martes, 25 de febrero de 2014




     Entre el revoltijo de libros que en este momento pueblan mi mesa de luz, de una biografía de Victoria Ocampo, extraigo: 

  “Citando las palabras de Baudelaire, con frecuencia se refiere a “le vert paradis des amours enfantines, l´innocent paradis, plein de plaisirs furtifs” (el verde paraíso de los amores infantiles, paraíso inocente lleno de placeres furtivos) con la nostalgia de quien atesora la infancia como un tiempo de pureza visionaria, cuando no había barreras para la percepción intuitiva de la realidad. Los niños pueden ver mundos llenos de significado en lo más trivial, y reaccionan a los estímulos exteriores sin nada que lo obstaculice. Esta es la cualidad, dice Victoria, que caracteriza lo que en los adultos se llama genio creador: “Los sabios, los poetas, los pintores, en una palabra, los artistas y pensadores… no poseen genio sino en la medida en que son hombres mal curados de su infancia y de sus amores. Hombres para quienes las ´nadas´ contienen siempre alusiones fabulosas o se transforman en varitas adivinatorias de que ellos son absortos rabdomantas” (Lecturas de infancia, III, pág.13). Y la inocencia infantil, más que una simple indulgencia de deleites físicos, hace posible la experiencia de una espiritualidad instintiva, una comprensión casi mística de nuestro origen y destino divinos…” 

Doris Meyer, Victoria Ocampo – Contra viento y marea Editorial Sudamericana, Buenos Aires 1981 pág. 44.



                        



     La expresión de estar “mal curada” de la infancia y de los amores me pareció tan exacta para definir la mayoría de mis “aficiones” (que alguien podría llamar “excentricidades”) que me quedé pegada largo en ese párrafo. Una elegante versión de mi “jugar a jugar”, una alegoría poética a la excusa del “espíritu lúdico” que habitualmente utilizo cuando intento explicar lo que racional y mercantilmente resulta inexplicable a la mayoría de mi entorno. 

      Como artista, estructuralmente la totalidad de mis actos están vinculados al juego y al placer. Pecando de realismo y sinceridad reconozco que nadie elige dedicarse al arte por un fin económico o por un fin social o altruista. Uno es artista por exclusivo hedonismo. El arte –el juego creativo- es placer puro, aun en el marco del “artista torturado”: al crear se exorciza y se libera y eso implica, quizá, el único goce que se permite. Ese egoísmo de priorizar el disfrute personal es claramente un resabio de la infancia, de esos tiempos que todo estaba permitido porque no concebíamos límites ni mortalidad; donde el juego era el único fin de cada día y podíamos creer –y crear- el universo girando en torno nuestro.






     Es un privilegio estar “mal curada” de la infancia. El no haber sido –pese al tiempo transcurrido- desterrada del todo de uno de nuestros paraísos perdidos. De seguir creyendo que todo es posible y que queda ahí nomás, todavía al alcance de la mano.









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