viernes, 12 de febrero de 2016




     “En las primeras décadas del siglo XX, el marchand buscaba artistas y los impulsaba y soportaba económicamente porque sabía que el arte toma tiempo y es difícil y que los artistas talentosos son escasos. La galería rompía barreras sociales y exponía para dar a conocer formas nuevas de pensamiento, con riesgo. Ahora, el marchand y la galería solo venden lo que está de moda y quieren muchas obras porque la calidad no importa y porque saben que el artista las hace de forma instantánea, que todo es, intelectual o materialmente, ready made, y que los clientes no ven realmente la obra, que es una inversión rápida. Son como corredores de bolsa o vendedores de terrenos; no promocionan arte, especulan con commodities. (…)

Lo llamo VIP, de video-instalación-performance, porque, como el concepto VIP de very important person, es esencialmente excluyente. La pintura, el dibujo, la escultura que hoy se hacen no se consideran arte contemporáneo: los llaman tradicionales y están marginados de los museos más modernos y de las bienales de arte. La contemporaneidad se manipula como un valor artístico y no lo es: es un valor comercial –el último auto, el último vestido–. El arte es intemporal, sobrevive al tiempo; la moda es efímera, muere todos los días. (…)

Están engañando a los jóvenes. Adiestrándolos para que sean funcionales al mercado. No desarrollan talento. Los jóvenes creen que salen de la escuela convertidos en artistas, y no saben dibujar, pintar, trabajar materiales. Aprenden a producir la verborrea suficiente para justificar que sus fotos del Facebook se presenten como arte. El arte toma años, exige la vida, es aprendizaje diario. Pero si matar un animal es arte, ¿quién necesita estudiar? Nadie. (…)”

Avelina Lesper (Entrevista exclusiva de Samuel Bossini para ABC Color)



















    “El arte toma años, exige la vida, es aprendizaje diario.”  No puedo estar más de acuerdo.  Sólo puede comprenderse como arte auténtico una obra desarrollada a lo largo de los años, una obra que ocupa toda la vida de su autor.  Una obra que es más importante que la vida de su autor.  Tal vez eso explique, en parte, porque cuando se arranca somos tantos y después vamos andando un camino que se hace paulatinamente más solitario.  El arte es un destino, no una “profesión” o un “trabajo”.  No es una casualidad, es una fe.































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