lunes, 9 de julio de 2012

 
 
 
     Regreso a RAGNARÖK (¡por fin!). La necesidad de hacer espacio en mi taller es por la "expansión" de la originalmente segunda máscara de "diablicos sucios" panameños que empecé hará un mes. Inicié con un híbrido de león que tendría por melena unas serpientes a modo de versión sincrética americana de Medusa. Después agregué sobre la frente del león una especie de sapo emergiendo, al que sólo se le ven de costado los ojos, y sobre el sapo un monito (que a mi me recuerda a la Gagool de Las Minas del Rey Salomón) sosteniendo en una mano una calavera cual Hamlet bestiario. Todo muy bien.

      Pero realmente me divierte la confección de esas máscaras en papel (estructuro sobre una caja de cartón o un pote de telgopor de helado de un kilo y de ahí casi todo es papel de cocina -rollo o servilletas-). Así que de considerarlas más una escultura que una máscara tribal hay un paso muy chiquito en mi línea de razonamiento, y como "escultura" no tengo por que ajustarme a la celebración del Corpus Christi en la Villa de Santos ni a la finalidad de adoctrinamiento religioso de la máscara que fue mi inspiración inicial, y puedo divagar como se me venga en gana.

      Entonces decidí que mi máscara se convertiría en un totem. Bajo mi león habrá un buho (o lechuza) y bajo esta un bicho de cuatro patas (quizá un toro o un búfalo o una hiena o un lobo o lo que se me ocurra y salga) en posición de estar a punto de embestir al espectador. Todo muy amenazante (dentro de lo amenazante que puede ser una servilleta de papel). Toda esta estructura requiere espacio, ya que la idea es trabajar a los tres animales por separado (león con su sapo y Gagool, el buho y la hiena o el lobo) y que luego puedan ensamblarse una sobre otra para componer la torre totémica. Así compuse hace añares mi totem de latas de cerveza y eso permitió que pudiera trasladarlo a los distintos lugares donde lo expuse. Después se derrumbó en mi taller varias veces al chocarlo al estar moviendo bastidores o caballetes o simplemente pasar atolondradamente muy cerca de él; se rompió un poco en cada caída y al final no tuvo mas remedio que desaparecer.



 
 
 
     A veces trato de ser sensata y me digo que hasta que consiga algún lugar más amplio a donde irme debería limitar el tamaño de mis trabajos, o al menos trabajar en menos cosas a la vez y ponerme como regla un orden estricto de ubicación de todo (atriles, tableros, láminas, herramientas, heterogeneo cachivacherío que acumulo a espera de inspiración) para poder caminar sin chocarme con nada y saber donde está cada cosa.

      Pero esas buenas intensiones no salen de adentro de mi cabeza y vivo rodeada de un colorido caos y de miles de proyectos a medio hacer, que yo puedo visualizar acabados cuando los miro pero que a cualquiera que entra le da la sensación de estar en un basurero enloquecido. Y siendo poco probable que consiga otro lugar donde montar mi taller (un lugar solo para mi, donde no tenga que compartir espacio con las cotidianidades domésticas de una casa familiar) y siendo menos probable aplicarme un orden rígido a mis raptos creativos y a mi desbordada diversión, sigo adelante.

      Trabajo un poco en La Santa Inquisición (estoy por terminar el fondo con mis nombres de herejes incinerados), revoloteo en un retrato de La Magdalena con el Preste Juan (encontré un mapa medieval que lo incluye y me sentí como Baudolino), quemo unos dibujos inspirados en los de Mucha para hacer una segunda versión de Las Cuatro Estaciones (solo para mi, solo por placer) y pego papelitos para darle estructura a la calavera sobre la que se para mi versión simiesca de Gagool en la cima de mi totem. Todo el día de hoy. Un día muy farnelliano.



 
 
 
 
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario