domingo, 15 de mayo de 2016


Crónicas equinas (y sus derivados felinos).

    Acabé el pie de la barra de sostén de mi Caballito de Carrusel.  Revive la estética de las calesitas de mi infancia, con su fileteado colorido levemente recargado.  Sólo resta conseguir una laca que no amarillee y que sea lo suficientemente resistente como para invulnerabilizar la pieza para los eventuales traqueteos de una muestra.









    Pero tanto para el pie como para el Caballito en sí, las lacas que compré me generan profunda desconfianza.  Respecto del pie, que es preponderantemente de telgopor, temo que un barniz pesado pueda corroerlo al punto de destruir la estructura.  Y ya que el Caballito tiene algo de enduído plástico, me surgen dudas sobre la reacción a algunos productos que eventualmente hagan que el material se reseque y desprenda, arrastrando en su caída al papel.  O sea: necesito probar los barnices antes de aplicarlos sobre una superficie similar pero cuya posible destrucción no me preocupe.

    En otros casos podría probar en pequeñas superficies del trabajo y arreglarlo si una mala reacción lo deteriora.  Pero el Caballito es demasiado grande y demasiado frágil, y una mala jugada de los materiales puede arruinar su precaria entidad  Así que decidí componer algo similar pero a pequeña escala para usar de mojón de prueba.


     Agarré tres rollos de cartón de papel de cocina, dos de papel higiénico y una capsula de plástico de las que traen las sorpresas dentro de los huevos Kinder Max –los de Pascuas-, más un envase de las mermeladitas de desayuno de hotel y un sorbete.  Amontoné todo, empasté  papel con cola diluida,  y estructuré un gato.  







     Voy a recubrirlo con una mezcla de enduído, cola y agua, y luego algo de pintura.  Una versión gatuna de mi Caballito.  Y sobre mi nuevo felino experimento, probar los acabados, barnices y lacas marinas, qué, de funcionar, serán la definitiva última etapa de mi Caballito de Carrusel.







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