miércoles, 6 de agosto de 2014

























  Cuando entradas atrás transcribía fragmentos de los primeros capítulos de King Kong Théorie de Virginie Despentes cité:
 
  “Los hombres denuncian con virulencia injusticias sociales o raciales, pero se muestran indulgentes y comprensivos cuando se trata de dominación machista. Muchos son los que quieren explicar que la lucha feminista es secundaria, un deporte de ricos, sin pertinencia ni emergencia.
  Hay que ser cretino, o desagradablemente deshonesto, para encontrar una opresión insoportable y la otra llena de poesía.”
(https://huerquenweb.files.wordpress.com/2014/06/despentes-teoria-king-kong.pdf )

  Ayer conseguí en mi librería favorita de usados de Calle Corrientes dos ejemplares de la revista Sur del año 1937.  En el que corresponde al mes de junio de 1937 encuentro un artículo de Emmanuel Monier  “La Vida Privada”, donde en el acápite “La mujer es también una persona”  (sí, claro, ¡muchas gracias!)  dice:

  “La deformación política que se ensaña en nuestra época no ha desvalorizado solamente los problemas de la vida privada: ha falseado toda su perspectiva.  La opinión pública parece plantearse únicamente problemas de hombres, en que sólo los hombres tienen la palabra.  Varios cientos de miles de obreros trastornan la historia de cada país porque se han dado cuenta de su opresión.  Un proletariado espiritual cien veces más numeroso, el de la mujer, continúa fuera de la historia sin causar asombro.  Su situación moral no es sin embargo más envidiable, pese a apariencias más brillantes.  La imposibilidad, para la persona, de nacer a su vida propia, -que a nuestro parecer define el proletariado más esencialmente todavía que la miseria material,- es el destino de casi todas las mujeres, ricas y pobres, burguesas, obreras y campesinas.  Cuando niñas, les han poblado un mundo de misterios, de espantos, de tabús especiales para ellas.  Después, sobre ese angustioso universo que no las abandonará más, les han corrido de una vez por todas la cortina frágil, la prisión florida, pero hermética de la falsa femineidad.  La mayor parte nunca encontrará escape.  Desde ese momento viven con la imaginación no una vid de conquista, una vida abierta, como el muchacho, sino un destino de vencidas, destino cerrado, que ellas no pueden modificar.  Se las instala en la sumisión: no la que pueden coronar más allá de la persona el don que de si mismo hace un ser libre, sino la que, por debajo de la persona, es renunciamiento anticipado a su vocación espiritual. (…)” páginas 11/12 Sur, año VII.-

  Más adelante en el mismo número y bajo el título “El proletariado de la mujer” Victoria Ocampo transcribe la carta que le remitiera a José Bergamín:


  “Lucha usted hoy, en su España, por la masa de hombres que sólo conocen miseria, servidumbre y opresión.  Está usted contra la explotación del hombre por el hombre.  Sé muy bien lo que un ideal de esa categoría significa en momentos como los presentes.  Sé muy bien los sacrificios que implica.  Pero, ¿se le ha ocurrido a usted jamás el pensar que ha existido y existe aún en el mundo otra explotación más odiosa que ésta: la de la mujer por el hombre?  Me refiero a la posición de inferioridad absoluta en que se han visto obligadas a vivir, desde hace siglos, las mujeres, y que comienza hoy a variar.  Me refiero a las condiciones de existencia no privilegiada a las que el hombre las ha reducido por la fuerza en todas las clases sociales.  Me refiero a la humillación de haber sido tratadas por las leyes de los hombres, durante siglos, como menores de edad, como incapaces, como insanas a quienes se les niega responsabilidad verdadera.”  Páginas 103/104 Sur, año VII.-


  Lo primero que me sorprendió fue que 77 años después (1937 a 2014) perdure la actualidad  de la desidia y condescendencia con la que se trata la opresión por cuestiones de género que sigue sufriendo la mujer.

  Cuando Victoria Ocampo señalaba que las mujeres eran tratadas como incapaces, no se trataba de una figura retórica: en la Argentina la mujer recién tendría derecho al voto en 1947 (diez años después del artículo reseñado) y recibe plenitud de derechos con la reforma del Código Civil de 1967 (treinta años después); hasta esa reforma era incapaz como un menor de edad o un insano y su patrimonio era manejado o por el padre o por el marido.  Sólo la mujer soltera emancipada (que trabajaba) podía acceder al dominio pleno de sus derechos civiles.  Y una mujer soltera y trabajadora era entonces socialmente una paria.

  Tras  la lectura de estos textos, mi primera reacción fue “a mí no me discriminan por ser mujer”.  Después me detengo a pensar que probablemente lo hagan y que yo no presto atención, ya que por temperamento no necesito que nadie me dé permiso para ejercer todos mis derechos como lo hace cualquier hombre. 

  Y observando a mi alrededor, debo reconocer que hemos avanzado poco y con cierta tendencia al retroceso.  En particular en los estratos más humildes de la población.

  Mi trabajo “civil” me hace moverme en la realidad real, en el mundo concreto del cono-urbano bonaerense.  Y en los últimos años -y a mi criterio como "daño colateral", como consecuencia indeseable de los planes sociales y de la asignación universal por hijo- se ha incrementado la cantidad de niñas sacadas ipso facto del sistema educativo para asumir una temprana y prolífica maternidad que le permita un sustento precario gracias a las asignaciones por embarazo e hijo.  Estas niñas –cuyos padres también cobran esa asignación por ellas- dejan la escuela para criar uno, dos, tres niños cuando aun no han alcanzado la mayoría de edad (18 años), dejando de lado la educación y la posibilidad de un trabajo futuro en un sistema laboral cada vez más sofisticado y competitivo con menos plazas de acceso.


Así tenemos una población femenina creciente (muy joven y vulnerable) cuya única vía de supervivencia es la de su género, que solo tiene en la maternidad (no planificada y probablemente en muchos casos no deseada) la posibilidad de un ingreso económico –mínimo, paupérrimo- que le permita subsistir miserablemente.
                  
  Con una perversidad que yo no puedo no creer intrínsecamente masculina, se encuentra en este sistema engañosamente “asistencial” un recurso eficaz para volver a someter a las mujeres:  sólo sirven para la maternidad y durante su vida reproductiva podrán acceder a un ingreso económico pariendo.  Cuando la biología ya no les permita ese ingreso accederán a la miserable jubilación de ama de casa para  seguir manteniéndose miserablemente y sin otras alternativas hasta su muerte. 

  No nos permiten todavía en la Argentina una plena libertad reproductiva,  la maternidad por elección y no como consecuencia directa de nuestro género; no nos permiten abortar en forma legal y segura y cuando una muchacha humilde solicita (tras múltiples partos) en un hospital público que le aten las trompas, los médicos se niegan porque no existe legislación que los ampare de una posible demanda por mala praxis.

  La iglesia aun actúa aquí como factor de poder para censurar las políticas públicas en pro del control de la natalidad y el uso de métodos anticonceptivos.  A estas alturas siguen con el latiguillo de que “un hijo es un regalo de dios”.  La mujer es “madre” no “persona”.

  Sin educación una mujer (cualquier persona, en realidad, independientemente de su género) no tiene ninguna posibilidad de acceder a  sus derechos. Sin educación no hay posibilidad de progreso, plenitud y futuro.  Pero como no podían abiertamente excluirla del sistema educativo encontraron un método efectivo , falsamente “noble”, para obtener el mismo resultado.  La maternidad “rentada” a edad temprana y como mecanismo de subsistencia.  Perverso pero eficaz.  Ya han sacado a miles de niñas de la escuela sin posibilidad de retorno.

  No digo con esto  que los planes asistenciales no sean necesarios frente a la contingencia de precariedad.  Pero debe haber planificación para que eso se constituya en la coyuntura y luego se propenda a dar al ciudadano en situación de emergencia herramientas idóneas para su desarrollo y progreso.  Para salir de la necesidad del plan asistencial.  Pero no.  Llevamos más de diez años de subsidios asistenciales (paternalistas y con una evidente finalidad electoral) que solo tienden a hundir a las personas humildes en más miseria.  Y a las mujeres humildes en la absoluta ignorancia y opresión, sin chance de escapatoria.  


Y entonces suena en la radio una canción de moda y le presto atención a la letra:
“Sentí frío y tú me abrigaste 
he caído y tú me levantaste 
una mujer con determinación (gracias) 
a mi vida le dio dirección

Gracias a ti hoy soy feliz 
cuando llegaste aprendí a vivir 
y es que gracias a ti (gracias) 
hoy puedo ser feliz 
cuando llegaste aprendí a vivir 

(princesa) 
una sonrisa (por favor) 
sacerdotisa, 
eres mi reina, mi todo 
mi princesa sumisa 
me plancha la camisa pa' que la acompañe a la misa 
siempre con una risa 
mami chula mi dulce brisa 

y antes era malo 
hoy quiero ser bueno 
(…)
Agradecido, y sí lo sé, que te he faltado el respeto 
gracias por todavía seguir aquí 
gracias por ser parte de mi vida 
sabes que eres muy especial …”.
Wisin y Yandel,  Gracias a ti

La princesa sumisa, que le plancha la camisa y que sigue ahí aunque le falte el respeto….  Maravilloso.  ¿Sigue la opresión descarada?  Obviamente, sí.




martes, 5 de agosto de 2014

  “Somos todo el pasado, somos nuestra sangre, somos la gente que hemos visto morir, somos los libros que nos han mejorado, somos gratamente los otros.”  Jorge Luis Borges.


   Días atrás,  demorándome entre las estanterías de Arte y Diseño de El Ateneo Grand Splendid, me encontré con un catálogo soberbiamente ilustrado de la obra de Juan Lascano,  “Lascano Siglo XXI” por  Ignacio Gutierrez Zaldivar,   editado por Zurbarán Galería.  Un libro precioso, bien diagramado con la trayectoria de Lascano y con fotografías espléndidas de las espléndidas obras realistas de este gran  maestro argentino contemporáneo.

  Ese casual encuentro me llevó a rememorar un fin de semana hace ¿cuánto?  ¿veinte años ya?, cuando asistí a un seminario con modelo vivo que impartía el maestro Lascano.  Se llevaba a cabo un sábado y domingo por la tarde, en su propio departamento que si mal no recuerdo era sobre calle Paraguay frente a una plazoleta, en una de esas zonas indescriptiblemente bellas de Baires que parecen una postal parisina.  Yo me había enterado por el diario, llamé por teléfono, creo que hablé con su esposa que coordinaba el seminario, el costo de la actividad estaba dentro de mi presupuesto y conseguí lugar.

  Era un grupo pequeño, no creo que superáramos las diez personas.  Todas mujeres.  Me temo que la mayoría aficionadas que sucumbían al encanto de compartir un rato con el artista que había retratado a Mirtha Legrand y a Susana Giménez.  Supongo que era un ambiente muy señora gorda de clase alta advenediza.  Pero yo no prestaba demasiada atención a esos detalles, y la posibilidad de tener contacto con alguien que lograba la piel femenina con sutileza clásica y encima poder volver a trabajar con modelo vivo era más que suficiente para tenerme en éxtasis.  


  La cuestión es que esas dos tardes fueron perfectas.  Lascano se mostraba cordial y gentil en el marco de un lugar hermoso, con la luz natural del parque de enfrente que entraba por el ventanal (¿un tercer o un cuarto piso? No me acuerdo...).  Y en las paredes había varias obras suyas; en especial, en la pared que daba a la espalda del sector de trabajo, un enorme desnudo femenino con el brazo y la mano más logrados que he visto en mi vida.  Sé que va a sonar como una “alegoría”, como una licencia poética para acentuar la perfección de una obra bellísima.  Pero la verdad es que si uno se quedaba mirando esa figura, su exquisita muñeca, uno podía percibir el leve latido de su pulso.  Era soberbia.  Y yo sólo quería quedarme ahí mirándola para quien sabe, quizá contagiarme por ósmosis  una pizca de ese talento y alguna remota vez aspirar a hacer algo tan perfecto.

  La modelo que concurrió al seminario era una muchacha menuda, trigueña, muy profesional, que mantuvo la postura con gracia imperturbable durante largas horas.  Yo trabajé sobre papel, dibujándola al lápiz.  Obviamente, como me es inevitable, hice el posicionamiento muy rápido, una media hora, y luego me demoré todo el fin de semana jugando en sombreados innecesarios.

  Lascano fue “retenido” en asistencia por las otras participantes del seminario, pero las escasas veces que pasó junto a mí me hizo notar (con esa amable sutiliza de los grandes maestros) los errores cometidos o las mejoras en el volumen que podía trabajar con golpes de luz hechos con  el apoyo fugaz de la goma. 

  El último día, cerca de la despedida, supongo que creyendo que yo esperaba más aun de ese placentero y satisfactorio fin de semana, se detuvo a comentar puntualmente mi trabajo. Me dijo que mi dibujo era muy bueno, para agregar, suave, como disculpándose de la sugerencia, que intentara dibujar con lápices duros de punta fina, que me obligaran a tener que trazar y trazar líneas para llegar al efecto deseado.  Con cortesía y amabilidad me dio una impresionante lección de dibujo con ese solo consejo.  Sin decirlo me dijo que yo era atropellada y bruta, que me aprovechaba de mi capacidad natural para el dibujo sin trabajar para nada ese don.  Que lo que yo hacía era chapucero, que me faltaba cuidado, interés y empeño, que tenía que exigirme más, mucho más, no conformarme con lo que me salía fácil. Tenía que aspirar a lo que no podía.


  Ese fue el origen –estoy convencida- de que yo acabar dibujando con lapiceras de gel y fibras de punta fina.  Tras ese fin de semana dejé de comprar lápices de dibujo blandos nro. 4 y en adelante, y empecé a limitarme a los HB y a los blandos 2 y 3; después retomé el plumín y la tinta china.  Muchas rayitas.  Buscar siempre el camino más difícil.

  Juan Lascano ni debe tener registro de mí, es más que seguro que no me recuerda de aquel escueto seminario de fin de semana.  Debe ignorar lo muchísimo que me educó con ese consejo –insisto, dicho del modo más casual y considerado que uno pueda imaginarse-.  Aun siendo autodidacta, Lascano ha sido mi maestro. Uno de los dos que he tenido.


  El otro es un viejo pintor de Lanús que fue profesor de dibujo de mi mamá allá por los años 50 y posteriormente mío cuando tendría unos 9 o 10 años.  Yo, repito, dibujaba fácil y rápido.   Y era muy sucia, ya que arrastraba el grafito apoyando la mano sobre el trabajo.

  Alberto Mallaurelie (no estoy segura de que se escriba así el apellido) tenía su escuela de Dibujo y Pintura en un primer piso sobre la calle 9 de Julio en Lanús Este.  Allí, en pupitres individuales y en una media docena de caballetes,  impartía clases para todo tipo de edades en diversos turnos.

  El viejo Mallaurelie, alto, rígido, silente, con un delantal blanco y las manos sujetas a la espalda, se paseaba por la sala parándose junto a cada alumno y hacía indicaciones precisas y contundentes.  Marcaba con su lápiz los errores, posicionaba figuras más ubicadas y sacaba punta con una navaja a quien pretendía trabajar con lápices mochos.

 A mi desde el principio me dejaba hacer, cuando yo terminaba y pedía su aprobación para empezar a pintar él me decía que lo borrara todo y empezara de nuevo.  Él era imponente y serio y yo muy chiquita y tímida, ni se me ocurría discutir tal orden o preguntar sus razones.  Borraba (o tiraba la hoja que era un enchastre) y empezaba de nuevo.  


  Creo que recién años después entendí de que se trataba: tenía que ir despacio no por una cuestión de tiempo o de dificultad, sino para disfrutar lo que hacía.  En mi rehacer y rehacer aprendí no a dibujar sino a disfrutar el dibujar.  Porque realmente no me importaba hacerlo de nuevo, ya que no me atraía tanto pintar.  Y supongo que el viejo lo sabía.  Con el tiempo me dejó elegir libremente lo que yo quería dibujar y cuando me trababa con el trazo no me auxiliaba en el dibujo (bocetando como le hacía a otros) sino golpeteando con su lápiz el modelo.  Me enseñó a mirar.  A que el problema no era que no podía dibujar sino que no había entendido la realidad de lo que quería dibujar.  El viejo Mallaurelie me enseñó a que un buen dibujante es un observador paciente y astuto. 

  Los dos maestros que reconozco como tales me formaron casi sin amagar en momento alguno a enseñarme nada en concreto.  Me sugirieron herramientas y me dejaron hacer.  Como dice Borges –nunca más exacto para mí- soy gratamente los otros.




domingo, 3 de agosto de 2014

  La necesidad de hacer espacio en mi biblioteca me llevó a emprender una exhaustiva limpieza de la mesa de mi computadora (convirtida en estante de libros), tirando un montón de disquetes y cds que ya no tienen razón de ser ni lector idóneo  en los aparatos actuales.  Pero en mitad de esa faena di con un viejo cd que editó en el año 2000 la revista Museum.  Un cd que jamás reproducí porque mi compu de entonces era absolutamente carreta y me daba vergüenza reconocerlo y pedir auxilio técnico.  Pecados de juventud.



  Hoy, catorce años después, veo por primera vez el contenido del cd.  No es que no conociera las imágenes o el texto de mi currículum que iba a contener, ya que yo se los proporcioné en su tiempo al editor.  Pero me sorprendió la crítica de mi trabajo hecha por Andrés Bardon.  Crítica gentil y sospecho generosa, ya que por entonces éramos amigos y yo había realizado algunas muestras bajo su organización a través de The Pictorial Bardon Group. 

“Los trabajos de Gabriela Farnell, mediante un vertiginoso surrealismo de cuidado rigor técnico, se constituyen a partir de una densa trama de variaciones alrededor de la imagen de una sola mujer.  Esta mujer sin rostro y acaso sin tiempo, deambula lánguidamente por los diversos escenarios que tiñen su presencia con  las  únicas referencias espaciales que justifican y nombran su existencia.  En una desnudez de profunda sensualidad, el cuerpo femenino puede ser una Eva en un universo caótico de planetas, de estrellas y de tiempo;  la fantasía de un hombre que se desdobla inevitablemente  o el objeto del deseo que se pierde inalterable en otra mujer  o en si misma: en la obras de Farnell no hay rostros, sólo un instante cierto.  Ese instante grabado en las escenas sin pasado ni porvenir no es menos que eterno y es así como estas mujeres paradigmáticas, diosas absolutas de los sueños y de las formas que las rodean, liberadas de todo prejuicio y de mandatos históricos o sociales, están condenadas mágica e irónicamente en la eternidad  de un tiempo que se ha perdido en sí mismo irremediablemente.  Por Andrés Bardon.”


  Catorce años es mucho tiempo.  Era antes de mis mapas, mis plagios y  mis salvajes mixturas.  Pero encuentro algunas constantes: la languidez, los desnudos y la falta de prejuicios.  Evidentemente, era y sigo siendo yo.  Qué bien.



sábado, 2 de agosto de 2014
























  No puedo resistirme.  Transcribo unos fragmentos más de   King Kong Théorie de Virginie Despentes (data y enlace en la entrada de ayer).

  “Desde hace un tiempo, en Francia, no dejan de retarnos, por lo de los 70. Que nos equivocamos de camino, y qué mierda hicimos con la revolución sexual, y que nos creemos hombres o qué, y que con nuestras boludeces, uno se pregunta dónde quedó la buena virilidad de antes, la de papá y del abuelo, aquellos hombres que sabían morir en la guerra y manejar un hogar con una sana autoridad. Y con la ley de su parte. Nos cagan a pedos porque los hombres tienen miedo. Como si tuviéramos algo que ver. Es verdaderamente asombroso, y bastante moderno, ver a un dominante ponerse a chillar porque el dominado no pone bastante de su parte...(…)


 Nací en el 69. Fui al colegio mixto. Supe desde el curso preparatorio que la inteligencia escolar de los niños era la misma que la de las niñas. (…)
… las mujeres de mi alrededor ganan menos dinero que los hombres, ocupan puestos subalternos, ven normal el ser subvaloradas cuando emprenden algo. Hay un orgullo de empleada doméstica al tener que avanzar con dificultad, como si fuera útil, agradable o sexy. Un goce servil al pensar que servimos de escalón. No sabemos qué hacer con nuestro poder. Siempre vigiladas por los hombres que se siguen metiendo en nuestros asuntos y señalando lo que es bueno o malo para nosotras, pero sobre todo por las otras mujeres, vía la familia, las revistas femeninas, y el discurso corriente. Una tiene que aminorar su poder, nunca valorado: «competente» para una mujer todavía quiere decir «masculina». (…)


  Este análisis brinda una herramienta de lectura para la rompiente de «trolez» en la empresa pop actual. Ya sea que paseemos por la ciudad, miremos MTV, un programa de variedades del primer canal o que hojeemos una revista femenina, llama la atención la explosión del look perra extremo adoptado por muchas chicas, que por otro lado les sienta muy bien. En realidad, es una forma de disculparse, de tranquilizar a los hombres: «mirá lo buena que estoy: a pesar de mi autonomía, mi cultura, mi inteligencia, sigo aspirando sólo a gustarte» parecen clamar las pibitas en tanga. Tengo la posibilidad de vivir otra cosa, pero decido vivir la alienación vía las estrategias de seducción más eficaces.

  Uno se puede asombrar, a primera vista, de que las pendejas adopten con tal entusiasmo los atributos de la mujer-«objeto», que mutilen su cuerpo y lo exhiban espectacularmente, cuando al mismo tiempo esta joven generación valora a «la mujer respetable», es decir lejos del sexo festivo. La contradicción sólo es aparente. Las mujeres les dirigen a los hombres un mensaje tranquilizador: «no nos tengan miedo».

  Vale la pena llevar una vestimenta incómoda, calzados que traban el caminar, hacerse romper la nariz o hinchar los pechos, matarse de hambre. Nunca ninguna sociedad exigió tantas pruebas de sumisiones a las imposiciones estéticas, tantas modificaciones corporales para feminizar un cuerpo. Al mismo tiempo, nunca ninguna sociedad permitió tanta libre circulación corporal e intelectual de las mujeres. El remarcar la feminidad parece una excusa después de la pérdida de las prerrogativas masculinas, una manera de tranquilizarse, tranquilizándolos.  (…)


  Los hombres denuncian con virulencia injusticias sociales o raciales, pero se muestran indulgentes y comprensivos cuando se trata de dominación machista. Muchos son los que quieren explicar que la lucha feminista es secundaria, un deporte de ricos, sin pertinencia ni emergencia.

  Hay que ser cretino, o desagradablemente deshonesto, para encontrar una opresión insoportable y la otra llena de poesía.

  De la misma manera, a las mujeres les convendría pensar mejor las ventajas del acceso de los hombres a una paternidad activa, antes que aprovecharse del poder que se les otorga políticamente, vía la exaltación del instinto maternal.

  La mirada del padre sobre el hijo constituye una revolución en potencia. Entre otras cosas, les pueden transmitir a las hijas que tienen una existencia propia, más allá del mercado de la seducción, que son capaces de fuerza física, de espíritu de empresa y de independencia, y valorarlas por esta fuerza, sin temor a un castigo inherente.

  Les pueden señalar a los hijos que la tradición machista es una trampa, una severa restricción de las emociones, al servicio del ejército y del Estado. Porque la virilidad tradicional es una empresa tan mutiladora como la asignación de la feminidad.

  ¿Cuáles son, exactamente, las exigencias para ser un hombre, un hombre de verdad? Represión de las emociones. Callar su sensibilidad. Avergonzarse de su delicadeza, de su vulnerabilidad. Dejar la infancia brutal y definitivamente: los hombres-niños no tienen buena prensa. Estar angustiado por el tamaño de su pija. Saber hacer acabar a las mujeres sin que sepan o quieran indicar el camino que hay que seguir. No mostrar su debilidad. Amordazar su sensualidad. Vestirse con colores apagados, siempre tener el mismo calzado ordinario, no jugar con su pelo, no llevar muchas joyas, ni ningún maquillaje. Tener que dar el primer paso, siempre. No tener ninguna cultura sexual para mejorar su orgasmo. No saber pedir ayuda. Tener que ser valiente, por más que no se tenga ganas. Valorar la fuerza, sea cual sea su carácter. Dar muestras de agresividad. Tener un acceso restringido a la paternidad. Ser exitoso socialmente, para poder pagarse las mejores mujeres. Temer su homosexualidad porque un hombre, un hombre de verdad, no debe ser penetrado. No jugar con muñecas en la infancia, conformarse con autitos y armas de plástico súper feas. No cuidar mucho su cuerpo. Ser sumiso a la brutalidad de los otros hombres, sin quejarse. Saber defenderse, por más que uno sea dulce.

  Estar separado de su feminidad, simétricamente a las mujeres que renuncian a su virilidad, no en función de las necesidades de una situación o de un carácter, sino en función de lo que exige el cuerpo colectivo. Para que, siempre, las mujeres le den los hijos a la guerra, y que los hombres acepten ir a la muerte para salvar los intereses de tres o cuatro cretinos de vista corta.
  Si no avanzamos hacia esta incógnita que es la revolución de los géneros, sabemos exactamente hacia qué retrocedemos. Un Estado todopoderoso que nos infantiliza, interviene en todas nuestras decisiones, por nuestro propio bien, que -con el pretexto de protegernos mejor- nos mantiene en la infancia, la ignorancia, el miedo a la sanción, a la exclusión.(…)



Entender las mecánicas de nuestra inferiorización, y cómo nos llevan a ser sus mejores vigilantes, es entender las mecánicas de control de toda la población. El capitalismo es una religión igualitaria, en el sentido de que nos somete a todos…”


viernes, 1 de agosto de 2014

























  Me llegó hace un par de días un mail de Huerquen, comunicación en colectivo (http://www.huerquen.com.ar/), remitiéndome el enlace con  la Teoría de King Kong de Virginie Despentes, un ensayo sobre género y roles, con derecho de copyleft. 


  Si bien recién esta tarde tuve tiempo de bajarlo para leerlo tranquila (impreso en papel, soy espantosamente conservadora), me fue fácil identificarme, escandalizarme y reírme con ganas a los primeros párrafos, los que transcribo a continuación como una invitación a quién le interese abordar esta cuestión sin prejuicios y bajo la voz de una mujer.  Al pie está el enlace al archivo PDF de Huerquen donde puede accederse al texto completo.




VIRGINIE DESPENTES,  TEORÍA KING KONG
Traducido del francés por Marlène Bondil
Relectura por Pablo Cesario
Título original: King Kong Théorie.
 Editions Grasset et Fasquelle, París, 2006.
1era edición Buenos Aires (Capital Federal), septiembre 2012
Editorial El Asunto 1era edición: 100 ejemplares
Se autoriza a copiar, distribuir y comunicar públicamente esta traducción, citando la fuente y reconociendo los créditos de la misma, siempre que se realice bajo una licencia idéntica de libre disponibilidad y sin fines de lucro. Copyleft
Para más información: teoriakingkong@hotmail.com

  “Escribo desde las feas, para las feas, las viejas, las camioneras, las frígidas, las mal cogidas, las incogibles, las histéricas, las chifladas, todas las excluidas de la gran feria de las que están buenas. Y empiezo por ahí para que las cosas sean claras: no me disculpo de nada, no me vengo a quejar. No cambiaría mi lugar por ningún otro, porque ser Virginie Despentes me parece que es un negocio mucho más interesante de llevar que cualquier otro.

  Me parece maravilloso que también haya mujeres a las que les gusta seducir, que sepan seducir, otras que busquen casarse, algunas que huelan a sexo y otras a la merienda de los niños a la salida de la escuela. Me parece maravilloso que algunas sean muy dulces, otras se sientan plenas con su feminidad, que haya mujeres jóvenes, hermosísimas, otras coquetas y radiantes. Sinceramente, estoy muy contenta por todas las que están conformes con las cosas tales como son. Lo digo sin ironía alguna. Simplemente resulta que no soy una de ellas.

  Por supuesto, no escribiría lo que escribo si fuera hermosa, tan hermosa como para cambiar la actitud de los hombres con los que me cruzo. Hablo como proletaria de la feminidad… (…)

…me da rabia que como mina que poco les interesa a los hombres, siempre traten de hacerme entender que ni debería estar acá. Siempre existimos. Aunque los hombres, que sólo imaginan a mujeres con las que quisieran tener sexo, no hayan hablado de nosotras en sus novelas. Siempre existimos, nunca hablamos. Incluso hoy, cuando las mujeres publican muchas novelas, son muy escasas las figuras femeninas con físicos ingratos o mediocres, no aptas para querer a los hombres o hacerse querer por ellos. Al contrario, las heroínas contemporáneas quieren a los hombres, los conocen con facilidad, tienen sexo con ellos a los dos capítulos, acaban en cuatro líneas y a todas les gusta el sexo.  La figura de la perdedora de la feminidad me es más que simpática, me es esencial. Exactamente como la figura del perdedor social, económico o político. Prefiero a los que no pueden, por la buena y sencilla razón que yo no puedo mucho tampoco…

  Cuando uno no tiene lo necesario para creérsela, es generalmente más creativo. Soy una mina más King Kong que Kate Moss.

  Soy de esas mujeres con las que no se casa, con las que no se tiene hijos, hablo desde mi lugar de mujer que es siempre demasiado todo lo que es, demasiado agresiva, demasiado ruidosa, demasiado gorda, demasiado brutal, demasiado ruda, siempre demasiado viril, según dicen. Sin embargo, son mis cualidades viriles las que hacen que no sea un bicho raro más entre otros. Todo lo que me gusta de mi vida, todo lo que me salvó, se lo debo a mi virilidad. Por lo tanto escribo aquí como mujer no apta para atraer la atención masculina, para satisfacer el deseo masculino, y para conformarme con un lugar en la sombra.

  De ahí escribo, como mujer no atractiva, pero ambiciosa, atraída por el dinero que gano por mis medios, atraída por el poder, el de hacer y de rehusar, atraída más bien por la ciudad que por el hogar, siempre deseosa de vivir las experiencias e incapaz de conformarme con su relato. Me importa tres carajos ponérsela dura a hombres que no me hacen soñar…

 (…) Estoy contenta conmigo, así, más deseante que deseable. De modo que escribo desde ahí, desde aquellas, las no vendidas, las piradas, las rapadas, las que no se saben vestir, las que tienen miedo de oler mal, las que tienen el comedor podrido, las que no saben cómo manejarse, a las que los hombres no les regalan nada, las que cogerían con cualquiera con tal de que acepte cogérselas, las más putas, las trolitas, las mujeres que siempre tienen la concha seca, las que tienen panzas gordas, las que quisieran ser hombres, las que creen que son hombres, las que sueñan con ser actrices porno, a las que les chupan un huevo los hombres pero les interesan sus amigas, las que tienen un culo gigante, las que tienen pelos tupidos y bien negros y que no se van a depilar, las mujeres brutales, ruidosas, las que rompen todo al pasar, a las que no les gustan las perfumerías, las que se ponen rouge demasiado rojo, las que están demasiado mal hechas para vestirse como calentonas pero que se mueren de las ganas, las que quieren ir con ropa de hombre y barba por la calle, las que quieren mostrar todo, las que son pudorosas por complejo, las que no saben decir no, a las que encierran para someterlas, las que dan miedo, las que dan lástima, las que no dan ganas, las que tienen la piel fláccida, la cara llena de arrugas, las que sueñan con hacerse un lifting, una liposucción, con que les rompan la nariz para hacerse otra pero que no tienen dinero para hacerlo, las que ya están demasiado feas, las que sólo cuentan con ellas mismas para protegerse, las que no saben dar seguridad, a las que les importan tres carajos sus hijos, a las que les gusta tomar hasta revolcarse por el suelo de los bares, las que no saben portarse; lo mismo que, y ya que estoy, para los hombres que no tienen ganas de ser protectores, a los que les gustaría pero no saben cómo, los que no saben pelear, los que lloran de buena gana, los que no son ambiciosos, ni competitivos, ni bien dotados, ni agresivos, los que son miedosos, tímidos, vulnerables, los que preferirían cuidar la casa antes que ir a trabajar, los que son delicados, pelados, demasiado pobres para gustar, a los que tienen ganas de que se la pongan, los que no quieren que cuenten con ellos, los que tienen miedo cuando están solos de noche.

  Porque el ideal de la mujer blanca, atractiva pero no puta, bien casada pero no relegada, que trabaja pero sin ser muy exitosa, para no humillar a su hombre, flaca pero no neurótica con la comida, que sigue indefinidamente joven sin que la desfiguren los cirujanos estéticos, que se siente plena con ser mamá pero no es acaparada por los pañales y los deberes de la escuela, buena ama de casa pero no sirvienta tradicional, culta pero menos que un hombre, esta mujer blanca feliz que nos ponen siempre frente a los ojos, que deberíamos esmerarnos para parecernos a ella, más allá de que parece aburrirse mucho por poca cosa, de todas formas nunca me la crucé, en ningún lugar. Creo que no existe.”