lunes, 19 de diciembre de 2016




 

     Última semana antes de la Nochebuena y decir que se arranca con caos es ser demasiado optimista.  Pese a mi natural afición al festejo del solsticio de verano este año el agobio de la realidad está consumiendo todos mis restos de buena voluntad. 

     Está tan claro: no quiero estar acá, no quiero hacer lo que estoy haciendo, no quiero tener que soportar la estupidez obstinada del entorno que se empeña en alardear su estupidez ante mí.  Pero es inevitable…   He sido condenada por el “deber ser”.     
 
 
 

     ¿Sigo con mi recapitulación del año? Lo más malo de este 2016: no haber hecho nada, pero nada de nada, para modificar esta dualidad que me obliga a tanta cosa que no quiero restándole tiempo y energía a lo que sí quiero.  Lo peor del año no es no haber logrado montar una individual, es no haber dispuesto del tiempo y la energía necesaria para conseguirla como fuera.

     Pero no puedo con la costumbre y estas épocas deben ser de festejo.  ¿Por qué brindo?  Porque sigo acá, prometiéndome como cada año que el próximo será  el año en que, definitivamente, el arte tomará el control de mi vida.    (Acá es donde cualquier psicólogo  preguntaría: ¿y no sería más fácil que tomaras vos misma el control de tu vida, eligieras tus prioridades y aprendieras a decir "no"?  Y ahí es donde yo vuelvo a decir que la terapia no es para mí.  Obviedades no, por favor).
 
 
 
 
 
 
 

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