martes, 4 de septiembre de 2012




     La Lista de los Ángeles me está obligando a revaluar muchos de mis “dogmas” de seudo- feminista. Siempre creí (y la experiencia me lo ha confirmado en los hechos) que mis chicas sin ropa poco tienen que ver con el estereotipo “mujer objeto” de las típicas “revistas para caballeros”. El ver la reacción incómoda de algunos hombres ante mi obra (incomodidad que suele extenderse hacia mi persona) me ha ido corroborando que mis desnudos femeninos no hablan de mujeres débiles, ni dóciles ni sometidas que sólo sirven para alimentar la lascivia masculina. 

      Pero puesta a trabajar con señores sin ropa me encuentro con la sorprendente realidad que existe un estereotipo de “revista para caballeros” gays, y que el desnudo masculino se encuentra mayoritariamente tratado con tan poco respeto como el de las mujeres. Por un lado me da gran satisfacción concluir que mi premisa de igualdad entre los sexos (entre los dos, o tres, o cuatro o las variables que aun no identifico) es tan cierta que abarca el tratamiento estético cuando la ropa queda fuera. 

      Pero si bien me es natural no plasmar mujeres ni débiles ni sometidas (ya que por naturaleza soy mujer, naturalmente no soy débil y naturalmente mi grado de sometimiento a algo es materia de discusión), no me resulta igual de fácil y natural esquivar estereotipos y prejuicios y alcanzar la esencia masculina, bella, potente y definitiva. Captar la masculinidad independientemente de su incidencia sexual. Hombres simplemente hombres. Humanos, poderosos, libres de connotaciones morales o culturales. El auténtico “hijo de dios”. Por supuesto no me es fácil. Por que naturalmente no soy hombre, naturalmente no pienso ni siento como hombre ni cargo con ese pesado bagaje de prejuicios históricos, culturales y religiosos; y porque naturalmente tengo el preconcepto intelectual derivado de tratar con los hombres de mi entorno. Hombres que poco tienen que ver con ese “ideal” que ando persiguiendo. No lo digo desde el punto de vista estético (también), sino desde el ideológico: rodeada de machistas retrógrados y superficiales obviamente no me resultan fuente de inspiración alguna y si causal constante de irritación y fastidio. 

      A veces me detengo a pensar y comprendo que no tengo que sacar conclusiones en base a mi entorno cotidiano. Yo soy tan rara que forzosamente obligo a los que me rodean a actuar de un modo extra-convencional sólo por mecanismo de defensa. ¿Cómo soportarme sin aferrarse a la normalidad de ser parte de la manada? No existe un parámetro justo y yo no soy quien (¡el dios que sea me libre de ello!) para juzgar a nadie. Lo único que concluí y que me da indescriptible satisfacción es que ya no soy una artista que pinta mujeres desnudas, soy una que pinta personas –del sexo que sean- en bolas. Auténtica y honesta igualdad.






     Mañana cumplo años. Situación de total mal gusto y por demás inevitable. Un año más para ser más decadente, más quejosa, más huraña. Pero tengo que reconocer que no es tan malo cuando me encuentro reconociendo que estoy intentando hacer algo que no había hecho antes. Todavía, pese a la tonelada de tiempo que acumulamos haciendo esto, queda algo que nos es nuevo Algo que nos sorprende y nos provoca. Algo que todavía nos genera pasión. Y la pasión hace menos grave esto de envejecer.


  P.D. Como detesto de un modo patológico cumplir años (como todo el mundo) estoy de un ánimo nefasto y oscuro, compilando para mi próximo Museo densos textos sobre la muerte. Inevitable, deprimente, definitivo. Una de mis voces (la de anteojos) clama: 
-¡Ja! Es bueno hablar de la muerte y contar cadáveres conocidos. Eso significa que estamos vivos y los demás no.
-¿Acaso es una competencia?- pregunta la voz amable, confundida, ¡la pobrecita!. 
-Claro. La lucha por la vida.- le contesta.- ¿No oíste hablar de la supervivencia del más apto? 
-¿No será la del más sano?-se mete la tercera, un poco aburrida por el tema. 
-Puede…- acepta, desentendiéndose rápido de la intromisión. Sigue en su apología: -El caso es que está bueno ser el último, el que cuenta la historia. Sin testigos que te refuten, podés crear tu propia mitología. 
-Y que no quede nadie a quien contársela
-Que el último apague la luz y esculpa el epitafio -falso- en la lápida.









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