jueves, 18 de diciembre de 2014


 
   Ayer, mientras me sorprendía gratamente con la reanudación de relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos, me vino a la cabeza una canción que canturreaba en mi infancia y que acababa el estribillo con el deseo de ver “…a Paraguay sin Stroessner y a Chile sin Pinochet…”  Y tomé conciencia de que pertenezco a la generación que no sólo vio renacer los principios democráticos en América del Sur (con todas las fallas y limitaciones que sabemos y aspiramos superar), y que vio caer el Muro de Berlín y desbarrancarse el mito del comunismo junto con la U.R.S.S., sino que ahora también resulto testigo del principio del acercamiento de la bella Cuba a unas elecciones libres (quiero creer…).

   Me pasé toda la mañana buscando en la web esa canción, de la que no recuerdo ni nombre ni autor.  Y en la búsqueda infructuosa (hasta el momento) me reencontré con un tema de Rubén Blades que también he destrozado con mi nula aptitud vocal y que me parece sumamente apropiada para propios y ajenos y en cualquier momento.  Mientras reanudo mi pesquisa musical la voy tarareando bajo…

Prohibieron ir a la escuela e ir a la universidad.
Prohibieron las garantías y el fin constitucional.
Prohibieron todas las ciencias, excepto la militar.
Prohibiendo el derecho a queja, prohibieron el preguntar.
Hoy te sugiero, mi hermano, pa' que no vuelva a pasar,
¡Prohibido olvidar!

¡Prohibido olvidar!
Prohibido esperar respuestas. Prohibida la voluntad.
Prohibidas las discusiones. Prohibida la realidad.
Prohibida la libre prensa y prohibido el opinar.
Prohibieron la inteligencia con un decreto especial.
Si tú no usas la cabeza, otro por tí la va a usar.
¡Prohibido olvidar!

¡Prohibido olvidar!
Prohibido el derecho a huelga y el aumento salarial.
Prohibieron ir a la calle y al estado criticar.
Prohibieron reírse del chiste de su triste gobernar.
Prohibieron el desarrollo del futuro nacional.
Yo creo que la única forma de darle a esto un final es:
¡Prohibido olvidar!

¡Prohibido olvidar!
Prohibieron los comentarios sin "visto bueno" oficial,
Prohibieron el rebelarse contra la mediocridad.
Prohibieron las elecciones y la esperanza popular.
Y prohibieron la conciencia, al prohibirnos el pensar.
Si tú crees en tu bandera y crees en la libertad:
¡Prohibido olvidar!

¡Prohibido olvidar!
Pobre del país donde lo malo controla,
donde el civil se enamora de la corrupción.
Pobre del país alienado por la droga,
porque una mente que afloja, pierde la razón.
Pobre del país que, con la violencia crea
que puede matar la idea de su liberación.
Pobre del país que ve la justicia hecha añicos
por la voluntad del rico o por orden militar.
Cada nación depende del corazón de su gente.
Y a un país que no se vende, nadie lo podrá comprar!
¡No te olvides!

¡No te olvides!

Ruben Blades, Prohibido Olvidar
 
 

miércoles, 17 de diciembre de 2014

     Me hacen llegar las referencias de varias páginas web que reproducen imágenes de mis obras.  Pero las vinculan a este blog, por lo que lo interpreto como un reconocimiento a mi trabajo.  Realmente no entiendo muy bien de que se trata (¿fondos de pantalla gratis?), pero de cualquier manera lo siento como una valoración positiva y un modo de difusión de lo que hago más allá de mi círculo de pertenencia. 















martes, 16 de diciembre de 2014

Las Damas de Lorena



     Por lo general, por cada obra que termino y firmo (o firmaba, porque ya no lo hago más) quedan dos o tres por la mitad, inconclusas, olvidadas.  Gran parte de mi problema de espacio en mi taller se debe a la cantidad de cosas a medio hacer que perdieron mi interés y van quedando dando vueltas por ahí.

   En algún momento y por culpa de este blog (en mi afán de no repetir constantemente las mismas imágenes y comprometida a que en su mayoría fueran obras de mi autoría), fotografíe algunos trabajos inacabados y los subí aquí.  

   Sucedió que a  la amiga de una amiga le gustó sobremanera una de esas obras abandonadas, al punto de subir su imagen como protector de pantalla en su celular.  En la cena de cumpleaños de nuestra amiga común  me mostró su teléfono y me reiteró en persona su afición por esa obra.  Le expliqué que era un trabajo  sin terminar, que era parte de un díptico que nunca se concretó, que la idea de la obra en conjunto no era particularmente “atractivo”.  Pero ella insistió en que le encantaba la imagen y que quería verla cada día y a cada momento que acudía a su teléfono.

   Lo que pudo ser una conversación amable en un encuentro social se convirtió para mi en un trascendente tema de análisis.  La obra era medianamente interesante, pero la abandoné probablemente porque la idea que buscaba no se llegaba a concretar.  ¿Qué quería decir por esos tiempos?  Damas medias, medias máscaras.  Dualidad, tiempo partido, el ser y no ser.  La sospecha de que nada tiene una sola lectura.  La figura femenina como símbolo de la realidad, múltiple e interpretable.

    Pero ahora me había atrapado la necesidad de decir otra cosa:  tenía que concluirla respetando el mandato tácito de esa persona que la admiraba; tenía que completar la imagen con la belleza plástica suficiente para complacer a su fiel espectadora cada vez que acudiera a su teléfono celular. 

   Y me dispuse –en contra de mi costumbre- a terminarla.  Y lo hice.


     Pero ya no se trata ni de damas medias ni de máscaras partidas.  Es  Las Damas de Lorena y a esta amiga de mi amiga va dedicada.  Y sólo pretende significar mi gratitud por su disfrute manifiesto de mi trabajo, con el único objetivo de dar a esa espectadora en particular una imagen bella que satisfaga su necesidad  estética en el trajín de la vida cotidiana.






   Espero que concluida (pequeños detalles de cierre que no han modificado mucho pero que me hacen sentirla completa) te guste tanto como antes.  Y, por cierto, ¡gracias Lorena! por tu generosa apreciación de mi trabajo y tu gentileza de hacérmelo saber.  Es un reconfortante aliento y una razón de valor para seguir dejando mi tiempo en esta tontería banal del arte.





domingo, 14 de diciembre de 2014



     “Los actos eróticos son instintivos; al realizarlos el hombre se cumple como naturaleza.  Esta idea es un lugar común, pero es un lugar común que encierra una paradoja: nada más natural que el deseo sexual; nada menos natural que las formas en que se manifiesta y se satisface.  Y no pienso solamente en las llamadas aberraciones, vicios y otras prácticas peregrinas que acompañan la vida erótica.  Aún en sus expresiones más simples y cotidianas –la satisfacción del deseo, brutal, inmediata y sin consecuencias- el erotismo no se deja reducir a la pura sexualidad animal.  Entre uno y otro hay una diferencia que no sé si debo llamar esencial.  Erotismo y sexualidad son reinos independientes aunque pertenecen al mismo universo vital.  Reinos sin fronteras o con fronteras indecisas, cambiantes, en perpetua comunicación y mutua interpretación, sin jamás fundirse enteramente.  El mismo acto puede ser erótico o sexual, según lo realice un hombre o un animal.  La sexualidad es indiferente; el erotismo, singular. (…)

   La sexualidad es simple: el instinto pone en movimiento al animal para que realice un acto destinado a perpetuar la especie.  La simplicidad le viene de ser un acto impersonal; el individuo sirve a la especie por el camino más directo y eficaz.  En cambio, en la sociedad humana el instinto se enfrenta a un complicado y sutil sistema de prohibiciones, reglas y estímulos, desde el tabú del incesto hasta los requisitos del contrato de matrimonio o los ritos, no por voluntarios menos imperiosos, del amor libre. (…)  Los fines de la sociedad no son idénticos a los de la naturaleza (si es que ésta tiene realmente fines).  Gracias a la invención de un conjunto de reglas –que varía de sociedad a sociedad pero que en todas tienen la misma función- se canaliza el instinto.  La sexualidad, sin dejar de servir a los fines de la reproducción de la especie, sufre una suerte de socialización.  Lo mismo si se trata de prácticas mágicas –el sacrificio de vírgenes en el cenote sagrado de Chichén Itzá o la circuncisión- que de simples formalidades legales –los certificados de nacimiento y de buena salud en los casos de matrimonio civil- la sociedad somete al instinto sexual a una reglamentación y así confisca y utiliza su energía.  No proceden de otro modo el hechicero que imita el croar de las ranas para atraer las lluvias o el ingeniero que abre un canal de irrigación.  Agua y sexualidad no son sino manifestaciones de la energía natural que hay que captar y aprovechar.  El erotismo es la forma de dominación social del instinto y su esencia es semejante a la de la técnica.

   (…)  Humano, el erotismo es histórico.  Cambia de sociedad a sociedad, de hombre a hombre, de instante a instante.  Artemisa es una imagen erótica; Coatlicue es otra; Julieta, otra.  Ninguna de estas imágenes es casual; cada una puede ser explicada por un conjunto de hechos y situaciones, cada una es “una expresión histórica”. (…)  El erotismo se manifiesta en la sociedad, en la historia; es inseparable de ellas, como todos los demás actos y obras de los hombres. (…)

   La literatura erótica es inmensa y pertenece a todas las naciones y épocas.  El erotismo es lenguaje, ya que es expresión y comunicación; nace con él, lo acompaña en su metamorfosis, se sirve de todos sus géneros –del himno a la novela- e inventa algunos.  Ahora bien, todas estas obras son creaciones, no reflexiones.  El templo del sol en Konarak está hecho de cuerpos enlazados: es un grandioso objeto erótico, no una reflexión sobre el erotismo.  Anabella, Melibea, Felicia o Matilde están demasiado ocupadas en vivir sus pasiones o sus placeres para reflexionar sobre lo que hacen.  Madame de Merteuil piensa –pero como un moralista, no como un filósofo-.  En cambio Saint Ford, Julieta, el duque de Blangis o Dolmancé son espíritus sistemáticos que aprovechan cada ocasión, y son muchas, para exponer sus ideas.  Usan todos los recursos de la dialéctica, no temen las repeticiones y las digresiones, abusan de la erudición y se sirven de la acción como de una prueba más de la verdad de sus discursos.  En este sentido Sade es un Platón al revés: cada una de sus obras encierra varios diálogos filosóficos, morales y políticos.  La filosofía en el “boudoir”, si, pero también en los castillos y en los monasterios, en los bosques y en altamar, en las mazmorras y en los palacios, en el cráter de un volcán.  (…)”


Octavio Paz  Lo impensable,  Revista Sur Nro.  268  Enero Febrero 1961, páginas 107/118.

sábado, 13 de diciembre de 2014

   Ser artista en Buenos Aires (ser artista sin galería, ni art-dealer, ni representante bajo la denominación que esté de moda, ni nada de nada más que una obstinada buena voluntad de ser artista).

Capítulo V:  Los enemigos naturales del artista. 
                V. b)  El idealizado amor romántico.


“No digas tu verdad ni a más amado,
No demuestres temor ni al más temido,
No creas que jamás te hayan querido
Por más besos de amor que te hayan dado.”

Almafuerte,  Siete Sonetos Medicinales  - ¡Molto piu Avanti ancora! (fragmento),  Poesía Completa,  Efecé Editor Buenos Aires 1980, página 84.

    Nos educan en la fantasía de que existe alguien ahí afuera, esperándonos, buscándonos, dispuesto a salvarnos de todos nuestros males y a proveernos de  felicidad perpetua.  El “amor verdadero”, la “otra mitad de nuestra alma”,  ese otro que nos completa e integra.  Nos adoctrinan con la falsa convicción de que, al alcanzar ese espíritu gemelo,  ya no habrá necesidad de explicaciones, que todo será simple y lógico, que sabrá de nuestras más íntimas y profundas necesidades y las saciará generosamente sin tener que darle pista alguna de por dónde va la cosa.

    Al artista  le alcanzan las generales de la ley y le cabe este mal entendido ancestral y, aunque busca su realización personal a través del arte,  ante la agobiante realidad cotidiana cae también en la farsa y compra el cuento del amor que salva y libera.  Y lo busca, como cualquiera lo confunde con la más básica y superficial  pasión visceral y se enreda en compromisos absurdos que  se tornan al poco tiempo en relaciones autodestructivas.


    Aclarémoslo de entrada: el “amor” como ese sentimiento puro, lírico y desinteresado con el que nos machacan desde que empezamos a descifran nuestro lenguaje oral ES UN INVENTO.  No existe.  No sería lógico que existiera.  No tiene razón antropológica para existir.  El sentimiento más parecido (y que honestamente puede comprobarse) es la amistad.  Que también es rara y excepcional y que si uno la consigue debe darse por privilegiado.

    Pero tanto nos han taladrado el cráneo con lo de encontrar al amor de tu vida que uno actúa como una rata de laboratorio condicionada y sale al laberinto a buscar eso que es imposible que encuentre pero que negado a darse por vencido suple con experimentos lamentables y acaba frente a al altar de un dios en el que no cree  disfrazado de muñequito de torta jurando lealtades eternas a la suprema farsa social.

   Por suerte, el artista está geneticamente programado a la autenticidad; entonces estas estúpidas tradiciones atávicas no duran mucho y pronto coloca las tonterías en el lugar de las tonterías y la realidad frente a la cara.  Socialmente se considera a ese empecinamiento en ser sincero con uno mismo como la inestabilidad emocional del artista, su falta de compromiso o su perversa desviación sexual. El artista es incapaz de auto-mentirse para complacer a la platea.  El amor no existe y el artista no se toma la molestia de disimular esa verdad.


   Si por esas cosas de la vida  (responsabilidad y sentimentalismo) el artista se queda jugando a la casita, comprueba pronto que su partenaire es tan nefasto y boicoteador de su carrera como otrora lo fueran sus lazos parentales.  La pareja romántica del artista odia que éste sea artista.  El arte es ese “otro” al que se le presta demasiada atención, y se sabe que en una pareja hay que ser siempre absolutamente servil y abandonar la identidad para que el más fuerte del duo se golpee el pecho como Tarzan y decida de que liana nos colgamos hoy.  El artista que se deja convencer del mito del amor eterno y de la felicidad conyugal posterga irremediablemente su carrera si es que no la destruye en forma total y definitiva.
  
    Quizá la amistad sea la única nobleza y la única lealtad.  Quizá compartir la vida con un amigo sea sí el mejor modo de vivirla.  Pero me temo que la amistad es mucho más difícil que esa maraña químico-hormonal que se llama “amor” y que goza de tan buena prensa, porque en la amistad la traición es inconcebible y en el amor romántico la traición, el perdón y la reconciliación es parte del ciclo lúdico de los amantes.  El amor es un juego de poder y sometimiento, la amistad es una cuestión de igualdad y compañía. El amor no dura más que el rato que la temperatura calienta las aguas, cuando se enfría el ambiente el amor se evapora.  La amistad es adaptable a todos los climas.

   El artista que superó el repruebo y desamparo del afecto familiar  y pudo atravesar la farsa romántica del amor verdadero que pretenderá someterlo y condicionarlo a las conveniencias de su “otra mitad”, probablemente haya vencido al enemigo. Momentáneamente.  Pero no puede confiarse, porque este enemigo sigue latente, agazapado, al acecho.  A la espera de ese momento de debilidad en el que necesitamos una mano amiga, un hombro donde hundir la nariz y abandonarnos al abrazo.  Por un instante de calidez podemos desviarnos del camino.  Hay que estar alerta. 


“Hombre pequeñito, hombre pequeñito,
Suelta a tu canario que quiere volar…
Yo soy el canario, hombre pequeñito,
Déjame saltar.
Estuve en tu jaula, hombre pequeñito,
Hombre pequeñito que jaula me das.
Digo pequeñito porque no me entiendes,
Ni me entenderás.
Tampoco te entiendo, pero mientras tanto
Ábreme la jaula que quiero escapar;
Hombre pequeñito,  te amé media hora,
No me pidas más.”


Alfonsina Storni,  Hombre Pequeñito  Antología poética,  Editorial Losada S.A. Buenos Aires 1965, página 53.




viernes, 12 de diciembre de 2014

   Ser artista en Buenos Aires (ser artista sin galería, ni art-dealer, ni representante bajo la denominación que esté de moda, ni nada de nada más que una obstinada buena voluntad de ser artista).

Capítulo V:  Los enemigos naturales del artista. 
                V. a)  Los afectos.



     El artista puede batallar contra la realidad real, su dualidad levemente psicótica y el influjo parasitario de los agentes secundarios del mercado del arte (galeristas aficionados, curadores de sueldo público, presuntos coleccionistas y autodenominados críticos de arte), pero sucumbe irremediablemente frente a sus enemigos naturales: los afectos.  Familiares o románticos, heredados o circunstanciales, pero son siempre los afectos su nefasto talón de Aquiles.

    Desde el principio mismo, cualquier familia más o menos estructurada no sólo no alentará la temprana vocación artística de su tierno vástago sino que la combatirá con esmerada ferocidad.  Ningún progenitor quiere que su criaturita se enfile al precipicio de una vida atada a la miseria, el desorden y los vicios más promiscuos.  La madre amorosa no quiere a su bebé en orgías infames y el padre previsor y práctico se niega a sostener vagos de por vida.  Como cantan los Auténticos Decadentes:

“Tuve un problema de difícil solución,
en una época difícil de mi vida.
Estaba entre la espada y la pared,
y aguantando la opinión de mi familia.
Yo no quería una vida normal,
no me gustaban los horarios de oficina.
Mi espíritu rebelde se reía
del dinero, del lujo y el confort
Y tuve una revelación,
ya sé que quiero en esta vida.
Voy a seguir mi vocación
será la música mi techo y mi comida.
Porque yo
no quiero trabajar,
no quiero ir a estudiar,
no me quiero casar.
Quiero tocar la guitarra todo el día,
y que la gente se enamore de mi voz.
Porque yo
no quiero trabajar,
no quiero ir a estudiar,
no me quiero casar.
Y en la cabeza tenía la voz de mi viejo,
que me sonaba como un rulo de tambor.
Vos
mejor que te afeites,
mejor que madurés, mejor que laburés.
Ya me cansé de que me tomes la cerveza,
te voy a dar con la guitarra en la cabeza.
Vos
mejor que te afeites,
mejor que madurés, mejor que laburés.
Ya me cansé de ser tu fuente de dinero,
voy a ponerte esa guitarra de sombrero. ..”
Los Auténticos Decadentes, La Guitarra.


    Si el niño demuestra una mínima habilidad con la pelota, los padres entusiastas lo inscribirán en una escuelita de futbol, a la que lo llevarán a entrenar religiosamente varios días a la semana y alentarán con furia desbocada los sábados o domingos en los torneos infantiles.  Para que el niño desarrolle una carrera como futbolista (o basquetbolista o tenista) se postergarán reuniones y salidas familiares y, en su momento, se disminuirá drásticamente la atención a la escolarización.  No exagero, lo he presenciado: a la hora de rendir materias o cumplir el training de un torneo los padres prefieren que su hijo apueste a un presunto futuro millonario en el deporte y no a completar su básica educación.

   Pero si el niño se inclina hacia los pinceles y no hacia la pelota, hay que rápidamente quitarle esas estúpidas ideas de la cabeza.   Enseguida el Buen Padre de Familia asocia lo artístico con un Van Gogh automutilándose para obsequiar su oreja a una prostituta,  un Jackson Pollock estrellándose en su auto completamente borracho, el indefinible Warhol en mitad del desenfreno orgiástico del Club 54, un Jean-Michel Basquiat  muriéndose por sobredosis de heroína a sus triunfales y prometedores 27 años –como Amy Winehouse, Kurt Cubain,  Jim Morrison, la Joplin y el resto del Club de los 27-. 

   Dudo que cualquier otra vocación genere más espanto a los padres que la de anunciar la pasión por el arte. Arte parece ser en el diccionario paterno sinónimo de patética miseria, inutilidad absoluta, aberraciones sexuales,  drogas duras y alcohol a mansalva.


    Es táctica disuasoria habitual el consejo de “seguí pintando, como hobby, pero estudia algo de lo que puedas trabajar, que te sirva para vivir…”, fomentando inconscientemente la dualidad natural del artista y confirmando la convicción de que para ser auténtico en su hacer creativo  tiene que fingir hacia fuera ser de otra manera.  Que hay que desdoblarse y fingir hasta la psicosis.

    Nunca, pero nunca, la familia de origen alentará al artista.  Por el contrario, no lo tomará en serio, se burlará de él y de su obra en público, serán siempre peyorativos con el desarrollo de su carrera y permanentemente tendrán una intencional crítica destructiva a la espera de que se dé por vencido de su berretín artístico y retome el buen camino.  La familia es el enemigo esencial del artista, el que quiere destruirlo desde el vamos, el que socava constantemente su fe y su autoestima y  que celebra con júbilo cuando se da por vencido.  La familia (como la sociedad pero en pequeña escala) siente horror por lo diferente, por lo que se sale de lo conocido, por lo que desafía es status quo.


   Mantener la vocación por el arte a pesar de la familia es la primera prueba que debe atravesar el artista.  Desafiar mandatos y hasta romper vínculos.  Es subirse al trapecio sin experiencia, sin ensayos y  sin red protectora.  Es saber que si fracasamos ellos van a disfrutarlo, que cada pequeño logro será ignorado o menospreciado y que jamás pero jamás de los jamases se valorará nuestro esfuerzo y nuestra pasión.  Sólo se nos dará mérito –y a regañadientes- si de algún modo con lo nuestro generamos dinero (ahí, por lo menos,  no seremos tan inútiles), pero si se trata sólo de ser nosotros mismos, de crear y generar sin rédito económico, seremos siempre a sus ojos un fracaso y una triste decepción.


miércoles, 10 de diciembre de 2014

   Ser artista en Buenos Aires (ser artista sin galería, ni art-dealer, ni representante bajo la denominación que esté de moda, ni nada de nada más que una obstinada buena voluntad de ser artista).

Capítulo IV:  Los depredadores de artistas:  estafadores, aprovechados y otras hierbas.
                IV. d) Caso Cuatro: El maltrato normal y habitual. 

     Quizá esto pase sólo en Buenos Aires, que como se sabe en las ciudades grandes, alborotadas y vertiginosas la cortesía se convierte en una excepción.  Pero el mal trato al artista es una constante a la que debemos enfrentarnos diariamente.  Cito sólo unos pocos casos, ya que la lista fila lo infinito y realmente es un tema que me aburre.  

     Año 2003, se celebra el 9no encuentro de artes visuales con Bollini  (16 julio al 2 de agosto 2003) en las Salas Federal y Quinquela Martin de la Biblioteca Nacional.   Me postulé, fui seleccionada, y en su debida oportunidad mi obra Prólogo, estuvo espléndidamente colgada en ese edificio que arquitectónicamente no me gusta pero que emocionalmente venero.  La muestra fue muy buena, con una calidad en la obra bastante homogénea, y realmente bien dispuesta para su apreciación estética.  El evento era coordinado por los dueños de La Dama de Bollini, con quienes había expuesto antes en un par de oportunidades. 


   Tras el descuelgue uno iba a retirar las obras al Pasaje Bollini, a donde fui una tarde y me encontré con un empleado que se demoraba inexplicablemente en la entrega.  Tras darle mi constancia para el retiro, él fue a trastienda y tardó un rato, luego volvió y me dijo que ya me la traían.  Pero pasó casi media hora y nada.  Finalmente llega uno de los dueños, Lionel, a quien conocía por haber expuesto con él y haber sido quién vendió Hora de Cierre,  pero que en ese momento actuó como si fuera la primera vez que me veía.  Como si tal cosa me dice que la obra (mi obra) se había caído y roto el vidrio. 

   O.K.,  todo bien. No pasa nada.  No iba  a hacer un escándalo por un vidrio roto, que ciertamente no sería el primero.  Pero seguían sin traerme a Prólogo.  Impaciente aseguré que no había problema, que los accidentes pasan, que me devolvieran mi trabajo para poder llevármelo a casa, que tenía un remís en la puerta que me facturaba la espera.  Ahora, a la distancia, entiendo que Lionel dijo lo del vidrio para empezar por lo menos grave y medir lo que supuso sería mi violenta reacción.  Como yo no reaccioné,  le falló la estrategia y no supo que hacer conmigo.  Pero enseguida se aprovechó de la circunstancia y le dijo a su empleado que envolviera la obra y me la trajeran.  A los diez minutos yo tenía un paquete en las manos y una necesidad imperiosa de salir de ahí.  La desenvolví recién al llegar a casa.

    No sólo le habían roto el vidrio.  Originariamente Prologo estaba hecha sobre papel adherido a un bastidor de madera (los que se usan en fotografía).  Sobre el papel se sujetaba un vidrio anti-reflex con cuatro soportes de metal en las esquinas.  Reconstruyendo los hechos en base al estado en que me devolvieron la obra, colijo que se cayó de cara al piso haciendo estallar el vidrio, pero que posteriormente alguien se le paró encima quebrando por la mitad la tabla de aglomerado sobre la que estaba adherida la lámina de papel.  Prologo estaba partido a la mitad, y trocitos de vidrio habían rasgado el frente de la imagen en varios lugares.  Lloré un buen rato ante la evidencia del destrato que había sufrido mi trabajo.  

   Con el tiempo la reconstruí y restauré, y con la ayuda de mi marquero (¡un santo!) la obra pudo no solo recomponerse en su integridad sino que lucir mucho mejor con un enmarcado doble en la entrada de mi casa (de donde nunca ha vuelto a moverse).
  
Honestamente, yo entiendo que los accidentes suceden y que en la manipulación una obra puede dañarse y, eventualmente llegar a la integra destrucción.  Pero es imperdonable que apenas acontecido el hecho no me hayan avisado.  Que yo no mereciera una inmediata llamada telefónica para advertirme lo sucedido.  No pretendo que cubrieran costo alguno de reparación (aunque éticamente les correspondiera), sino que tuvieran la delicadeza de contarme con honestidad lo sucedido.  Pero ni mi obra ni yo merecimos la más mínima muestra de consideración.  No he vuelto a acercarme al Pasaje Bollini desde entonces.



    Año 2008 o 2009 (el enojo me hizo destruir las constancias), tras haber participado en varias muestras en el espacio de arte Desde la Plástica cuando estaban asentados en El Pasaje de la Piedad, contrato con ellos para participar en un festival de arte que se celebraría en el C.C.  Recoleta.  Hacía poco que se habían mudado a la calle Gascón en Palermo y hasta allá fui a hacer el pago correspondiente.  Les dejé una carpeta con material y quedamos en que me llamaban para confirmar que imagen iría a catálogo y coordinar más cerca de la fecha del evento las obras a llevar.

  Pasó el tiempo y no me llamaron;  llamé yo porque quería recuperar la carpeta de material para presentarla en otra convocatoria.  Recién entonces, medio balbuceando, me dijeron que se había cancelado el festival por problemas con el Centro Cultural, que iban a llamarme para ver cuando me devolvían el dinero.  Nunca llamaron.  Yo no fui ni a buscar mi carpeta ni a reclamar a los gritos mi dinero; detesto las escenas. 

   Sé que siguen trabajando, pero yo no volví a tenerlos en cuenta.  De nuevo, si no merezco la básica consideración de una llamada telefónica para avisarme de la cancelación (ni siquiera digo disculparse) prefiero mantenerme a prudente distancia.




   Me han descolgado obra (El Gato y Metamorfosis del Vampiro) en una muestra en el Auditorio del Centro Cultural Acoyte. ¿La razón argüida?  “Concurren muchos niños y a sus padres no les gustan…”  ¿Me avisaron?  No, por supuesto que no.  Pasé por la muestra y no las encontré. Recién ante mi reclamo me informan de lo sucedido.  El artista no merece estar al tanto de lo que pasa con su obra.  


   Ha desaparecido el local donde se asentaba una Galería de Arte y Antigüedades que funcionaba en una galería comercial sobre calle Maipú -donde de repente construyeron un edificio-, desapareciendo  con él mi Sangre de Puma. Tenían mi teléfono, podrían haberme llamado para anoticiarme del nuevo domicilio.  Insisto, somos los últimos en enterarnos...


   Llegué con mi obra para una cuelga en un restaurante y el dueño, viendo los desnudos, no me dejó colgar ninguno y tuve que volverme con mis bártulos a casa sin mayor compensación ni por mi tiempo ni por el disgusto.  

   Me han colgado detrás de una puerta.
  
   Fui reiteradamente censurada por el carácter “pornográfico” de mi trabajo.  

  Me han prometido (¿prometido?, ¡he pagado!) por la inclusión en catálogos que nunca se editaron. 


   Este trato –que no es personal conmigo, sino común con la mayoría de los artistas- habla del poco valor que se nos asigna en el encadenado ecosistema del arte, más allá de usarnos como sostén exclusivo del negocio.  Porque los artistas proveemos el material de intercambio (las obras), pagamos los costos y gastos de los eventos (con los derechos de uso de instalaciones, aranceles de participación y alquileres de salas) y generamos la ganancia de galeristas, art-dealer y marchands qué, cuando milagrosamente se vende algo nuestro, se llevan una soberana porción sin haber arriesgada nada en este juego y muchas veces, sin haber movido la más pequeña falange de su meñique derecho.