jueves, 24 de julio de 2014

El plagio como libre uso de los bienes culturales. 


  Dice  Macedonio Fernández allá por el año 1926:  “En dicha novela repetiré aluno de los chistes aquí intentados, pues espero llegar a un extremo de garantía y seriedad en mis bromas, ensayándolas en varias repeticiones; además, así se entretendrá algún exigente en originalidad, quién descubrirá que alguna idea mía es de Sterne o de Rebelais, cuando no habrá sino tomada de allí sino de mí mismo, de la primera vez que la dije; en el estado de repetición se parecerá textualmente a la idea de Sterne, pero antes se parece a la mía de la primera vez que la copié, porque es tan escasa la originalidad que hoy no queda otra que la del primer copista de autor nuevo, ´primera copia´ es un subgénero sancionado de originalidad.” Macedonio Fernández, Carta abierta argentino-uruguaya, Martin Fierro 34, 5-X-26, 257, OCA 43 –  Correspondencia Macedonio-Borges, Edición y Notas Carlos García Corregidor,  Buenos Aires 2000, pág.72.

  “Primera copia es un subgénero sancionado de originalidad”.  En ese mismo libro (Correspondencia…) su compilador Carlos García refiere a “Macedonio, el paladín del plagio, y Borges, el futuro héroe de la intertextualidad, disputan mediante terceros quién ha copiado a quién o quién es el más original de los dos…” (pág. 181 op. cit.).


  Entiendo por “deformación” formativa (soy irremediablemente borgiana) que toda obra cultural (literaria, artística, musical) integra el acervo común de la humanidad, al que todos tenemos derecho y obligación de acceder. Cierto, existe el derecho de propiedad intelectual de la obra por parte de su creador, su derecho a la integridad e inalterabilidad de su obra.  Pero el disfrute (y ahí podría caber la “inspiración” o la reverencia del plagiador, o su afán de “perfeccionamiento”, quién sabe) es derecho natural del otro, del espectador, del consumidor de bienes culturales.   Transcribo a continuación un magnífico artículo de Marcos Mayer, publicado en Clarín en el año 2006 y al que se accede via web en: http://edant.clarin.com/suplementos/cultura/2006/08/05/u-01246343.htm

  Obviamente (casi una redundancia) las imágenes de esta entrada corresponden a obras de mi serie Plagiaria.


EL OCASO DE LA ORIGINALIDAD
La insoportable levedad del plagio
La pérdida del sentido de propiedad parece ser, paradójicamente, el resultado de la propagación de las industrias culturales. Desde Dan Brown hasta Jorge Bucay, desde los Beatles hasta Felipe Pigna, todo el mundo es acusado de plagio. Parecería que ignotos autores son los verdaderos creadores de productos exitosos cuya paternidad les fue robada. Una compañía llegó al extremo de iniciar un juicio no ya por una obra determinada, sino por un estilo. Pero al mismo tiempo la literatura reivindica la cita ajena y algunos movimientos paraculturales sostienen que el copyrigth debe pasar a mejor vida.

MARCOS MAYER.
  Aunque desacelerada porque el éxito de la versión fílmica fue menor al esperado, la sucesión de juicios por plagio contra El Código da Vinci de Dan Brown amenaza con convertirse en una especie de noticia serial. A su vez, cada semana los medios publican un nuevo caso de plagio presunto o comprobado, como la reciente acusación, casi 40 años después, de que "Yesterday" —la canción más grabada de los Beatles— lo debe todo a una canzonetta italiana.

  Más allá del dinero que se juega en estas denuncias, la presencia cada vez mayor del plagio, en la industria cultural, en Internet e incluso en el ámbito académico, habla de un estado de cosas en el que se pone en cuestión la idea de originalidad, de la propiedad intelectual y de quién puede disponer del uso de los bienes culturales. Para algunos plagiar es un delito, para otros un derecho, y no hay quien lo considere una bienvenida fatalidad.

  El matiz más obvio de este aluvión de denuncias y juicios, sobre todo cuando se trata de un éxito, es lograr para los querellantes una suerte de "efecto derrame" que haga que los dólares se repartan entre más manos. Pero este aspecto no es el único ni seguramente el más interesante.  Sin dudas hay una fuerte motivación, con algo de picaresco, de subirse al éxito y el dinero ajenos en este auge de las permanentes denuncias de plagio cuyo desenlace se pierde en el fárrago noticioso o más probablemente en arreglos extrajudiciales. 

Las obras que vos copiáis

  Los encargados de la sección Legales de los Autores Teatrales hablan de unas veinticinco denuncias por plagio en lo que va del año, que suelen resolverse fuera de los tribunales. Un panorama similar se constata en la SADE y la SEA (las dos entidades que agrupan a los escritores) y en SADAIC (músicos).

  Para mencionar sólo algunos casos recientes:  Peritos de la Sociedad General de Autores de la Argentina (Argentores) sostienen que el guión de la película Gitano, escrito por el español Arturo Pérez-Reverte, fue plagiado del filme Gitana, corazones de púrpura, de Antonio González Vigil y Juan Madrid. 

  El escritor Andrés Rivera le ganó un juicio por plagio al periodista Jorge Zicolillo, quien habría citado en exceso y sin autorización los dichos y acciones de varios personajes de la novela La revolución es un sueño eterno. 

  Dos ex integrantes del grupo senegalés Toure Kunda enjuiciaron a Carlos Santana acusándolo de haberles robado la canción "Africa Bamba". La escritora francesa Stéphanie Vergniault demanda por presunto plagio y reclama dos millones de euros a la Warner, productora de la película Syriana, de Stephen Gaghan.

  El desconocido escritor mexicano Teófilo Huerta dice que la última novela del Premio Nobel portugués José Saramago, Las intermitencias de la muerte (2005) parece haberse inspirado en un cuento suyo titulado "¡Ultimas noticias!", escrito en 1987. 

  Los productores de la olvidada Traficantes de cuerpos, estrenada en los 70, demandan a los realizadores de La isla diciendo que existen 90 similitudes entre ambas películas. Una especie de ironía, porque las dos coinciden en narrar una historia de clones. 

  En Bélgica se acaba de prohibir la ejecución pública de "Frozen", el tema de corte de Ray of light, uno de los discos más exitosos de Madonna, luego de que el juez considerara excesiva la cantidad de compases en los que concuerda con "Ma vie fout le camp", una composición de un ignoto Acquaviva. 

  La colombiana Shakira fue tildada de "indecente" por el salsero Jerry Rivera por haber usado los acordes de las trompetas de su canción "Amores como el nuestro" en su más reciente éxito "Hips Don''t Lie", que interpretó en la ceremonia de cierre del Mundial. Esto ocurrió pocos días antes de que el dominicano Luis Días la acusara de haber usado sin autorización el estribillo de uno de sus temas más famosos para incluirlo en la misma canción. 

 La lista merece cerrarse, aunque sea provisoriamente, con las demandas recibidas por la novela más famosa de Dan Brown. Un juez británico, Peter Smith, determinó que Brown no había robado ideas de La sangre sagrada y el Santo Grial, de Michael Baigent y Richard Leigh. Ambos libros fueron editados por Random House, que se mostró muy satisfecha por la decisión judicial. Tal vez porque la obra de Baigent y Leigh, aparecida hace 24 años, vende desde que comenzó el juicio unos 7.000 ejemplares por semana. Ahora parece que Brown tendrá que responder ante los jueces rusos, pues un científico de este país ha anunciado otra querella por plagio. Mijail Anikin, que trabaja en el museo Ermitage de San Petersburgo, asegura que fue él quien descubrió la idea que Brown usó en su libro exitoso.

  En la mayoría de estos episodios llama la atención el desnivel —en términos de fama, prestigio y vigencia— entre reclamantes y reclamados. El plagio podría constituir una especie de nuevo género que cuenta el modo en que los poderosos, famosos y encumbrados se apropian del trabajo intelectual y estético de los ignorados y olvidados. Lo que implica decir de algún modo que la verdadera creatividad nunca llega de primera mano.

  Es entonces que el plagio adquiere una dimensión diferente, porque estamos en tiempos en los que la tecnología permite que un disco pirateado tenga la misma calidad que el original. Y también cuando nos hallamos a las puertas de que el buscador Google habilite su biblioteca virtual, por la que, pese a las protestas de autores y editores, se accederá sin costo a una cantidad enorme de textos. Es decir que la tecnología, por un lado, y la competencia capitalista, por otro, hacen que la propiedad intelectual y los derechos que se desprenden de ella sean a la vez un obstáculo y una fuente de ingresos.


  Pero no siempre está en disputa la cuestión de la propiedad intelectual ni los beneficios o perjuicios que ocasiona. Si se entra a Wikipedia, justamente un sitio de Internet en el que no se reivindica la condición autoral (se construye con los aportes de los internautas y los artículos no están firmados), se encuentra esta sorprendente entrada: "Se acusa de plagio no intencional a la ignorancia de cómo citar fuentes. El plagio es tan fácil que muchos estudiantes ni siquiera se dan cuenta de estarlo cometiendo". Esta definición, que parece tan obvia, contiene algunas claves interesantes. 

  Siendo profesor de la Facultad de Filosofía y Letras (UBA) me topé con una monografía que, luego de un exacerbado pasaje épico, se comparaba al ejército de Facundo Quiroga con "las huestes de Darío", un símil impensable en un autor veinteañero. La fuente bibliográfica del párrafo copiado donde aparecía esa comparación se mencionaba en el trabajo (por lo que no había intención de engaño) y, al ser consultado el alumno, contestó que suponía que dado que el texto había sido elegido por la cátedra, estaría mejor dicho allí que en sus propias palabras. Una extraña inversión del viejo mandato pedagógico de convertir al conocimiento en algo propio. Es que justamente lo que demostraba esta respuesta es que no se percibía una propiedad del texto ajeno, lo cual funcionaba como motivo suficiente para no verse obligado a generar el propio.


  En un contexto más amplio, se pueden encontrar sugestivas similitudes con el caso anterior. Ante las acusaciones de plagio al historiador Felipe Pigna y al psicólogo Jorge Bucay la respuesta fue similar: un error u omisión en indicar que el texto citado pertenecía a otro autor (plagio involuntario, según Wikipedia).


   "Se trata simplemente de la omisión de tres citas que una vez advertidas fueron entregadas oportunamente a la editorial para su inmediata corrección, lo que lamentablemente no ocurrió por motivos ajenos a mi persona." Esto dijo Pigna a Clarín en respuesta a la acusación de plagio de un texto aparecido en la revista Nueva y escrito por la periodista cordobesa Cristina Paltrinieri.


  La explicación resulta plausible. Pero lo llamativo es que un historiador como Pigna considere como fuente citable un artículo periodístico, en este caso sobre la rebelión de Túpac Amaru, que sin dudas conoce a la perfección y sobre el que tiene clara posición tomada. Lo que permite suponer esta elección por parte de Pigna es una cierta renuncia a lo que podría llamarse voluntad de estilo. Para explicarlo rápidamente, da lo mismo quién lo diga.



  A diferencia del plagio por dolo, o por admiración, en este caso se trata de una operación en la que se supone que, palabra más o menos, todos los textos tienen el mismo valor. En esto, el plagio se interrelaciona con los rumbos de la industria cultural, para la cual no existe un valor propio de cualquier tipo de obra, sino que ese valor viene desde afuera, de su eficacia para funcionar en un mercado. Martin Amis lo resume en una línea de diálogo de su novela Dinero: "Creen que tienen razón porque tienen éxito".



  En este sentido, el caso emblemático es el de John Fogerty, el ex cantante de Creedence Clearwater Revival cuando decidió iniciar su carrera solista. El ex sello de Fogerty, Fantasy, consideraba que su "nuevo" tema "The old man down the road", era un plagio de otro compuesto por él mismo en la época de Creedence: "Green River". El juez tuvo que dictaminar si era plagio que un artista se pareciera a sí mismo. Y falló a favor del cantante, quien acaba de regresar a Fantasy para su último disco.



Géneros, estilo y plagio.
  Según este reclamo parecería que una compañía no es sólo dueña del llamado copyright sino también de un estilo.  Los blues, las novelas policiales, los teleteatros, y hasta los conciertos barrocos, sin hablar de la chaya o la milonga, tienen elementos en común —un molde fijo que admite variantes internas— por lo cual todo aquel que se insertara en un género sería un plagiario en potencia.

  Paralelamente a todos estos reclamos, se fue gestando un movimiento que reivindica el plagio, algunas de cuyas producciones pueden verse en una muestra que se ha montado ahora en Barcelona, luego de pasar por Madrid y otras ciudades españolas. Plagiarismo, una españolización de la palabra inglesa plagiarism, se presenta bajo los auspicios del Conde de Lautremont quien sostuvo en el siglo XIX, la época del deseo de originalidad, que "El plagio es necesario. El progreso lo requiere. El plagio abraza la frase de un autor, utiliza sus expresiones, borra una falsa idea y la sustituye por otra correcta." Y su título remite también a una "escuela" artística que ha trabajado con el plagio y una serie de prácticas que podrían considerarse análogas como la recontextualización de citas, la intertextualidad o el uso de partes reconocibles de otras obras. De alguna manera, los "plagiaristas" tienen más de un maestro. Los más evidentes están en la primera vanguardia del siglo XX, en los llamados ready made de Marcel Duchamp y en el pop-art, que tuvo como figura principal a Andy Warhol. Pero también a Borges, cuyo personaje de Pierre Menard, que pretende escribir el Quijote, juega con la idea del plagio como un azar.

  No debe dejarse de lado el matiz político de estos artistas, que parecen molestar más de lo que se supone a quienes ocupan el centro de la escena. Por ejemplo, es el caso del norteamericano John Oswald, quien fue obligado a destruir los discos en los que había modificado conocidos temas de Michael Jackson. Y aquí aparece el problema de la propiedad privada de los productos intelectuales, algo cuyo desconocimiento forma parte indisoluble de los planteos estético-políticos de Bertolt Brecht. El dramaturgo alemán, en consonancia con el planteo marxista de la abolición de la propiedad privada, se oponía a la idea de que las ideas tuvieran un dueño.

  Algo similar ocurre con el movimiento del llamado "copyleft", que por ahora se mueve fundamentalmente en el territorio del software, pero que se basa en una forma de funcionamiento del mercado en el cual los creadores ceden sus derechos de propiedad para generar una comunidad de intercambio de conocimientos e invenciones.

  Tal vez lo que plantea hoy el plagio y que afecta también aquellos casos de los que se habla en la primera parte, es un reclamo planteado por Alex Mendibil, uno de los organizadores de la muestra Plagiarismo: "Vivimos en una cultura que se copia continuamente a sí misma y en cambio prohíbe a los artistas que hagan versiones que otorguen un nuevo significado a los íconos culturales". En definitiva, pareciera que hoy para transitar el mundo de la cultura se precisa registro para copiar. Mientras tanto, la ley busca fallar con armas viejas en una realidad que vive conflictos nuevos, donde lo que está en juego es una renovada utopía del conocimiento y el arte sin limitaciones. Para algunos el plagio es un negocio, para otros una renuncia y para el resto una puerta que aún falta abrir. 



Apostillas (recuadros)
Casos en la música
Tócala de nuevo, George          
  El rock parece ser un territorio fértil para el ejercicio del juicio por plagio. Hay unos cuantos casos célebres que llegaron a los estrados.  "My Sweet Lord", la más exitosa de las canciones Hare Krishna de George Harrison tuvo que pagarle una fuerte suma en concepto de derechos mal habidos al grupo The Chiffons que habían aportado sin saberlo varios acordes de su tema "He's So Fine". 

  Michael Jackson estuvo involucrado en casos similares: perdió un juicio con el compositor africano Manu Dibango por las similitudes entre su tema "Wanna Be Starting Something" y el anterior "Soul Makossa". Un juez italiano dictaminó además que "Will You Be There" es una copia de "I cigni di balaka", compuesta previamente nada menos que por Albano y Romina Power. 

  La lista podría ampliarse e incluir las supuestas similitudes entre una canzonetta italiana y la exitosisima "Yesterday", compuesta por Paul McCartney hace poco menos de cuarenta años y que recién se han denunciado dos semanas atrás. 

  Pero lo más interesante de este vínculo entre rock y plagio es la cantidad de sitios de Internet y conversaciones off the record que amplían al infinito los nombres de saqueadores y saqueados. Algo que seguramente tiene que ver con la ideología del género que vincula un énfasis casi absoluto en la originalidad (lo que hizo que en algún momento de la evolución del movimiento se viera con malos ojos que un grupo interpretara temas de otros) y la supuesta ortodoxia del género. De allí que en esas listas no oficiales se confunda el homenaje, la cita admirativa y los elementos inevitables comunes de un género musical con el robo descarado y un vampirismo, a veces solapado, y otras irritantemente evidente, del talento ajeno. Que es en definitiva lo que se pone en discusión.
  Como el valor es la primacía y la originalidad, la única manera de establecer listas organizadas por talento en cualquier arte es encontrar cuánto debe un artista a otro; algo, por otra parte, que cualquier músico admite sin problemas.


Casos en el arte
En pintura, ¿qué es plagiar?
Recientemente, la profesora santafesina María Alicia García Facino ha colocado en su blog una acusación contra León Ferrari porque considera que su obra "La civilización occidental y cristiana" es un plagio de "Loor a los héroes", un afiche realizado por el artista español Arturo Ballester. Si se comparan ambas obras, a las que se accede desde el mismo blog, la acusación parece difícil de justificar. El único elemento en común es cierta homología entre la figura humana y la forma de un avión. Allí se terminan las semejanzas: las obras no significan lo mismo, y donde hay estilización en Ballester en "La civilización..." hay un mensaje sin dobles interpretaciones.

  Tampoco resulta fácil entender la reacción de la plástica francesa Anette Messager, quien consideró que la obra de la argentina Mónica Girón recordaba la suya e hizo que se la bajara de una exposición en París, cuando como mucho podría hablarse de influencias.

  Para pensar la ausencia de la idea de plagio en el terreno de la plástica hay que considerar que el reemplazo de un cuadro por otro entra en otro terreno, el de la falsificación, en la que no está en juego la firma propia, sino justamente la firma ajena. Nadie copiaría un Picasso o un Kuitca y le pondría su nombre abajo, porque se reiría todo el mundo. No parece haber un mercado en el que el plagio cotice. Puede haber semejanzas que tienen que ver con la idea de escuela, en tanto adscripción a un estilo o a una estética. 

  De todos modos, como sucede con el rock en sentido contrario (ver recuadro), la ausencia de plagio —en un contexto que reivindica el intertexto, la cita y el homenaje— da pautas de cómo funcionan los valores de la originalidad y su peso dentro del mercado.

  Tal vez valga la pena aquí recordar los fundamentos de lo que se llamó a fines del siglo XIX el "método morelliano", en reconocimiento al crítico Giovanni Morelli, quien, para cambiar la adjudicación de la autoría de una importante cantidad de cuadros en varios museos europeos, encontraba la marca de autor en las manos o los cabellos, la zona donde el pincel se abandona a su propio movimiento. Es decir que las artes plásticas son impensables sin una marca de autor: en la teoría de Morelli los pequeños indicios de esas pinceladas no pensadas.




miércoles, 23 de julio de 2014


El plagio como abierta falsificación (o no).



  Cuenta Wikipedia sobre Elmyr de Hory  que nació  en Budapest, Hungría, en el año 1906, hijo de aristócratas de origen judío. Decidido a ser artista marcha a París, resultando contemporáneo a Matisse y a Picasso. 

  Al sobrevenir la Segunda Guerra Mundial fue apresado  por la Gestapo, de la que sin embargo logra escapar y  refugiarse en Budapest hasta el fin de la guerra.  Regresa entonces a París y reanuda su vocación artística.  

  Allí vivió en la pobreza, hasta que una amiga suya se fijó en un dibujo de él, confundiendolo con un Picasso, y lo compró. Elmyr no sintió ningún remordimiento, ya que en esos momentos era por simple supervivencia. Pronto recorrió toda Europa vendiendo sus falsos Picassos, con lo cual obtuvo ganancias suficientes para vivir bien.

  Asociado a dos jóvenes estafadores, Legros y Lessard, quienes vendían sus oleos por todo el mundo, el enfrentamiento público con estos levantó -en 1967- las sospechas del multimillonario Algur Hurtle Meadows, magnate del petróleo estadounidense y fundador del Virginia Meadows Museum de Dallas, que les había comprado un gran número de obras. Tras pedir el asesoramiento de cinco expertos, se descubrió que 44 cuadros no eran originales. Dos años después, Clifford Irving publicaba Fake!, libro que reconstruía la historia del estafador. 

  Su imagen de histrión, excéntrico y glamoroso, quedó definitivamente fijada a principios de los años setenta gracias al famoso filme-ensayo de Orson Welles F de Fraude, en el que el cineasta apuntaba hacia la modernidad del personaje, su radical discurso frente al orden establecido. Welles se ponía del lado del tramposo, asumiendo su propio papel de charlatán gigante en un mundo de falsas verdades. 

  En una entrevista de 1973, Elmyr lanzaba el desafío: él no era un falsificador sino una víctima. “La palabra me desagrada, y además no la encuentro justa. Soy víctima de las costumbres y las leyes del mundo de la pintura. ¿El verdadero escándalo no es acaso el propio mercado? En un mero plano artístico, desearía considerarme como un intérprete. Al igual que se ama a Bach a través de Óistraj, se puede amar a Modigliani a través de mí”.


  La historia de Elmyr de Hory es la de una colosal venganza, la burla de un pintor de gran técnica que, expulsado del sistema por la crítica, decide reírse de quienes le han marginado. “Consiguió su objetivo, ser reconocido como artista”, afirma Dolores Durán, comisaria de la exposición realizada en Círculo de Bellas Artes de Madrid en febrero de 2013, que ha rastreado entre los amigos del pintor para encontrar las escasas obras que existen con su firma: “Hoy, que circulan tantos falsos elmyrs, lo difícil es dar con uno real”. Un auténtico Elmyr podría alcanzar hasta los 100.000 euros.

  Cuando Elmyr recala en Ibiza en los sesenta, despojado de pasaporte (entra en España bajo la falsa identidad de Joseph Boutin) y perseguido por la ley, el apátrida decide echar anclas.

  Vivió 15 años en la isla, obstinado en defender su dudosa inocencia y convencido de que aquel era su lugar en el mundo. Sus amigos (famosos que iban de Ursula Andress a Natalia Figueroa) le adoraban y por eso cuando saltó la fatal noticia de su suicidio en diciembre de 1976 señalaron a su amante, Mark Forgy (quien una semana antes había sido nombrado su heredero), como culpable de un fatal descuido. “Antes de morir, Elmyr se había intentado suicidar no una, sino dos, tres y hasta cinco veces”, explica Durán. Era su manera de evitar la amenaza permanente de la expulsión. Ingería gran cantidad de barbitúricos, pero era rescatado en el umbral de la muerte por algún amigo. Forgy, sin embargo, llegó tarde y la sombra de la duda cayó sobre él.

  La extradición a Francia llegó al día siguiente, pero ya nadie podía mover a Elmyr de la isla. En su cementerio blanco, descansa uno de los mayores falsificadores del arte. 

Fuentes: Wikipedia y El Pais (http://cultura.elpais.com/cultura/2013/02/06/actualidad/1360173001_210270.html)



"-Murchison sabe que los cuadros se están falsificando.  ¿En qué se basa, exactamente?
-En su opinión- dijo Tom, encogiendo los hombros-.  Oh, habló del espíritu de un cuadro, la personalidad...  dudo que pudiera haber convencido a un experto de Londres. ¿Quién sabe hoy dónde está la línea que separa a Derwatt de Bernard, francamente?  Unos bastardos aburridos, esos autodesignados críticos de arte.  Escucharlos es más o menos tan divertido como leer sus críticas de arte... conceptos espaciales, valores plásticos y toda esa cháchara -se rió, se estiró los puños, y esta vez se estiraron-.  Murchison vio los que yo tengo, uno genuino y uno de Bernard.  Naturalmente, traté de disuadirlo y, si puedo decirlo, pienso que lo logré.  No creo que vaya a mantener su cita con... con el hombre de la Galería Tate."  

Patricia Highsmith, La máscara de Ripley   Editorial Norma, Buenos Aires 2010 pág. 261.


martes, 22 de julio de 2014

Sobre la lluvia, el plagio y la curiosidad.


  Una cosa lleva a la otra.  O no.  Yo suelo divagar con mucha facilidad, saltar de una idea a otra, y de ahí a más allá.  Después vuelvo y otra vez me desvío y termino, invariablemente, donde no iba.  Como alguien que salta de piedra en piedra para cruzar un arroyo, pero se distrae a medio camino y decide seguir con los pies en el agua persiguiendo un barquito de papel de diario que navega solitario y desafiante arroyito arriba con destino desconocido.

  Vuelvo y me explico.  Tengo una semana libre, de vacaciones en mi trabajo civil.  Había planificado dedicar estos días a pintar y acabar dos o tres pendientes (mis Demonios, La Inquisición en América, una bandeja con una soberbia odalisca y la vitrina con la caja larguirucha que junté de la basura en la calle), aprovechando la luz de las mañanas. Pero hoy llovió torrencialmente desde la madrugada, y entonces no hay luz natural en mi taller, y me quedo en la cocina, donde sólo puedo dibujar en pequeñas dimensiones y con auxilio de una lámpara de escritorio. 

  Y dibujo por fuera de lo planificado, dibujo como “ejercicio” y como juego.  Dibujo sin segundas intenciones, sólo por el disfrute de ir haciendo.  Sin buscar ni pretender, sólo por el mientras tanto.  Dibujar por dibujar.


  Y en la mesa de la cocina tengo mi computadora, y a la par  de dibujar y tomar un mate, reviso los  mails con la dejadez  propia de quien está de vacaciones.  

  Puede que no prestara atención a nivel consciente, puede que esta sea una justificación intelectualizada de lo que sabía perfectamente que estaba haciendo. Los hechos son así:  mi amiga, la que se indignara hace un par de días por la censura de Facebook sobre unas obras de arte que incluían desnudos, entró a mandarme enlaces con un montón de entradas de Face que incluían desnudos fotográficos más o igualmente dignos de censura que las versiones estilizadas y plásticas que de hecho fueron prohibidas.

  Ella esperaba que mi indignación hiciera juego con la suya y me sumara a su nueva cruzada.  Suele tener su cupo de causas perdidas al mes en la que descarga su exceso de energía y su resignado idealismo que no puede aplicar en su vida cotidiana como (¡pobre!)  asesora en una dirección de cultura municipal dónde lo más "cultural" que hacen es el diseño de los afiches políticos que loan los méritos inexistentes del actual intendente que va por la reelección.  Sí, ya sé, todos somos mercenarios.  Uno se gana la vida como puede no como quiere.  Se malvende la fuerza de trabajo no el alma que uno querría tener.  Es la vida real.


  Vuelvo.  La cuestión es que ella me mandó las imágenes con la esperanza de que yo colaborara con su queja indignada y sus acciones en consecuencia.  Creo que se trataba de  unir voces de protesta o algo así.  Ella sabe que yo no actúo en redes sociales así que obviamente no esperaba en serio que  participara en nada.  Puede que sólo fuera que me tiene en su cadena de mails.  No sé y, que su dios me perdone, tampoco me importa demasiado indagarlo.  Pero los enlaces que me envió –por cortesía y por respeto a su esfuerzo-  los miré.  Y me perdí en varias de las imágenes a las que arribé por ellos.

  Tras tres o cuatro horas me encuentro con un dibujo, muy satisfactorio, que surgió de esas fotos  no censuradas de Facebook. Y entonces me pregunto: ¿es eso un plagio?  Probablemente sí, ya que estoy “copiando” una foto de otra persona.  Me apropio de la visión ajena.  Pero dibujar una foto, ¿es plagiar?

  No sería plagio si argumento que es la visión de otro vista desde mi visión. Mi visión aunada a mis obsesiones y preferencias.  O sea: el desnudo es de otro, la arcada, el mapa, la mistura de materiales son míos.

  Pero sigue siendo plagio si argumento que robé la postura, la tensión en los músculos de la espalda de la chica, la fuerza y el poder en las manos y los muslos de él.

  No es plagio porque, como es mi karma, los pies de él los hice soberbiamente desproporcionados.  ¿Por qué los pies masculinos me salen TAN MAL?  Uno no puede plagiar como se debe si no sabe hacer pies.


  Es plagio porque fácilmente se reconoce la visión ajena en una obra mía.  Soy en consecuencia de cómo alguien –ignoro quién- fotografío a esa pareja en postura tan íntima y vibrante.

  No es plagio porque yo podría haber contratado a una pareja para que como modelos vivos posaran en la misma postura.  

  Es plagio porque no contraté a nadie.



  Podría seguir así durante horas pero me distraigo en otra cosa.   Curiosidad.  Subí hace un par de meses un contador de visitas a este blog.  Y suelo demorarme en “analizarlo”, tratando de ver desde dónde se supone que han visitado este espacio en el día.  

  No confío mucho en la fidelidad de la información que me provee,  ya que cuando yo entro me marca como que estoy en “Wilde” cuando yo estoy en “Lanús” (cerca, pero no es lo mismo).  Y me pregunto si realmente será de “Mountain View” la persona que –presuntamente- lee este blog apenas subo una entrada (al menos eso es lo que marca el contador y el área de estadísticas de blogger).  

  Si ese alguien de Mountain View  tiene ganas de sacarme de la duda o corregir el error geográfico en el que, tal vez, incurre Geovisite, mi mail personal es gabyfarnell@gmail.com y me encantaría tener contacto real con alguien que de verdad está del otro lado y lee estas tonterías mías. Prometo responder agradeciendo la satisfacción de mi curiosidad (que, como todos sabemos, mató al gato).






lunes, 21 de julio de 2014


































  Transcribo un fragmento del reportaje al maestro Daniel Barenboim  que se publicó en el suplemento Espectáculos del diario  La Nación de ayer domingo.

  Barenboim es el ideal de artista al que aspiro, aunque sea en una pequeñísima medida, emular. Un artista que sin apartarse ni negociar con su obra y precisamente a través de ella, mantiene una conducta ética de vida, creando y proyectando su labor en beneficio de la humanidad sin esperar resultados inmediatos. Sembrando para las generaciones venideras.  El arte como una manera de vivir y dejar legado.



“Cualquiera imaginaría a Daniel Barenboim rodeado de un ejército de asistentes.  Sus compromisos al frene de la Staatsoper de Berlín, sus obligaciones como director musical del Teatro alla Scala y su papel al frente de la West-Eastern Divan Orchestra bastaría para alentar esa presunción.  Sin embargo, si Barenboim necesita cambiar el horario previsto para una entrevista, insistirá él mismo varias veces por teléfono, sin mediación, hasta dar con quién debía entrevistarlo.  Y lo hará, con completa naturalidad, desde cualquier lugar del mundo, que en este caso es Milán.  Hay ahí un indicio de la manera en que el maestro entiende la relación con los otros. (…)  Lo que vuelve fascinante la conversación con Barenboim es la manera en la que, al hablar de música, pone al desnudo su inteligencia.  (…)
-¿Qué es lo que más admira de ella (Martha Argerich) como pianista?
-Muy simple: no hay nadie en el mundo que toque el piano tan bien como ella desde el punto de vista instrumental.  Pero lo más extraordinario es su naturalidad, su fantasía y su imaginación tan desarrollada.  Parece que estuviera improvisando, aunque por supuesto no es así: el gran arte consiste en haber pensado todo y en hacerlo como si se le ocurriera a uno en el momento. (…)  Nunca en la historia hubo tanta gente culta, realmente culta, que no tenga ninguna conexión con la música.  Para eso hay un solo remedio: lograr una revolución en la educación musical.  No es normal que los chicos aprendan en la escuela literatura, biología, matemática y nada de música.  La idea no es que se vuelvan ejecutantes, sino que aprendan a conocer algo de música.  Esto solamente sería un gran progreso para la humanidad.  La música no es apenas algo que da goce, se aprende también mucho de ella.  La música entra al cuerpo por el oído y el oído está mucho más cerca del cerebro que el ojo.  El oído tiene una anticipación de siete meses respecto de los ojos.  A los cuarenta y cinco días, en el vientre de la madre, el bebé ya empieza a oír.  Después, nos olvidamos por completo de educar el oído.  Y el oído sirve para la memoria y da un contenido emocional, lo que mejora la calidad de vida.  Así que no es una cosa de lujo ni elitista.  (…)  Sin educación musical, los oídos se cierran.  Ahora hay música en todas partes, en los aviones, en los ascensores, en los restaurantes, menos allí donde debería estar: en el corazón y en el cerebro.
-Un poco al margen de la música, hay algo que no puede pasarse por alto en estos días y es la escalada de violencia en el conflicto entre israelíes y palestinos.  Además, el papa Francisco llamó hace poco a una jornada de oración por la paz en Medio Oriente. ¿Es optimista sobre el éxito de esa gestión?
-No, no lo soy.  Y no soy tampoco optimista en lo que se refiere a la solución del conflicto entre israelíes y palestinos en este momento.  Veo que ambas partes se alejan cada vez más del problema central.  El conflicto israelí palestino no es un conflicto que pueda resolverse militarmente; ni siquiera políticamente.  No es un conflicto como todos los otros que conocemos en la historia, entre dos naciones que suelen disputarse fronteras, o agua, o petróleo.  Acá no tenemos un conflicto entre dos naciones, en principio, porque Palestina no es aún una nación.  Lo que tenemos son dos pueblos profundamente convencidos de tener derecho de vivir en un mismo pedazo de tierra.  Y eso, sin el otro.  Por lo tanto, no hay posibilidad de compromiso.  De todos modos, hay que felicitar al papa Francisco por haber invitado al Vaticano al presidente israelí y al presidente palestino para rezar juntos, no importa que sean religiosos o no.  Al hacer eso el Papa parecía estar diciendo: con medios normales de negociación no se va a conseguir la solución del conflicto.  Hay que buscar una cercanía entre los dos pueblos. (…)  …Cada vez estoy más convencido de que el Divan, el proyecto con Said, nada de eso hubiera sido posible si yo no hubiera pasado mi infancia en la Argentina, donde  hay no sólo una tolerancia del otro sino una aceptaciones de identidades múltiples.  En la Argentina, uno puede ser judío, alemán y por eso no menos argentino.  Esa particularidad se debe al hecho de que una gran parte de la inmigración fue una inmigración económica.  No eran refugiados.  Era gente que vino a buscar suerte y fue aceptada.  Cada vez estoy más convencido de que los años de mi infancia en la Argentina me educaron de esa forma.  Una de las más grandes alegrías que tuve fue en 2005, cuando estuve con la orquesta del Divan en Buenos Aires y el Centro Islámico me dio un premio e invitaron a niños de escuelas judías, católicas y musulmanas.  Eso me emocionó mucho.  Algo así sería imposible en otros países.  Cada vez me siento más cercano a la Argentina.  Antes era el bife y el dulce de leche, ahora es mucho más.”

BARENBOIM - El pensamiento de un humanista, Pablo Gianera, La Nación, 20 de julio de 2014, pág. 1 y 8 suplemento Espectáculos.

sábado, 19 de julio de 2014

Sobre la (estúpida) censura.

  Hace un rato una amiga me envía por mail una entrada de Facebook de un artista que ambas admiramos: Pictor Mulier.  Mientras que mi amiga estaba ab-so-lu-ta-men-te indignada, a mi no me causó demasiada sorpresa lo que considero otra contundente manifestación pública de estupidez.  La censura, y en particular la de los "desnudos" como sinónimo de perversión y sórdida indecencia, sigue tan activa como hace cincuenta años. 

 Actúa un poco más disimulada, subrepticia, camuflada bajo la careta de "protejamos a los niños de la pornografía". Pero  guarda silencio o abiertamente justifica la muerte de esos mismos niños en guerras territoriales, matanzas religiosas o violencias étnicas  todas ellas absurdas.

 Evidentemente la desnudez y la sexualidad sin tabúes es más grave que las muertes indiscriminadas que en las últimas horas hemos visto proliferar por sobre los límites de nuestra imaginación.  Facebook censura a eros pero da carta blanca a tanathos.  Así estamos.


¡Asombroso!



  Hace años, ante de  blogger, armé una página con mis obras en MyEspace de Hotmail.  Algo sencillo, casi exclusivamente imágenes de mis trabajos con muy poco texto explicativo de cada serie.  Debo haber durado en el ciberespacio poco más de un mes.  Me notificaron la eliminación de mi página por ser de contenido pornográfico.  

  Con ese antecedente, inicié este blog con muy poca expectativa de que perdurara en el tiempo, ya que algunas fotos de aquí son las mismas que generaron la censura en MyEspace.  Al seguir en línea (al menos hasta ahora) creí que tal vez las cosas habían mejorado y algunas cabezas retrógradas habían finalmente evolucionado.  Se ve que no. 

  "Dos cosas son infinitas:  la estupidez humana y el universo; y no estoy seguro de lo segundo." Albert Einstein.