domingo, 18 de octubre de 2015




     Como si fuera parte de la lógica del asunto (mi asunto), no pasa un día sin que el mundo externo venga a confirmar o a provocar mi mundo interno, o sea, mi mundo donde la estética de la Alicia de Lewis Carroll es la premisa actual de todos mis desvelos. 

     Mientras lidio con una extraña mezcla de carta pesta y porcelana fría para conformar los rostros de las que serán las Flores Parlantes con las que se topa Alicia en el jardín de ingreso a Wonderland (una de mis caras parece haber consumido hongos alucinógenos),



  
y alcanzo el Nirvana en mis ratos libres dibujando naipes de corazones (¡qué cosa más relajante!) 





me llegan vía twitter imágenes de otras ambientaciones sobre el mismo tema.





     Entonces reparo en la cuestión de las tazas y de mi cobardía de meterlas al horno.  Sé que debo vitrificar la pintura para lograr el brillo y la durabilidad requerida, pero me da vértigo.  Conseguí una mínima lecherita para hacer la prueba piloto, pero sigo acá, dando vueltas al asunto. El instructivo dice que la meta al horno frío y la cocine 45 minutos y la deje enfriar dentro.  No suena complejo, pero me repele la idea.  ¿Por qué?  Qué se yo.  Supongo que en mi imaginación figuro la porcelana derritiéndose y perdiendo forma, cual relojes blandos de Dalí.  Pero estoy muy sobre las fechas, y lo de las tazas debe concretarse ya (hay muchas otras tazas pendientes).  Juntaré coraje y hoy sí o sí voy a cocinar la lecherita.  Veremos...








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