martes, 30 de agosto de 2016





     No es bueno tomar decisiones estando enojada.  ¿Es mejor tomarlas estando aburrida?  El tercer estadio debe ser la indiferencia y quizá ahí, sí, el momento óptimo para las elecciones definitivas.

    Aunque uno se lleve bien con el rol de espectador y deje el centro de la escena a esas personas a las que les encanta llamar la atención (y eventualmente filar el ridículo) todo el tiempo, no necesariamente significa que hemos renunciado al derecho de tener opinión propia.  Podemos ceder el protagonismo pero no renunciamos a ser personas.  Y cuando nuestra amable pasividad se toma por servilismo amorfo de séquito obediente, bueno, uno primero se enoja, después se aburre y al final los destierra a todos al páramo de la nada que se extiende por afuera de nuestras vidas.




     Tal vez peco de poco práctica, de cero diplomacia, de imprudente ser con principios y códigos éticos.  Es probable.  Seguramente me convenga más mantenerme del lado de personas “bien relacionadas”, con “contactos convenientes”, “posicionadas en el medio”, soportándolas con estoicismo a la eventual espera de sacar alguna vez algún beneficio de su insufrible compañía.  Pero me temo que no me alcanza ni la paciencia ni la buena educación para soportarlos.  Se los agradezco, pero no.

     Seamos realistas: ni tengo grandes aspiraciones ni tendría chances de alcanzarlas si realmente las tuviera.  Lo mío ha sido siempre la periferia, el medio pelo, la marginalidad indecisa.  Me conformo con poco, con ser quién soy sin pedir permisos ni disculpas.  Sigan con lo suyo, yo me voy.









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