martes, 23 de agosto de 2016


























     “-Hay algo que nunca he podido explicarme en las novelas policiales- prosiguió Finderlyme-, y es por qué el asesino no mata nunca al superdotado detective aficionado que, inevitablemente, ha de descubrirlo al final.
-Porque se acabaría la novela- replicó Blessington con no disimulado desprecio.
-No, señor- contestó vivamente el crítico-.  La novela se termina cuando descubren al asesino.  El protagonista no es el detective, sino el asesino…  Que es quien, en realidad, conduce la acción; quien cuenta el cuento.  Suprima usted al detective, y no pasará nada; suprima usted al asesino, y se queda sin novela.” 

Abel Mateo,  El Asesino Enamorado






     Sufro desde el viernes un lamentable estado seudo gripal o de alergia pre-primaveral o de decadencia absoluta y patética.   Y como corresponde a toda persona hiperkinética que se precie, la inmovilidad forzosa del decaimiento me pone –en mis escasos momentos lúcidos- de muy mal humor.

     Y justo se da que leo varias reseñas de muestras plásticas actuales en BAires donde, tras la cita obligada de los nombres de los artistas participantes, dedican párrafos y párrafos a analizar y merituar a la horda de “curadores”, presuntamente los auténticos “autores” de los eventos en cuestión.   Parafraseando a Abel Mateos: Suprima usted al curador, y no pasará nada; suprima usted al artista, y se queda sin muestra.




     ¡Que enorme fastidio!  Ya no se trata de lograr componer una obra coherente y capaz de transmitir a un espectador desconocido, distante y atemporal; ni de lograr conmover a un crítico escéptico y cínico, supuestamente hastiado de imitaciones y fraudes; ni de despertar el muy básico interés de un bruto sensible como estaca (la cita es de Rimbaud) que posee los recursos económicos para adquirir una obra o patrocinar un proyecto.  No.  Hay que trabajar para lograr ser  considerado viable por un sujeto de incalificables méritos e iluminada sapiencia, el curador, que es el único capaz de traducir nuestro imperfecto código primario de artista para hacerlo accesible a las masas populares (como si las masas concurrieran a las galerías de arte y a los museos).  ¿Soy yo –que estoy malhumorada, lo reconozco- o cada vez están todos más y más estúpidos?


     Odio a los curadores esta mañana.








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