jueves, 29 de diciembre de 2016


Raconto (en serio) de Fin de Año – Apartado feminista 




     “…Durante mucho tiempo la convicción de que las mujeres no tenían aptitudes para la pintura, a no ser por las habituales Rosalba Carriera o Artemisia Gentileschi, se ha basado en distorsiones de este tipo.  Es natural que, mientras la pintura consistía en frescos de iglesias, subirse a un andamio con pollera no era algo decente, ni tampoco un oficio de mujer dirigir un taller con treinta aprendices; pero en cuanto se pudo hacer pintura de caballete aparecieron las mujeres pintoras.  Es algo así como decir que los judíos han sido grandes en muchas artes pero no en pintura, hasta que apareció Chagall.  Es verdad que la cultura judía era eminentemente auditiva y no visual, y que no debía representarse a la divinidad mediante imágenes, pero hay una producción visual de indudable interés en muchos manuscritos hebreos.  El problema es que en los siglos en que las artes figurativas estaban en manos de la Iglesia era difícil que un judío se sintiera alentado a pintar vírgenes y crucifixiones; sería como asombrarse de que ningún judío haya llegado a ser Papa.
(…)

     Las feministas eligieron hace ya tiempo como heroína a Hipatia que, en la Alejandría del siglo V, era maestra de filosofía platónica y de matemáticas avanzadas.  Hipatia se ha convertido en un símbolo, pero por desgracia de sus obras solo ha quedado la leyenda, porque se perdieron como se perdió también ella, hecha literalmente pedazos por la turba de cristianos exacerbados, soliviantados según algunos historiadores por aquel Cirilo de Alejandría al que se le hizo santo, aunque no por eso.  Ahora bien, ¿Hipatia era la única?

     Hace menos de un mes se publicó en Francia un librito, Histoire des femmes philosophes.  Si nos preguntamos quién es el autor, Gilles Ménage, descubrimos que vivía en el siglo XVII, era un latinista preceptor de madame de Sévigné y de madame de Lafayette y su libro, que apareció en 1690, se titulaba Historia mulierum philosopharum.  Conque Hipatia no era la única: aunque esté dedicado sobre todo a la edad clásica, el libro de Ménage nos presenta una serie de figuras apasionantes: Diotima la socrática, Arete la cirenaica, Nicarete la megárica, Hiparquía la cínica, Teodora la peripatética, Leoncia la epicúrea, Temistoclea la pitagórica,  Hojeando textos antiguos y las obras de los padres de la Iglesia, Ménage encontró citadas a sesenta y cinco filósofas, si bien su concepto de filosofía era bastante amplio.  Si tenemos en cuenta que en la sociedad griega la mujer estaba confinada entre las cuatro paredes del hogar, que los filósofos preferían entretenerse con jovencitos antes que con lindas muchachas, y que para disfrutar de notoriedad pública la mujer tenía que ser cortesana, se entiende el esfuerzo que tuvieron que hacer aquellas pensadoras para poder afirmarse.  Por otra parte, a Aspasia se la recuerda como cortesana, aunque de calidad, olvidando que era experta en retórica y filosofía y que (Plutarco fue testigo) Sócrates la frecuentaba con interés.

     He hojeado por lo menos tres enciclopedias filosóficas de hoy en día y de estos nombres (salvo Hipatia) no he encontrado ni rastro.  No es que no existieran mujeres que filosofaban.  Es que los filósofos han pretendido olvidarlas, quizá tras haberse apropiado de sus ideas.   (2003)

Umberto Eco, De la estupidez a la locura, Lumen- Penguin Random House Grupo Editorial, Buenos Aires 2016, páginas 205/208





     A veces me tomo la molestia de aclarar que no soy feminista, por el simple hecho de que considero que la lucha por la igualdad de derechos encarada por éstas ya está superada; que ya es concreta e indiscutible la total igualdad de género.  Yo vivo sin cuestionar (y sí, reconozco, sin permitir que la cuestione nadie) esa igualdad.  No reclamo derechos, los ejerzo.  Pero no niego que todavía hay muchos sitios en este planeta en los que esa lucha está aún en pleno desarrollo.  Y en otros, hasta pendiente.  Por eso fue un auténtico placer poder colaborar, tan mínimamente por cierto, con el mantenimiento del Gender Museum en Ukrania,  patrocinándolo durante un mes (léase: cubriendo el costo del alquiler de un mes del departamento donde funciona físicamente el Museo.  Siempre he creído que más que las grandes declaraciones teóricas lo que sirve es la colaboración práctica).  El 2016 fue, también,  el año del #Save Gender Museum.





























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