sábado, 20 de febrero de 2016









     Aunque su inmortalidad es incuestionable en mérito a su obra, uno hubiese querido haber tenido un poquito más de tiempo, aunque más no fuera para encontrar el modo de llegar a decirle en persona: ¡gracias, maestro!






































viernes, 19 de febrero de 2016



















     Como sabe que me gusta Sabina, me lo cita para desbaratarme el argumento: -…Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver...

     La lástima hiere a quién la siente, ya lo sé.  Pero es inevitable recordar a las personas con las que hemos crecido, con quienes nos hemos formado, compartiendo sueños y miedos, alentándonos mutuamente cuando el sentido común circundante amenazaba convertirnos.  He estado lo últimos días preguntándome por qué de aquellos que fuimos alguna vez hemos quedado tan, pero tan pocos.

     -Nos educaron para que consideremos que el éxito existe cuando se puede medir en moneda contante, circulante y verde.  Y después de fracasar durante un tiempo la gente sensata  opta por un trabajo normal en donde su esfuerzo y su tiempo se retribuya con un sueldo.- Voy a argumentarle que yo trabajo y que me mantengo solita sin por eso renunciar a lo que verdaderamente me importa, pero me ataja con el gesto y le resta toda significancia a mi protesta: -Vos sos esquizoide, así que no cuenta.  De cualquier manera ibas a tener dos vidas.  Hablamos de personas nor-ma-les.


     Todos esos viejos amigos que fueron diluyéndose en el camino.  Toda esa gente con la que creí compartir una pasión indestructible.  ¿Realmente hay que estar un poco loco para poder perseverar en esto?  Pero no es eso lo que me angustia –aunque no lo diga en voz alta-.  ¿Y si ellos tuvieron razón?  ¿Si esta insistencia en el fracaso no tiene sentido?  Aunque supongo que es tarde para mí;  si abandonara ahora no tendría ningún otro lugar a donde ir (ninguna de nosotras lo tendría).








miércoles, 17 de febrero de 2016




     No es censura.








     No es censura, de eso estoy (casi) segura.  Lo digo desde el lugar de artista que pinta desnudos y que está encaprichada en mostrarlos a un público general.  Aunque alguna excepción tengo (algún retrato inofensivo), a donde va mi obra van mis desnudos.  Y si bien me han descolgado varias veces y en un par de oportunidades impedido directamente colgar, considero que no ha sido censura sino lisa y llana estupidez. 





     Se me hace –por puro razonamiento- que la censura debe tener algún contenido, alguna razón de ser.  Una explicación a la acción concreta de impedir la exhibición.  Alguien debe decir: esto no por tal cosa.  En todos los casos en los que mi obra ha sido víctima directa de la veda si algo no tuve fue explicación.  Balbuceos a montones, caras de circunstancia seguida de suspirado alivio cuando mi buena educación me impidió discutir y me retiré con mis cosas en silenciosa dignidad.

    Atribuyo a la persona que censura -cuando es censura con dignidad de tal- al menos un argumento teórico para lo que hace.  Y yo nunca he escuchado ninguno.  En un par de oportunidades se excusaron con un “vienen chicos…  viste como son los padres…”  ¿Estúpidos?  ¿Los padres son muy estúpidos?, correspondía pedir como aclaración, pero he sido educada para no poner en evidencia a los imbéciles.  Cortesía que le dicen.






    No es censura, porque uno de esos sitios donde me argumentaron “por los niños” y no me dejaron colgar, un bar/restaurante,  tenía a veinte metros un puesto de diarios que exhibía sin ningún problema en uno de sus laterales la revista “Incesto”, prolija en su bolsita de naylon traslúcido y con un enorme par de pechos siliconados en la tapa.  Lo recuerdo perfectamente porque me quedé mirándolos un rato hasta darme cuenta que lo que me molestaba era la simetría irreal de la cirugía plástica.  Los pezones naturalmente no trazan una línea recta perfecta.  Evidentemente, que nuestros infantes asocien los pechos femeninos al incesto está bien pero los desnudos en el arte pueden meterles ideas raras en la cabeza.

     No es censura porque,  como gato escaldado, cuando voy a llevar obra a algún lado primero advierto que lo que yo hago puede ser tildado de “erótico” (según con quien hablo, puede que advierta como “medio porno”, porque la gente tiende a ser simple y así me entienden mejor), a fin de que si no me van a colgar me lo digan antes y me ahorro el  traslado de las obras -que todo lo pago de mi bolsillo-.  Y siempre me dicen lo mismo: qué barbaridad, como pueden censurarte, tu obra no es ofensiva, esto es arte.  Nadie arguye nada, nunca me han planteado cuestiones morales.  No he oído jamás ni siquiera una duda.  Así que, insisto, no es censura.






     ¿Es miedo?  Puede, pero ¿miedo a qué?  ¿A reconocer que la sexualidad, instinto que se dispara cuando un desnudo logra conmover  al espectador, es algo tan natural como el hambre o el sueño?  ¿A descubrir que el pudor (o la pacatería) es parte de un adoctrinamiento cultural al que nos han sometido con la única finalidad de restarnos libertad y poder?  Yo soy un bicho de biblioteca, no puedo no pasar por una analogía de manual: en el Medievo se destruyó el arte griego, se ocultó el cuerpo, la iglesia y los señores feudales dominaron gracias a la ignorancia y al terror.  En el Renacimiento el desnudo reivindicó el poder del individuo, el hombre volvió al centro y sus dioses y sus señores retrayeron su dominio.  Tras movimientos libertarios viene la necesidad de imponer absurdos morales para restaurar el miedo irracional y recuperar el poder de los pocos.


     En la modernidad, el desnudo en la pornografía, para uso exclusivo de los hombres, estuvo bien.  El varón retenía el poder, aunque más no fuera, sobre la mujer.  Pero cuando el desnudo –en arte o en la estética en general: en la moda, en la publicidad-  empezó a ser usado por la mujer misma como medio de comunicación y de expresión propia, el pánico cundió por todos lados.  No es censura, ¡es la mujer que se nos ha escapado del redil!






    Pueden existir millones de páginas porno pero no podemos subir un desnudo a twitter, ¿cuál es el razonamiento?, ¿me lo explican, por favor?  Los niños que pueden acceder a la web (y pueden con facilidad) tienen todo a  su disposición.  Y no me vengan con los filtros y el control parental.  Son niños de este siglo, pueden evadir fácilmente los controles de esos adultos que se conformaban con una Playboy heredada y manoseada escondida bajo el colchón. 

     ¿De que estamos hablando?  ¿Miedo a qué?  O es una excusa para no discutir cosas realmente inmorales (las guerras de religión donde decapitan inocentes, los abusos sexuales de sacerdotes, el derecho de pernada que sigue existiendo en América).  O no ver el constante deterioro de la educación, la destrucción masiva del acervo cultural, el deterioro irreversible del medioambiente.  O la absoluta inmoralidad del hambre.  Si así fuera, la ruin miserabilidad de quienes se escudan en un par de pechos desnudos no merecen pertenecer a la especie humana.






      Pero no es censura, porque si lo fuera,  tendría argumento.  Y yo aún no he escuchado ninguno.  Entonces, no es censura, es solo infinita estupidez.





lunes, 15 de febrero de 2016


     Acabo de descubrir en la web la versión digital de la que fuera la Revista Soles, una interesante guía cultural de Buenos Aires.   Hoy es Soles digital  y fue como reencontrarme con un viejo y querido amigo.  La magia de  internet.










       Yo  conocí a la Soles de papel allá a fines de los noventa, y quien fuera su directora, la Licenciada Catalina Pantuso, escogió mi obra para ilustrar el número de diciembre de 1999.  Todavía recuerdo el grado de emoción paralizante cuando tuve en mis manos el ejemplar con Que dios detrás de Dios la trama empieza en la tapa…






    Otras de mis obras ilustraban los separadores de secciones o determinadas columnas de información:
















     Y a página 10 una generosa crítica de mi trabajo firmada por la mismísima Catalina:







    Después, como suele pasar, perdí contacto, la revista en papel cesó en el 2002 y recién este fin de semana y por casualidad di con el portal web.  Reviví la emoción y el sentimiento de gratitud de entonces.  Ubiqué en el sitio el mail actual de Catalina y le envié mi recuerdo y mi saludo.  Ojalá le llegue.  Somos gratamente los otros, dice Borges y es absolutamente cierto.  Somos hoy la consecuencia directa de esa buena gente que a lo largo del camino creyó en lo que hacíamos y nos alentó a continuar con la utópica sinrazón del arte.  ¡Gracias!





domingo, 14 de febrero de 2016


     Proceso creativo de algo que no sé hacer – bis: el asunto de la firma.





     Estando más o menos lista la intervención plástica de la camperita de jean (aunque todavía me debato entre ponerle o no plumas al antifaz), sigue la consecuente acción de firmar el trabajo.

     Y hete aquí que yo decidí hace más de un año no firmar más mis obras.  ¿Por qué?  Porque creo que ya es hora (¡llevo más de treinta años pintando!) de que mi trabajo se reconozca por su impronta intrínseca sin necesidad de leer al pie el autor.  Si no se reconoce, bueno, entonces es que no he logrado nada y realmente no merece la pena la discusión de autoría.

    Pero evidentemente una intervención de indumentaria es algo a lo que no pertenezco y no habría parámetro anterior para reconocer nada si no se indica quien hizo ésta -que sería mi primera pieza-.  Así que tras rumiarlo un rato, me autoricé una excepción.


   Pero una cosa trae la otra, y como el frente quedaba algo abandónico, pensé que estaría bien firmar en un bolsillo.   Sobre todo porque tengo que tapar el resabio que quedó de la etiqueta de la marca que saqué pero no pude quitar del todo bajo el pespunte.






     Pero el bolsillo con la firma es un despropósito, salvo que sea mi firma visual, el fragmento de Autonomía de lo bello que uso como constante avatar en la web.  Así que tomando mi tarjeta personal para ser lo más fiel posible traté de reproducirla en el bolsillo (insultando a viva voz al jean que no permite que la pintura se comporte como pintura).





    Unas cintitas para tapar lo que quedó de la etiqueta, el resto de flecos de seda, y sin convencerme del todo, el bolsillo es una forma de firma también.







     Pero me autoricé a poner mi nombre, así que en el otro lateral (siempre hay que equilibrar la composición) escribí en dorado dimensional by farnell.  Lo hice yo. 







     Ahora tengo que emprolijar las sisas, que cuando descosí las mangas quedaron algo maltrechas. Y ver si aunque sea un detallecito le pongo en el cuello.  Se me hace que el frente tiene que anunciar la espalda, dar una idea conjunta, complementándose los dos lados de la prenda.  Algo falta, y lo tengo que descubrir.