martes, 12 de noviembre de 2013

Sobre el autoboicot y el Libro de las Reglas.



 
 
 
     Los psicólogos (bueno, los que yo conozco al menos, así no generalizo y evito ofender a la excepción si es que existe) arguyen que la mayoría de nuestros fracasos son consecuencia directa de que nos boicoteamos el éxito. Considerar qué, quizá, la falta de éxito se deba a falta de talento o de aptitud, bueno, no. Es autoboicot y basta. Cual libro de autoayuda nos dicen que si queremos podemos aunque todo el sentido común del planeta nos recuerde que Quod Natura non dat Salmantica non praestat mal que le pese a Freud y sus secuaces.
 
      A lo largo de mi vida muchas de mis conductas -fundadas en mi propio Libro de las Reglas- fueron tildadas por esos amigos del alma demasiado afectos al psicoanálisis como un puro y absoluto boicot autoinfringido. Dice la Regla número 18: nunca volver a participar en un concurso, certamen o salón si me premian. Razón de la Regla: porque si sucede una vez tiene mérito, si se repite ya no tiene gracia y fila la comodidad. Cuando te aceptan en un lugar está muy bien, te hace pensar que no lo estás haciendo tan mal, es ciertamente gratificante y un shot de adrenalina directo al ego. Quedarse en ese lugar, volverse habitué y número puesto es estancamiento e impide el crecimiento. No tengo rasgos masoquistas en mi psiquis (eso digo yo, habrá que ver si lo dicen ellos) pero así y todo creo que un poco de rechazo y otro tanto de “maltrato” figurado (no práctico, entiéndase bien) incentiva el desarrollo. Lo opuesto a la famosa tibieza de estufa que no quería ni Herman Hesse ni yo.



 
 
 
   Fue en estricto cumplimiento de la Regla número 18 que tras ganar mi primer reconocimiento (una Mención Especial del Jurado) en un Salón Municipal de Lanús no participé en el ámbito municipal por muchos, muchos años. Cuando volví (¿quince años después?) apenas me seleccionaron y me colgaron detrás de una puerta. Ahí me enfurecí (mi obra no era tan mala y, encima, me colgaron al lado del retrato de un perrito caniche bizco de mirada maligna) y hasta ahora no he retornado. La Regla número 54 autoriza a los berrinches infantiles como sucedáneo al Valium.


 
 
 
 
     Mi estricto cumplimiento de la Regla número 18, no volviendo a las Galerías, Espacios de Arte o Centros Culturales donde han reconocido mi trabajo ha sido tildado por mi entorno como inconsecuencia y dispersión, poca seriedad en el seguimiento de mi carrera, y llana ausencia de criterio para la interpretación de la realidad del mercado. Permanecer dentro de un grupo o circuito -me han dicho varias veces- permite asentar el estilo y asegurar un público que guste y acepte la propuesta. Moverse entre “conocidos” asegura la aceptación y disminuye riesgos. Lo que yo traduzco como concreto “achanche”.
 
      El llamado autoboicot es así y dentro de mi entendimiento una eficaz herramienta para no anquilosarse. El arte debe ser una búsqueda en la que realmente no queremos encontrar ese oscuro objeto del deseo. La búsqueda constante, el movimiento para adelante, para los costados o para atrás, pero constante movimiento. No se trata de un caminito definido, como en el Juego de la Oca, avanzo dos casilleros, quiero llegar a la meta y ganar la partida. No hay meta y no hay victoria. Sólo el placer del mientras tanto. Sé ciertamente (de hecho, puedo “oírlo” dentro y fuera de mi cabeza) que ante esta argumentación mucha, muchísima gente tiene solo un comentario: ¡ERROR!
 
 
 
 
 

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