miércoles, 21 de noviembre de 2012




     He podido regresar a Ragnarök. Retomo la búsqueda de los nombres de la hoguera. Como siempre, la investigación se disemina en múltiples vías, todas vinculadas, todas distintas. La Inquisición, instrumento propio de la iglesia de Roma ha sido instrumento útil para sus desviaciones. Cierto que en el período de “guerras de religiones” la violencia y la brutalidad ha sido moneda común de todas las fe bendecida por todos los dioses, pero me cuesta organizar mi data por credo según mi esquemática y compartimentada técnica de estudio. 

      Entre los nombres que rescato se encuentra Miguel Servet, médico y filósofo español muerto en la hoguera en 1553 pero por orden del reformista Calvino. Obviamente la conclusión última es endilgar la barbarie al pensamiento mágico (la fe) y poco dá de qué religión se trate siempre la vida del que no piensa lo mismo vale menos que nada. Quizá no se deba culpar sólo a Roma por la hoguera, aunque sí le cabe el mérito de haber sido la que más la fomentó y propagó. Aunque fuera España la que más gustosa la acogiera y le quepa al “perro de dios” Domingo de Guzmán la autorÍa del nivel de fanatismo místico que convirtió a las Inquisición en una hacedora de cadáveres.






     Transcribo un artículo sobre Miguel Servet publicado en la revista “La Aventura de la HISTORIA”, Número 60 Año 5 Octubre 2003, a página 155. Su autor es José Manuel Gironés (giro@union-web.com) 

        Una caritativa mujer arrojó leña seca para que la hoguera prendiese. Era la madrugada del domingo 27 de octubre de 1553, hace 450 años. El rocío de la noche de Ginebra había mojado los haces que rodeaban la estaca donde había un hombre atado, estupefacto ante lo que estaba sucediendo. Coronado de pámpanos rebozados de azufre y con su libro Christianismi Restitutio entre las piernas, iba a ser “purificado por las llamas”. El reo pedía el hacha en lugar del fuego, pero Farel, sicario de Juan Calvino, replicaba a gritos: “Confiesa tu crimen y Dios se apiadará de tus errores”. Al cruzar el reo la mirada con la de Calvino, aún exclamó: “Darás cuenta de este crimen y más allá seguiremos discutiendo”. Fue la más sonada de las ejecuciones de la reforma calvinista en Ginebra. El reo, de 42 años, se llamaba Miguel Servet o también Michel Villeneuve, nombre de clandestinidad que utilizaba en recuerdo del lugar de su nacimiento, en Vilanova de Xixena, obispado de Lérica, junto a la raya de Aragón. Hijo del notario Antonio Servet o Serveto, de él heredó un vivísimo genio y una lucidez extraordinaria. Se instruyó en Barcelona y fue protegido d}por Juan de Quintana, confesor de Carlos V. Movido por las controversias religiosas que agitaban a Europa, desarrolló un sistema filosófico y teológico personal de corte neoplatónico que, en su intención de dar racionalidad a los dogmas cristianos, y en la línea que luego seguirían Bruno y Espinoza, le trajo muchos problemas desde la primera edición del tratado De Trinitatis erroribus. Hizo anotaciones inestimables a la Geografía de Ptolomeo cuando trabajaba para la imprenta de los hermanos Trechsel en Lyon y allí profundizó en los estudios de medicina que había iniciado en Italia. Viendo sus luces, el fundador del Colegio de Medicina de Lyon, Sinforiane Champer, le recomendó ir a París para estudiar con Silvio y Vesalio. Allí adquirió gran celebridad como médico. Descubrió la circulación de las sangre y reveló el mecanismo sístole/diástole en las válvulas del corazón. Su obra Galeni censuram diligenter expósita le puso en guerra abierta contra la Facultad, teniendo que mediar las autoridades en las contiendas entre partidarios y detractores. Y allí conoció a Juan Calvino (1509-1564), que ya era fanático religioso. Éste le retó a un debate teológico –pese al mortal peligro que se cernía sobre los reformistas- dejándole plantado sin acudir a la cita. El odio generado por la afrenta creció en el pecho del reformador y no cesó hasta llevarle a la hoguera en Ginebra, veinte años más tarde. La pugna teológica tuvo su expresión en sendas obras impresas –la Institutio Christianae Religionis de Calvino y la Christianismi Restitutio de Miguel Servet-. Cuando Calvino, que ya era considerado el gran reformador de Francia, tuvo el libro en sus manos, instó a la Inquisición de Lyon para que Servet fuera procesado. Allí fue condenado a muerte sin pruebas fehacientes, ya que la obra carecía de nombre de autor y de pie de imprenta, y sólo pudo salvar la vida saliendo de Francia. Tras varios meses camuflados en la frontera, vio más seguro que lo acogieran los amigos que le quedaban en Italia y, al pasar por Ginebra en el trayecto, el 13 de agosto de 1553, cayó en manos de Calvino, quien desde el primer momento no se recató en proclamar que “iba a quemarlo vivo”. La cínica ciudad de Ginebra tiene hoy un monumento expiatorio dedicado a Miguel Servet, pero tiene otro, aún mayor, en honor de “la gran figura de Calvino”, cuyos crímenes disculpa, ya que sus atrocidades “no fueron erro de él, sino del siglo”.-“









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