jueves, 16 de julio de 2015




     Me decía hace un par de días alguien que parece vivir por encima de las miserias cotidianas en las que yo me ahogo habitualmente, que ella era por completo indiferente a los vaivenes de la política local.  Que ignoraba a políticos y funcionarios por igual, que nos les permitía afectarla en lo más mínimo.  Yo intenté adoptar su digna actitud y su tono despectivo cuando en la última semana me topé con las paredes del absurdo en el más agobiante periplo. Pero no me funcionó su sistema. Terminé frustrada, gritando como una trastornada y clamando a los cielos por un rayo vengador que exterminara a nuestra cúpula gubernamental con sus adláteres del Ministerio de Economía.  Pedido que  hasta el día de hoy no me ha sido concedido. 

     He intentado (hasta aquí infructuosamente) hacer un mínimo (¡minimo!) pago al exterior para poder participar en la publicación de un libro de arte:
 


  
    Ya sea vía bancaria, ya por envío postal, ya en cualquier moneda, al parecer es más simple  sacar un pasaje e ir en persona que  conseguir una transferencia dineraria fuera de las fronteras de este otrora mi país ahora la “patria” conseguida por los nac&pop que no tienen nada mejor que hacer que entorpecer la actividad de una ignota y autogestionada artista plástica en defensa de vaya uno a saber qué ideología trasnochada.
 
      Yo debo estar inscripta como importadora, me explica el pobre empleado que me rechaza una y otra vez mis argumentos.   El que yo no fuera a importar nada, que no fuera a comprar  sino a cubrir  un arancel para integrar una publicación cultural, era asunto que no entraba en el debate.  El seguía negando con la cabeza  mientras me miraba fijo, como si quisiera hipnotizarme.  No importa de qué se trate en los hechos, el papel, el dichoso papel que yo necesitaba sí o sí, tenía que decir licencia de importación.  Sin ese papel, ni podíamos empezar a hablar. Harto de mí y de mi tenacidad en explicarle que una actividad cultural no puede ser tratada como mercadería, me sugirió que buscara a alguien que importara habitualmente y me hiciera el favor de ¿prestarme? el papel. 

 
 

     Era una conversación absurda, no sólo no  hablábamos el mismo idioma sino que habitábamos dos planetas distintos de dos universos incompatibles.  Tuve que resignarme a que aunque lo único que se pretenda sea algo tan inofensivo como participar en una publicación cultural, la “alta política” de los iluminados de turno habrán de someternos a los más impredecibles -y toscos-  laberintos kafkianos (lo que si no fuera porque nos agravan la úlcera y nos aproximan a una muerte lenta por hemorragia interna hasta podrían ser graciosos en su patetismo).
 
 
 

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