jueves, 3 de mayo de 2018



 
 
  

 

     ¡Qué sorpresa!  Es decir que todos los que veíamos a Hirst como un farsante no estábamos hablando sólo por envidia…  Pero tal vez sea por llevar la contraria o por volver a mi tema favorito, la única cuestión grave en esto es que los mismos personajes todopoderosos y omnisapientes del mercado (críticos, curadores, galeristas, marchands y aledaños) que endiosaron a Hirst siguen siendo los mismos que al día de hoy continúan dictaminando qué es arte y qué no lo es.  ¿Nadie paga los platos rotos?  No, el pobre señor “mercado” fue engañado, merece comprensión y no castigo, ni siquiera desconfianza.  ¡Pobrecito, es la única víctima aquí!

 

    A estas alturas hasta me empieza a ser simpático Hirst.  Tanta impostura tosca, evidente, claramente ridícula, me termina pareciendo la performance más seria que he visto en los últimos años.  Puede que, después de todo, sí tenga algo de artista.
 
 
 
 

 

 
 

 

 

ABC Cultura

Damien Hirst confiesa su cleptomanía artística: «He robado todas mis ideas»

 

     Abril es el mes más cruel, alguien, parece ser que T.S Eliot, lo dijo y basta. Tal vez abrumado por tantas «sensaciones», Damien Hirst ha reconocido sus tendencias cleptómanas. En el The Times, el 26 abril, se publica un artículo de David Sanderson que da cuenta de los numerosos hurtos perpetrados por el principal agitador de esos Young British Artist que, inevitablemente, ya son viejunos. Pasaron los años del escándalo y, evidentemente, del marketing, hasta Charles Satchi el «artoholic» puso distancia de por medio, incendio de almacenes incluido, con respecto a estos provocadores de pacotilla, prefiriendo sacar partido de un «retorno apoteósico de la pintura» que, lamento decirlo, quedó en agua de borrajas.

 

     Hirst ha sido, desde sus orígenes como brillante «curator», un oportunista que sabía sacar partido de las crisis. El fin del siglo XX necesitaba un poco de sangre con sabor a kétchup y su tiburón conservado en la estructura para-minimalista era un emblema oportuno para una época en la que el postmodernismo ya era un animal disecado y aún no habíamos sufrido el efecto demoledor del atentado del World Trade Center. La época de la globalización necesitaba, para superar el pánico viral, de un arte que tuviera el efecto de un chiste chusco. Consumado el hastío del reality-show, Hirst & Cia. podían lo mismo presentar, como hiciera Tracey Emin una cama deshecha rodeada por rastros deprimentes o unas mariposas tan bellas cuanto siniestras.

 

     Damien Hirst tiene el descaro académico habitual para atribuir sus robos sistemáticos de ideas ajenas a una enseñanza que recibió en sus años universitarios del artista Michael Craig-Martin, que según parece le dijo algo que no ha olvidado: «No tomes prestadas ideas, róbalas». En una entrevista con Peter Blake, el artista pop británico que es recordado por haber hecho la mítica portada de Sargent Peper´s de los Beatles, ha reconocido que sus «pinturas de puntos» no son otra cosa que una copia de las que hiciera años antes Larry Poons. Era algo bastante evidente aunque la mezcla de esnobismo y desmemoria que afecta a nuestra época hace que no fuera algo ni sugerido: Hirst fusilaba planteamientos estéticos ajenos, convirtiéndolos en productos repetidos hasta la saciedad. Sin duda, artistas turbo-propulsados por la economía del arte, como Jeff Koons, Takashi Murakami o Damien Hirst, habían aprendido en el «manual de estilo» warholiano todas las estrategias para ser «buenos en los negocios».

 

     La muestra de Hirst que se instaló en la Aduana y el Palazzo Grassi de Venecia, en paralelo a la última Bienal de Venecia, fue comentada como una mezcla de megalomanía, horterismo hiperbólico y voluntad gigantomáquica. Algunas piezas de «Treasures from the Wreck of the Unbelievable» guardan parecidos «sospechosos» con esculturas de Jason deCaires. El artista canadiense Colleen Wolstenholme denunció a Hirst por copiarle descaradamente las obras de su «Medicine Cabinet», aquellas elegantes estanterías de píldoras que alegorizaban el destino de nuestra sociedad hiper-medicamentada.

 

     El discurso posestructuralista era como una capa que todo lo tapa; lo mismo permitía soltar el rollo sobre la muerte del autor que encogerse de hombros, en plan nietzscheano, para encarnar el nihilismo y desinteresarse sobre quién habla. El final de los grandes relatos degeneró en storytelling y el «anacronismo deliberado» de Pierre Menard, autor del Quijote lo mismo servía para justificar una reapropiación de una fotografía de Walker Evans que para la enésima manifestación de la «duchampitis», enfermedad para que no se conoce cura.

 

     «Todas mis ideas las he robado en alguna parte», confiesa Hirst ante el octogenario Peter Blake. Sostener que «nada es original», por otra parte, no tiene nada de original. El «plagiarismo» ha sido justificado planetariamente desde el tono irónico o paródico del epigonismo postmoderno. Pero, si navegamos más allá de la movidas ochenteras, comprobaremos que hasta Picasso tenía claro que «los buenos artistas copian, los grandes roban» y Eugenio d´Ors advirtió que «lo que no es tradición, es plagio». Nuestra inercia postradicionalista nos ofrece toda clase de platos recalentados, bazofia protegida en vitrinas, radicalismo subvencionado, el cinismo como la quintaesencia del postureo.

 

     Hirst aclaró hace años que todo su trabajo lo hacía una legión de asistentes. Ahora confiesa que no tiene ideas. Resulta que su tiburón es muy parecido a uno que tenía Eddie Saunders, un artista y electricista, en el escaparate de su tienda en el este de Londres, habría además copiado un modelo biológico de plástico creado por Norman Emms y también se rumorea que John LeKay, un creador que hasta fue amigo de Hirst, incrustaba diamantes en calaveras antes de que lo hiciera el reputadísimo cleptómano que fue elevado a los altares de la Tate Modern en el 2012. Puede que tengamos, a partir de este reconocimiento del «delito», una serie de demandas millonarias o, como parece, este desvelamiento funcionará como un elemento más de la pirotecnia provocadora.

 

     No podemos olvidar que justamente cuando el sistema financiero mundial se derrumbaba estrepitosamente, Damien Hirst subastaba una cantidad enorme de sus obras sacando suculentas tajadas. Algunos dijeron que todo era un timo y que, en realidad, muchas de aquellas piezas nunca llegaron a ser pagadas y que todo era un montaje de sus galeristas compinchados con el «ultra-plagiario». La verdad es que Hirst nunca camufló sus mentiras. Ponía por delante el vellocino de oro, mostraba, con el máximo descaro, que el arte contemporáneo se resuelve entre el fetichismo incontrolable, la iconoclasia que no perturba nada y el totemismo de cartón piedra. Si aprendió de sus maestros en Goldsmiths a rapiñar de todo, el canibalismo al que se entregó venía de lejos, como una apropiada encarnación del cuento de «nuevo traje del emperador». Si podía hacer que las masas del tour operator museístico se tragaran un cenicero lleno de colillas, también componía un descarnado autorretrato con una pelota de playa flotando sobre unos cuchillos; bastaba que el ventilador dejara de funcionar para que la catástrofe se consumara. No hace falta ser marxista para tener claro que todo lo que es sólido se disuelve en el aire, ahora no lloraremos al descubrir que cuando Hirst titulaba «Por el amor de Dios» su calavera diamantina estaba ocultando su inveterado pecado al no cumplir el séptimo mandamiento. Tendrá que confesarse de verdad.

 
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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