miércoles, 4 de julio de 2018











     Para irse de una buena vez hace falta no tener la alternativa de quedarse.  El extremo, el borde del precipicio.  ¿Y cómo podía obligarme a ese límite yo, que soy tan pasiva, tan indiferente, tan ajena a las minucias de la vida?  Fácil:  haciéndome trampa...

     Y así  fue cómo llegamos hasta acá.    Yo quería irme, quemar mis naves, dedicarme a uno solo de mis yos.  Quería abandonar la dualidad, quería pertenecer a un solo sitio.  Unificarme de una vez.  Pero siempre se frustraban los planes, siempre me imponían otras urgencias, siempre cedía a mi inofensiva amabilidad.  Uno no puede irse si es amable y cómodo para todos los demás.  Necesitaba irme, necesitaba iniciar de modo irreversible la cuenta regresiva.  Necesitaba obligarme al final.








      La vida es rara, muy rara, pero invariablemente cíclica.  Regresamos al principio.  Por momentos siento que estoy más de veinticinco años allá atrás y de nuevo me enfrento a la decisión de para qué lado salir corriendo.  Y tengo que asegurarme de que ya no va a existir la opción que elegí entonces.  Forzar la jugada sin piedad.  ¿Es trampa?  No, es supervivencia.  








































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