viernes, 23 de septiembre de 2016




    ¿Cómo te explico?  Aunque, en rigor de verdad, la pregunta debería ser: ¿para qué te explico?

     Asumo –al menos racionalmente- que nuestra identidad está configurada en gran parte por la opinión de los demás.  Que nos acepen, que nos aprueben, que nos quieran…  Siempre depende del pensamiento ajeno el mérito de nuestra existencia.   Pero a veces sucede que, hagamos lo que hagamos, nunca llega esa aprobación externa que nos dé definitiva entidad.   Y entonces, en tanto no somos por la mirada inexistente del otro, somos, sencillamente, por nosotros mismos.  Y eso puede volverse una mala costumbre…




     Y vuelvo al punto: ¿para qué perder tiempo explicándote?  Para vos el “éxito” se mide contablemente.  Cada acción que puede resultarnos satisfactoria a nivel emocional para vos carece de mérito si no implica un rédito económico, una facturación, un “clink, caja”.  ¿Para qué perder el tiempo y acabar seguro en una discusión innecesaria?  Yo siento que voy por el camino correcto cuando la imagen de una de mis obras recibe el “me gusta” de un alguien que no conozco y que está en la otra punta del planeta.  Para vos soy estúpida, pierdo el tiempo en ingenuidades, derrocho la energía que podría aplicar en prácticos utilitarismos varios.  Entendemos distinto el mundo.  Hablamos idiomas diferentes.  Estamos en dos dimensiones incompatibles.   Haya paz. 

“Ya no te preocupes, ya no hay razón
Lo que dices no me importa
Sólo tu voz…”


Alejandro Sanz, Un zombie a la intemperie








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