martes, 24 de enero de 2017































     Dicen que hay lugares que, por razones secretas e incomprensibles, se vuelven centros de peregrinación a través de los tiempos.  El Foro, en Roma, debe ser uno de esos lugares mágicos, punto neurálgico de energías cósmicas, que hizo que los romanos imperiales le erigieran templos a sus dioses, los cristianos basílicas a sus vírgenes, y los turistas del siglo 21 manifiesten públicamente su culto a las piedras con selfies y fotografías varias tomadas con sofisticados gadgets electrónicos.


     Pero es realmente un lugar especial, donde el tiempo parece moverse en otro ritmo. Y si uno se detiene a contemplarlo con la cabeza abierta, acaba comprendiendo la inmensidad del espíritu humano.







    Movida por una confusión o, simplemente, para autoflagelarme, terminé el día visitando los Museos Vaticanos.  ¿Para qué?  Porque no puedo irme de Roma sin pasar por la Capilla Sixtina, sólo para confirmar que Miguel Angel será siempre  un escultor aun cuando pinte al fresco.

    Y así termino malhumorada, proclamando a quien quiera escucharlo (nadie, por cierto) que la técnica museística vaticana es vergonzosa, que no hay señalizada prácticamente ninguna obra, que uno paga una entrada (cara) para no saber absolutamente nada si no concurre en una visita guiada; que los Aposentos Borgias son un DESCARADO ABANDONO, que es inentendible que los abrieran al público sin haberlos restaurado previamente, y que el alarde mercantilista de la proliferación de tiendas por las que uno se ve obligado a pasar camino a la Sixtina hace que la iglesia nada tenga que envidiarle a los parques Disney.

     Pero también está la Galería Cartográfica, y están esos maravillosos mapas pintados al fresco en los muros.  Y entonces –mujer voluble al cabo- mi día acaba siendo perfecto.










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