domingo, 7 de enero de 2018









            Entre los pendientes reservados para los cinco minutos libres que implican unos días de vacaciones en un lugar muy lindo y aislado y con pésimo Wi-fi, tengo la lectura de material que anuncia “mejorar la comunicación visual, el posicionamiento de branding y la expansión viral de la propuesta conceptual artística”.  Una más de tantas tonterías que andan circulando, pero como me lo mandó alguien en cuyas buenas intenciones creo y a quien suponía con cierto grado de sentido común, me detengo y lo leo.

     Como siempre, el gurú de turno nos dice que los artistas debemos usar internet como herramienta para dar a conocer nuestra obra.  Bueno, cierto pero tarde.  Ya lo sabemos y más o menos mal que bien todos subimos imágenes a distintas plataformas  y redes, y tenemos la web como parte de  nuestro habitual territorio de acción.  Ningún descubrimiento por acá.














    



      Sigue con el rollo del branding, con convertir a la persona en marca y no su producto o servicio, posicionar al que hace y no al objeto resultante.  Más tarde todavía.  Los artistas -desde el renacimiento, sino antes- desarrollamos el concepto de firma como distintivo de autor.  Imponer la firma, se decía, implicando el estilo y el discurso creativo.  En el arte inventamos el brandigLeonardo haciendo las esculturas de mazapán para decorar las mesas de banquete de Ludovico el Moro, Miguel Angel diseñando la estructura de un domo, Dali concibiendo el logo de los Chupa-Chups.  El artista saliéndose por un rato del caballete para ir a poner su impronta en cualquier otra cosa.  Eso es branding, caballeros, y lo inventaron los artistas.  No necesitamos que nos lo venga a explicar nada al respecto.













      Y después se dedica al asunto de la “viralidad”, lo que traducido a la realidad real significa masividad indiscriminada.  Trucos de webmaster para hacer que cualquier cosa rebote y sea –tramposamente- reproducido muchas veces, se entienda o no, se aprecie o no, sea realmente visto o no.  O sea: que parezca que algo interesa a mucha gente cuando probablemente todo sea el resultado de un algoritmo astuto que multiplica índices y hace escalar posiciones en los  grandes buscadores.  Una imagen falsa de algo que no es y que por un rato (un rato muy breve, casi fugaz)  podría dar la impresión de que algo es MUY popular.  Ahora bien: ¿el arte pretende ser popular o pretende ser arte?  ¿El arte es para cinco minutos de  presunta fama o propende a quedar como memoria cultural del tiempo en que fue concebido?  El arte –el de verdad- y la viralidad  prefabricada con habilidad de hacker son incompatibles.  La viralidad del arte es La Gioconda en las latas de dulce de batata, y eso no se hace en dos días, se construye con autenticidad y tiempo.  Sin trampas.











    



      Confirmado mi prejuicio de que el palabrerío es palabrerío,  que no existen recetas mágicas para nada y que lo único que sirve es mucho trabajo, desbordante pasión, y toda una vida entregada a un único amante desaprensivo (el arte) para poder tener la esperanza de que uno transita el camino correcto (hacia ninguna parte).













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