sábado, 6 de mayo de 2017


   Debo haber tenido mi primer caballete de madera a mis 22 o 23 años, bastante tarde si se tiene en cuenta que habré empezado a pintar al óleo allá por  los 11 años.  En esos tiempos iniciales, apilaba sillas o banquetas sobre la mesa de la cocina de la casa de mi infancia, y usando guías telefónicas para manejar la altura de los bastidores, trabajaba feliz en mis improvisados  y precarios atriles, que a un mal movimiento acababan en desparramo por el suelo.

     Hoy en día, tengo varios caballetes –destartalados- y un lindo tablero que uso de estante para apilar láminas y papeles.  Y trabajo improvisando sobre una de las mesas de mi taller un atril plano con unas cajas, revistas para dar peso, y un cartón -que supo ser un trabajo práctico escolar del sistema respiratorio- de base de apoyo.  Evito que se deslice hacia adelante con un rollo de cartón de papel de cocina trabado con los resortes de dos broches de ropa.









    ¿Hay necesidad de esto?  ¿No puedo proveerme de muebles y materiales idóneos para trabajar seria y cómodamente?  Supongo que por poder puedo, pero sospecho que no los usaría demasiado, acabarían amontonando cosas y volvería, como siempre, a improvisar mis espacios y soporte.  Es lo que hago o es lo que soy, lo que viene a ser, en mi caso,  lo mismo.











jueves, 4 de mayo de 2017


  Bonitas noticias que me llegan vía mail:






















 
 
 
 
 
 




      -Hay épocas malas y otras, peores-  me dice, y le borraría la sonrisa satisfecha tirándole el café a la cara pero me contengo.  Primero, porque mi café está muy bien y desperdiciarlo me parece un sacrilegio.  Segundo, porque tiene razón.

 

     ¿Claudicar en los prejuicios y volver es una forma de irse?  De ninguna manera.  Es una forma de huir, de esconderse en territorio conocido, pero no de irse.  Irse es avanzar, correr hacia adelante, afrontar el riesgo (abandonar la tibieza de estufa) y adentrarse en la incertidumbre  (saltar para alcanzar el trapecio sin red de seguridad debajo).  Regresar  a las bases, a aquel punto de salida donde todos prometíamos tanto (y hemos invariablemente decepcionado mucho),  es no ir a ningún lado.  El limbo.  La nada.

 






























     Adivina lo que estoy pensando  y sin disimulo se ríe de mí.  Sé que resulto patética con tanto rollo mental.  Debería ser más simple, como el resto, y en vez de asumir realidades inventar escusas para justificar mis limitaciones y mis errores.  ¿No es lo que hacen todos?  Vivo rodeada por los ombligos del mundo, de los protagonistas absolutos, de los dueños de la verdad y sus adyacencias.  No sé por qué me hago problema, si haga lo que haga nadie va a notar jamás mi existencia.  Soy parte del decorado, un complemento de utilería que no hace a la trama de los actores centrales de esta película.

 
     -¿Qué es lo peor que te puede pasar?- me dice, corriéndome por dónde disparo.  Conoce la historia (me conoce tanto mi) y la trae sin tener que mencionarla.  Yo era muy joven y estaba en uno de los puntos más bajo de mi vida, medio ciega por una crisis de uveítis que me hacía inyectar dexametasona en cantidades industriales lo que me provocaba una enorme confusión mental.   La psicosis agravada por la medicación, más mi dislexia, hacía que me desorientara en la calle y que en brotes de pánico  me quedara inmovilizada en las esquinas sin saber para qué lado cruzar.  Rompía en llanto y me quedaba horas hasta que me calmaba y podía volver a caminar. No había celulares entonces, pero tampoco a quién llamar.  
 
      Eran días de un descontrol absoluto, cursando estudios que me hacían viajar diariamente a mi universidad en Capital usando un par de colectivos.   Un espiral descendente.   Como consuelo –o porque siempre fui muy responsable y no quería perder la materia- pese a todo el caos de mi vida y usando un solo ojo, preparaba una monografía de religiones comparadas para la cátedra de teología.  Tenía una bibliografía que el profesor en cuestión me había sugerido  y entre los títulos estaba Sadhana de la editorial Kier, un ensayo de aproximación al budismo zen que incluía algunos ejercicios de meditación.

     En esos tiempos desesperados aceptaba cualquier sugerencia, y con la promesa de recuperar cierto control de mi existencia compré el libro, lo llevé a casa y empecé con los ejercicios.  Colgada en el 37 a las 7 de la mañana practicaba el conteo de las respiraciones, lo que me permitía aguantar hasta destino.   Avancé en mis prácticas y llegué al del sarcófago y a mentalizarme muerta.  Era afrontar el último miedo, el más atávico, poner todo en perspectiva.  En mi espiral descendente llegué al límite, y en esa profunda introspección, en ese respirar recitando mantras y centrándome en mi misma,  llegué a verme tan, pero tan ridícula, tan enfrascada perdiendo el tiempo que podía utilizar en otra cosa, que tras un ataque de risa terminé asumiendo que lo único que valía la pena era pintar.  Cierto, mi destino (como el de todos) es morirme, en un tiempo que no tengo precisado.  Lo único que cuenta  es la obra que se haya logrado construir en vida.  Pero mi vista era muy reducida entonces, ¿cómo pintar así?  Por instinto, cerrando el ojo enfermo, buscando técnicas que no me requirieran tanta precisión.  Fueron las épocas de mucho pastel tiza y mucho usar los dedos para esfumar.

 
 
 

     En el momento que dejé de tenerme lástima empecé el caminito de subida.  Aprendí a convivir con el dolor y a reducir los antiinflamatorios.  Volví a pintar y automáticamente reduje la tensión nerviosa.  Me compré una guía Filcar de bolsillo para  la cartera de la dama y me acostumbré a preguntar  a los transeúntes:  ¿Disculpe, me puede decir dónde estoy?  Todo pasó, por un tiempo, hasta otro ataque de uveítis y otro período de ceguera y confusión, pero ya sin tragedia.  Hoy sigo desorientándome con facilidad (no diferencio derecha de izquierda) y he convertido la psicosis en una forma de inspiración: la alucinación como composición creativa.

 
 

    Le devuelvo la sonrisa mientras termino mi café.  Tiene razón.  Hay épocas malas y otras peores.  Lo bueno está en vivirlas.  Y seguir.  Y poder contarlo, aunque sea a tu enemigo, al más leal de todos.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

martes, 2 de mayo de 2017






     Es probable que la única respuesta a todo sea irse.  IRSE.  Cuando no hay otra manera de cambiar las circunstancias que nos hacen la vida insoportable, cuando sea cual sea nuestra conducta el resultado es siempre el mismo, cuando el agobio constante no permite respirar, cuando lisa y llanamente la felicidad queda fuera de la ecuación.  ¿Entonces?  Irse.  Irse de una vez.

 
     La gente no cambia, ¿para qué seguir engañándose?   No cambia si no quiere hacerlo y, aun queriendo, hay límites  estructurales que no puede traspasar.  Y no queriendo, cualquier chance de cambio es nula.  ¿Por qué habría de cambiar algo el que está cómodo con lo que tiene y dónde está; el que no desentona con el entorno, el que no puede entender más allá de la básica necesidad fisiológica y el mimetismo social que se tilda de aceptación y éxito?  Ser parte de la manada es seguro.

 
 
 


     La gente no cambia, y esa contundente realidad vale tanto para ellos como para mí.  Nadie va a cambiar.  ¿Qué queda?  Irse.  ¿A dónde?  A cualquier lado donde su poder destructivo no nos alcance. 

  

      ¿Necesita el artista el apoyo externo, el sostén y el aliento de su entorno, la fe ajena para desarrollar su obra?  Estoy convencida de que NO.  Claro que sería más fácil, más grato, menos dolorosamente solitario.  Pero no, no hace falta   Se puede tercerizar todo, hasta los afectos.  ¿No es suficiente incordio lidiar con una actividad creativa que nos llena de inseguridades, del constante cuestionamiento de nuestra real capacidad para el arte, en un medio –el mercado- que nos maltrata por pura declaración de desprecio hacia el artista, para -¡encima!- tener que soportar el menosprecio y el ninguneo puertas adentro?  Tantos frentes de batalla a un mismo tiempo excede toda regla básica de urbanidad y buenas costumbres.  ¿Irse, entonces?  Claro, irse.  De una buena y definitiva vez.
 
 
 
 
 
 
 
 
 

lunes, 1 de mayo de 2017







   En siete días –el próximo domingo 7 de mayo- este blog celebra cinco años de existencia.  Es como mucho, me digo; tanto tiempo aplicado a algo que no genera ningún tipo de beneficio práctico. 

     Visto desde afuera, carece de sentido dedicarle horas diarias a un blog que no vende nada ni publicita para terceros ni vincula palabrerío on line a actividad remunerada off line.  Desde mi realidad y siendo que siempre he llevado diarios personales, escribir en papel o escribir en la notebook es más o menos lo mismo.  Sigo haciendo lo que siempre he hecho.  Esto cinco años de blog se integran a los casi cuarenta que llevo garabateando mi cotidianidad.   A los diez me regalaron –un clásico- mi primer libreta de tapa de cuerina verde inglés con candadito y la leyenda en dorado de  “Diario Íntimo”.  De ahí para acá no he dejado de pensar en conjunto con el papel y lapicera en mano.








     Como celebración anticipada, las últimas semanas me he puesto a revisar las primeras entradas, las del año 2012.  Descubriendo errores de tipeo y un amontonamiento en el montaje, he estado corrigiendo y acomodando.  Tratando que todas las entradas sean los más prolijas y estéticas posibles.  ¿Para qué?  Para nada, sólo por gusto de que las cosas estén bien hechas.    Agrando algunas imágenes, doy más espacio al texto para que sea más sencilla su lectura, coloco la debida sangría.  ¿Más trabajo inútil?  ¿Más tiempo dedicado a no generar nada productivo y económicamente rentable?  Tal cual.  Mi vida es una historia de tiempos perdidos y sinrazones varias.