sábado, 29 de abril de 2017



          Jamás una palabra de aliento, de apoyo, de comprensión.  Nunca una voz amiga que sostenga cuando la duda inmoviliza y amaga a partirnos las piernas.  Y uno se acostumbra a esa solitaria y obcecada convicción.  Sabemos que no se nos toma en serio, que se nos cree ridículos, caprichosos, infantiles.  Alguna vez peleamos, discutimos, luchamos para que se nos entendiera.  Después nos cansamos o nos aburrimos.  Después no nos importó más.







     ¿Lo que nos queda es resentimiento?  ¿O sólo se trata de memoria?  ¿Recordar todo –absolutamente todo- es una forma de venganza?  Es lo que fue y es lo que es.  Así de simple.








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