lunes, 23 de mayo de 2016


 
 
 
      ¿De qué viven los artistas?  La respuesta no es única pero podría acercarse a la exactitud clasificando en dos grupos: los que viven de otras actividades que nada tienen que ver con el arte y los que viven de actividades próximas al arte.
    Los primeros, entre los que me cuento, abocamos nuestra vida civil a una actividad cualquiera que nos provee del dinero necesario para vivir.    El trabajo es trabajo, nada más; sin pasión ni vocación.   Somos  mercenarios conscientes y sin culpas.  Nos domesticamos, negociamos con el pragmatismo y dedicamos muchas horas de nuestra vida a producir el dinero necesario para comer, vestirnos y comprar telas, pinceles y óleos.  Sospecho que somos los más simples.  No tenemos que elaborar justificaciones de ningún tipo.  Trabajamos por  dinero y pintamos porque sí.  ¿La ventaja?  Que como no dependemos de comercializar nuestra obra para sobrevivir nos podemos dar el lujo (¡impagable!) de ser auténticamente libres.
 
 
     El segundo grupo es más complejo.  Están los artistas que se dedican a la educación tradicional, como maestros o profesores de plástica.  Los que aplican su visión artística a la publicidad, el diseño comercial y el marketing en general.  Están los que montan sus talleres y dan clases fuera de currícula a aficionados.  Los que ilustran y grafican para editoriales.  Y están los empleados públicos en áreas relacionadas a la cultura.  Unos pocos coordinan –bajo la figura de galerías o espacios de arte- muestras colectivas y eventos de distinto tipo cobrando a los artistas participantes los costos y el remanente de beneficio propio.  Este grupo necesita justificar la parte remunerada de su obra.  Son los que aceptan que el mercado (¿la moda de turno?) digite su hacer.  Puede considerarse que a través de estas actividades vinculadas este grupo  efectivamente vive del arte.     
 
 
     Que viva sólo de vender su obra yo, personalmente, aun no conozco a nadie.  Si hay un grupo muy selecto –los consagrados- que cotizan bien y que captan la atención obsequiosa de galerías y marchands, pero que siguen teniendo su taller (donde las clases son muy caras y rara vez la dan en persona); que tienen líneas de productos utilitarios con sus diseños (en las tiendas de chucherías uno puede comprar zoquetes y cuadernitos con los dibujos de Milo Lockett, que a la vez tiene un bar y un espacio donde cobra a otros artistas por exponer) y los que tienen sueldos estatales por dar clases magistrales en la enorme cantidad de universidades y terciarios que se abrieron en los últimos años.  Pero sólo de la obra, todavía no he conocido a nadie.   
     ¿Está bien?  ¿Está mal? ¿Un grupo tiene más justificación ética que el otro?  Lo ignoro.  Más bien me resultan circunstancias por completo lógicas.  Uno –sea artista o no- hace lo que puede y lo que soporta.  ¿Quién nos prometió la gloria?  El artista no escapa de las premisas de todo ser humano.  Y sólo se trata de vivir.  La obra es la que definirá, pasado el tiempo y escindida de su autor, cual de ellas se aproximó a esa eternidad universal que sanciona el verdadero arte y el artista será sólo una anécdota, pintoresca pero intrascendente.  Entonces, ¿para qué hacerse problema?
 
 
 
 
 
 
 
 

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