sábado, 14 de octubre de 2017




     Envié la imagen de una de mis obras (A través de Alicia) a la convocatoria Muestra sin Censura, a realizarse en Florianópolis, Brasil:






     Cuando me confirmaron la recepción del envío lo hicieron –lógicamente- en portugués.  Yo había accedido a la convocatoria en un sitio en español y había postulado el material también en mi idioma, por eso la respuesta me desconcertó durante unos segundos.  






     Pero en realidad lo que hizo fue enredarme en una rápida asociación de ideas y disparar mi memoria hacía un libro leído hace algunos años.  “Mostra”  me trasladó inmediatamente a il mostro, ese asesino con cuya captura inicia la presentación de Reinaldo Pazzi, inspector jefe de la Questura de Florencia, en Hannibal de Thomas Harris.  Linda novela que, como siempre, es muy superior a la película (que también me gustó).  Y me he pasado gran parte del sábado –en el que tenía que hacer muchas otras cosas- releyendo este libro apoltronada en mi biblioteca.  Que fácilmente me distraigo…

     “El crujido de papeles en la oscuridad, el rechinar de un asiento al ser arrastrado.  El doctor Lecter se sienta en un gran sillón de la fabulosa Biblioteca Capponi.  Es cierto que la luz adquiere un tono rojizo cuando la reflejan sus ojos, que sin embargo no emiten un resplandor rojo en la oscuridad, como muchos de sus guardianes han asegurado.  La oscuridad es completa.  El doctor medita…

     No puede negarse que el doctor Lecter ha creado la vacante del Palazzo Capponi haciendo desaparecer al anterior conservador, proceso sencillo para el que bastaron unos segundos de trabajo físico con el anciano y un modesto desembolso en la adquisición de dos sacos de cemento; sin embargo, una vez despejado el camino, se ha ganado el puesto por méritos propios demostrando al Comitato delle Belle Arti una extraordinaria competencia lingüística, al traducir sin titubeos el latín y el italiano medieval de manuscritos redactados con la letra gótica más enrevesada.

     En este lugar ha encontrado la paz que está decidido a conservar; desde su llegada a Florencia, aparte de a su predecesor, apenas ha matado a nadie.  Considera su elección como conservador y bibliotecario del Palazzo Capponi un premio nada desdeñable por varias razones.

     La amplitud y la altura de las estancias del palacio son primordiales para el doctor Lecter tras años de entumecedor cautiverio. Y, lo que es más importante, siente una extraordinaria afinidad con este lugar, el único edificio privado que conoce cercano en dimensiones y detalles al palacio de la memoria que ha ido construyendo desde su juventud.

     En la biblioteca, colección única de manuscritos y correspondencia que se remontan a principios del siglo XIII, puede permitirse cierta curiosidad sobre sí mismo.  El doctor Lecter, basándose en documentos familiares fragmentarios, creía ser descendiente de un cierto Giuliano Bevisangue, terrible personaje del siglo XII toscano, así como de los Maquiavelo y los Visconti.  Este era el lugar ideal para confirmarlo.  Aunque sentía una cierta curiosidad abstracta por el hecho, no guardaba relación con su ego.  El doctor Lecter no necesitaba avales vulgares.  Su ego, como su coeficiente intelectual y su grado de racionalidad, no pueden medirse con instrumentos convencionales.

     De hecho, no existe consenso en la comunidad psiquiátrica respecto a si el doctor Lecter puede ser considerado un ser humano.  Durante mucho tiempo, sus pares en la profesión, muchos de los cuales temen su acerada pluma en las publicaciones especializadas, le han atribuido una absoluta alteridad.  Luego, por cumplir con las formas, le han colgado el sambenito de monstruo.”


Thomas Harris,  Hannibal, Grijalbo Mondadori SA, Barcelona 2001, páginas 154/155.









     

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