domingo, 14 de enero de 2018

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              Este diálogo (editado con las licencias que me corresponden en compensación al precario anonimato que le conservo) se ha producido por mail, ya que en este momento estamos circunstancialmente en países distintos.  Pero aun dándose en impávidas letras sans serif sobre fondo blanco le veo los gestos ampuloso de las manos y escucho sus volubles tonos de voz, haciendo que cada palabra signifique otras tantas cosas.  Él empieza, obviamente, reprendiéndome por mi último posteo:


-¿Necesitás, de verdad, hacer ese tipo de comentarios? ¿Qué ganás?  ¿No se supone que tu bonito blog es un diarito de artista dónde contás qué pintás, qué te inspira, lo que querés significar, en que sitios importantes se cuelga tu obra y la sugerencia indirecta de lo bien que quedaría en el living del inteligente comprador que venga a buscarla ahora que todavía la tenés vos, que cuando pase a manos de un astuto galerista le va a salir diez veces más?  ¿Es necesario que te pongas en contra a tanta gente?

     Desde la pantalla de mi notebook, repantigada en una reposera, percibo el retintín burlón en su “bonito blog” y en el “diarito”.  ¡Diarito!  Eso es una provocación directa. 

-En un diario personal se supone que uno desahoga sus dolidas intimidades- respondo en electrónica epístola.  –La trinchera literaria, ¿te acordás?  Así argumentábamos cuando aceptábamos que si hacia afuera había que negociar para sobrevivir, para  adentro nos debíamos la honestidad y  la lealtad hacia nosotros mismos. Una mínima y privada cuota de coherencia. Y conste que no me estaba refiriendo a vos, ya que nunca pretendiste hacerme creer que hacías algo por mí sino por el dinero que pudiera pagarte por tus servicios.

 -¡Querida!- me reprende y visualizo su papada bambolearse como péndulo mientras sacude la cabeza en un gesto de resignación ante mi infantil obstinación.  Debe haber revoleado los ojos antes de seguir escribiendo, intuyo que con un atisbo de sonrisa benévola porque en el fondo, muy allá en el fondo, nos queremos un poco. –No podés entender que personas como vos no son interesantes para los que integramos el mercado del arte.  Acá se vive de los que quieren parecer artistas a cualquier precio y que, por ende, nos pagan cualquier precio por ello.  Los que nos dan de comer son los aficionados y los manufacturados en serie por las escuelas de arte.  Los que suponen que esto funciona bajo la lógica de oferta y demanda, los que se adaptan a las modas y producen lo que se puede vender.  No vas a decirme que crees que esto funciona con la gente que sí hace arte, o con la que sí sabe de arte, o la que al menos entiende su trascendencia.  Querida…  vendemos a los que no saben nada cosas que no valen nada, que las compran porque ya la compró otro antes que sabe aún menos pero que tampoco va a discutir mérito estético o calidad compositiva porque no existen esos términos en su reducido vocabulario  Esto es un juego de advenedizos ignorantes con ínfulas de pertenecer y de parecer. Y con dinero, claro, sino no los dejamos jugar.  Nada es real, ni profundo, ni remotamente cierto.  En esto, te imaginarás, no intervienen artistas de verdad, con todos esos rollos existenciales que suelen traer; demasiada complicación.  A nosotros nos alcanza con que hagan un poquito de cualquier cosa,  que más o menos parezca, que disimule, que un parloteo conceptual lo sostenga por un rato.  Y ahí venís vos pretendiendo llamar a las cosas por su nombre y exigiendo que al arte se lo tome con la seriedad que corresponde, ¿cómo no te vamos a ignorar y a mantenerte fuera, cuanto más lejos mejor?  Querida mía, estás empecinada en no entender de qué va realmente este asunto.  

     A esta altura estoy indignada pero riéndome, más cuando lo imagino parpadeándome repetidamente sobre sus enormes y saltones ojos claros, como el enanito enamoradizo de la Blancanieves de Disney.  Sí, lo veo con  su mejor expresión bonachona e inocente mientras sostiene su práctica y cínica ideología mercantil.  Él no vende arte, él vende lo que cualquier estúpido acepta que es arte porque ya lo dijo alguien, cualquiera (otro estúpido), qué importa, mientras la convicción signifique una buena y beneficiosa operación comercial.  El vende lo que le compran.  “Soy un tendero” siempre ha reconocido sin el más mínimo pudor.


     Mi último mail hace las paces, porque le reconozco que él sí sabe de arte, aunque jamás permita que ese conocimiento se inmiscuya en sus negocios.  Business are business lo escucho sentenciar a la distancia.  Business are business.













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