sábado, 18 de enero de 2014

 
 
 
     Mientras sigo rumiando con disgusto el asunto del “artista como marca”, el marketing del arte y la muerte oportuna, me compenso dando los últimos toques a mi caprichosa mesita de luz. Me pregunto si el calor de la lámpara afectará (seguramente) y cuando (la real incógnita) la pintura, el cordón de algodón con su pegamento, el craquelador y las lacas con las que trabajé la lucecita de escritorio que adherí a mi linda (y chueca) mesa de pino.



 
 
 
     Ahora que está terminada surge el problema de dónde ponerla, ya que en mi taller corre el riesgo no sólo de salpicaduras de pinturas varias sino que en el descontrol habitual de mi lugar de trabajo acabé pateada, derrumbada o aplastada por elementos diversos y el vidrio adherido en su tapa y el cristal que fuera líquido se quiebre o deteriore de modo irreparable. Supongo que transitoriamente –como con todo lo que me gusta- vaya a parar a mi biblioteca y cuando mi placer por ella sea superado por mi necesidad de ubicar nuevos libros sirva de circunstancian estante.



 
 
 
 
 

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