viernes, 16 de diciembre de 2016




     Hace ya bastante tiempo empecé a sospechar que para hacer del arte nuestro destino se necesitaba algo más que talento.   Que quizá no alcanzara cierta habilidad natural, digamos, para el dibujo, y la tara genética de la concienzuda observación y una memoria casi patológica.  Todo eso podía resultar conveniente pero lejos de suficiente.

     El llamado “vuelo poético”, o la más llana imaginación, también son requisitos imprescindibles.  Pero nada muy difícil de adquirir con una educación que propenda a la literatura y al disfrute consciente de las restantes ramas del arte.  “Educar el paladar visual” dijo alguien alguna vez.  Enseñar a mirar.  Adoctrinar al plagio, tal vez.  Apropiarnos sin culpa de aquellos que nos provoca placer.


























    ¿Alcanza?  No.  Tampoco la ficción de una técnica acabada obtenida a fuerza de práctica y obstinación.  Se puede pintar medianamente bien, prolijamente, seudo-profesionalmente, dar impronta de incuestionable oficio.  Pero sigue siendo insuficiente.

     ¿Qué se necesita para “ser” una artista y sostener en el tiempo esa elección?  A través de los años he conocido a mucha gente a la que creí con talento, con originalidad, hasta con auténtico genio, y en el camino se fueron esfumaron, se borronearon, no pudieron definirse y ocupar un lugar y de a poquito se apagaron.  ¿Qué falló?  ¿Qué les faltaba?  ¿Qué más se necesita?

























     En algún punto mi sospecha se tornó en convicción: hace falta obsesión.  El desequilibrio voluntario, el trastorno opcional para inclinar el cosmos hacia nuestro lado.  Sin delirio no hay creación.  Sin obsesión no hay arte


     Cuando nada es suficiente, cuando no se está seguro nunca de que vayamos en la dirección correcta, cuando nadie más que nosotros entiende el sentido de empeñarse en una actividad inútil y antieconómica, sólo queda el trastocamiento total de las reglas convencionales para –pulverizando nuestra salud mental- poder establecer nuestra personal y exclusiva lógica.  Y sostenerla, a través del tiempo y del fracaso.  A cuestas de la soledad que implica ir contra la corriente.  Sin obsesión no se resiste. 

     La obsesión es la única necesidad vital que requiere el artista para existir (y sobrevivir).  Ahí está la clave.  Sólo obsesionándonos con un destino atado al arte, con la suerte que sea, podemos jugar este juego.












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