domingo, 5 de agosto de 2012




     Debido a mi incomprensible e injustificable empecinamiento de seguir conservando (¡y usando!) mi primer caballete, nuevamente ayer agravé el habitual caos de mi taller. Mi viejo caballete se desmoronó –otra vez- al cortarse uno de los viejos cables de teléfono con el que sujeto su barra de apoyo, la que también muy rota sujeto con cinta de papel. En su caída arrastró el amontonamiento de cajas y telas viejas que fueron a aplastar (de muy mala manera) unas bolsas de correo donde guardo láminas de trabajos sin terminar o que me aburrieron demasiado pronto.





     Sin otro remedio que acomodar –otra vez- si quería recuperar mi mínimo espacio de trabajo, me distraje y perdí todo el sábado “jugando” con algunas obras inconclusas. Siempre me digo que las tengo que tirar. Ocupan lugar, nunca voy a terminarlas, no significan nada y son una molestia. Pero nunca logro concretar su limpieza. Varias (muchas) aunque no me convenzan de volverlas a la luz para terminarlas me generan una gran simpatía. Realmente me gustan aunque no las considere “trabajos mostrables”. Haciendo gala de mi habitual contradicción, que justifico diciéndome que este es un sitio absolutamente privado que nadie más que yo ve, fotografié mis favoritas y las subí. Al inicio de esta entrada unas chicas que surgieron dentro de las Fantasías de una muñeca inflable. Piernas largas sobre papel, predominantemente dibujo. Pero las chicas de los lados están cubiertas de papel de diario y los hombres al final del pasillo son colage. Me gusta, no me gusta. Pero nunca pude destruirla. Hay algo ahí. Me recuerda a las tres hienas, a mis tres voces fastidiosas.





     El escudo argentino. Está el gorro frigio (veneciano), el sol (como máscara literalmente rota), los laureles con la cintita escarapela, los campos blanco y celeste. Las manos están aunque no se estrechen. Es el escudo de una patria muy harta. Nunca lo firmé, por lo que no lo consideré terminado. No se por qué. ¿Muy intelectualizado? Puede. Pero es divertido y tiendo a conservarlo.





     Virginia, de mi serie Cartográfica. Trabajé el desnudo sólo con acuarelas, usando el papel como luz blanca. Técnicamente estará bien, pero al limitarme a no usar mis mezcolanzas habituales me aburrí pronto. Jugué con lapiceras de gel en el mapa del entorno pero no alcanzó para que me complaciera firmarlo.





     Cabeza del Nacimiento de Venus de Boticcelli, era para Plagiaria y el resto de cuerpo iría en otros tantos mapas. Me cansé sin pasar del cuello.





     Este tríptico amagó con entusiasmo pero en alguna parte me fui a hacer otra cosa. Creo que hubo una mudanza en el medio, pero puede ser simplemente que no alcanzó a entusiasmarme para seguirlo todo el tiempo que requería terminarlo. Vuelvo a guardar todo y pierdo el sábado en una vorágine nostálgica y sentimental. Una de las voces (la práctica, la incuestionable) dice:
 -Si tirás todo de una vez no volvés a perder tiempo acomodándolo de nuevo. De yapa ganás aunque sea un poco de espacio. - Entonces se mete la de anteojos, cizañera:
-¡Que tire ese caballete de una vez! Si uno respira fuerte ya se cae.- ¡Sacrílega! le grito con odio. ¿Cómo voy a tirar mi caballete? La voz de la hiena buena, sale, como siempre, a explicarme:
-Es como la pluma que le dió el ratoncito ese a Dumbo. Sin la pluma él creía que no podía volar. Ella sin su caballete desastroso no puede pintar. 

     Muy patético todo. Mejor cambio de tema. Hoy, domingo, termino La Santa Inquisición. Apenas unos toques y la firma. A eso voy.



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