lunes, 23 de abril de 2018








          Quizá el exceso de análisis sea el verdadero problema.  Uno evalúa propuestas, sopesa costos, considera beneficios por sobre inversión, tiempo implícito en el proceso y proyección del resultado.  Demasiado análisis.  Uno debería hacer las cosas sólo porque le dan las ganas de hacerlas.  Porque el lugar o la gente involucrada le son simpáticos, porque le queda cerca, porque no tiene nada mejor que hacer.  O, simplemente, porque le divierte.  La elección por diversión debiera ser siempre la prioridad.  

     A estas alturas los análisis me superan, la cabeza no me da para tanto y la voluntad de apostar a la seriedad y al profesionalismo fue sepultada por el abuso de estupidez e incompetencia que me rodea.  Tengo muy en claro que debiera estar haciendo otra cosa pero sólo tengo interés en jugar con mis muñequitas de rollo de cocina.  Lo lamento tanto, pero la vida es así.






















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