tímida y
solitaria, no ha querido tener su propio caballo de calecita? Con algo de delay, sí, pero dicen que bien está lo
que bien acaba, así que ¿qué importa el tiempo? Ya tengo mi Caballito de Carrusel. Jugar a jugar.
viernes, 1 de julio de 2016
El catálogo “simple”, es decir, el que se va a
distribuir a todo concurrente a la muestra, tiene que cubrir múltiples
requisitos. El primero, casi una
obviedad, tiene que dar una idea rápida de qué se trata la cosa. Aunque sólo pueda tener una imagen, hay que
tratar que esa sea la más representativa de la obra, por eso requiere que se
elija cuidadosamente la carga visual.
Pero a la vez, esta imagen a más de representativa debe ser de fácil
reproducción, ya que al bajar los costos de impresión se pierde calidad y si la
imagen depende mucho de cómo se la reproduzca, antes que borrosa es mejor no
reproducir nada.
El asunto
“imprenta” es factor determinante por varias razones: tiempo, costos, entregas,
cantidad y calidad de impresión, ¡errores estúpidos que se descubren a último
momento!, y sus infinitas variables. Por
experiencia sé que hay que resignarse siempre a la pretensión de mínima, que es
que al menos haya algo listo para el día de la inauguración, salga como salga.
Y porque
los “tiempos” de la gráfica no son los mismos tiempos que existen en este plano de la
realidad, conviene un diseño básico de díptico doble faz tamaño A4 que, ante la
habitual catástrofe de que no se llegue con el offset, podamos en la
emergencia reproducir (a un costo carísimo) por fotocopia color
un número mínimo que nos salve del papelón en el vernissagge.
En cuanto
al texto, en lo personal creo que el catálogo simple debe decir algo, breve,
preciso, que permita al espectador saber cuál era la intención del artista en
el montaje de la muestra. Qué se suponía
que debía leerse en ese extraño lenguaje simbólico que es el arte.
Y lo más
importante de todo es que el catálogo sea lindo,
que quién lo recibe tenga ganas de conservarlo, de usarlo de señalador en un
libro o al menos guardarlo en un cajón.
Que un atisbo de la obra se meta en la casa de ese desconocido y se quede
por ahí, acechándolo, esperando por si se da ese instante mágico en que obra y espectador
se encuentran, se reconocen y se significan mutuamente.
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