viernes, 11 de marzo de 2016




      “No tuvo la vida que merecía.  De esta máxima consoladora, la vida de Baudelaire parece una magnífica ilustración.  No merecía, por cierto, aquella madre, aquella perpetua estrechez, aquel consejo de familia, aquella querida avara, ni aquella sífilis; ¿y hay algo más injusto que su fin prematuro?  (…)  ¿Y si hubiera merecido su vida?  ¿Si, al contrario de las ideas recibidas, los hombres nunca tuvieran sino la vida que se merecen?

Jean-Paul Sartre, Baudelaire  Editorial Losada S.A.  Buenos Aires  1949  página 15.




   Como ejemplo contundente de mi constante contradicción, no me gusta para nada Sartre, no adhiero al existencialismo, me es insoportable Simone de Beauvoir (por lo despiadadamente certera), me duermo con Camus,  y creo firmemente en que  los hombres nunca tienen sino la vida que se merecen.

     Puede que se deba, citando a Eco, al catolicismo de mi infancia, al ser educada bajo el slogan del libre albedrío.  Si somos responsables de nuestros actos, obviamente somos hacedores de nuestro destino.  Pueden que las circunstancias sean más o menos amables o que, por el contrario, nos jueguen de fatal adversario; pero si somos libres (si optamos por serlo) lo que hacemos es lo que queremos y lo que salga tiene que ver exclusivamente con nuestra intención y vocación.

    El género con el que uno nace no es muy distinto de haber nacido con el cabello oscuro, altura retacona y hablando la lengua cervantina.  Son hechos, no un destino.  Lo que se hace y eventualmente lo que se logra o hasta donde se llega depende de uno.  Argüir que no alcancé mis metas por el color de pelo o por mi idioma me suena tan estúpido como decir que no lo hice por ser mujer.  Excusas.  Sigo pegada a las máximas de mi infancia: se cosecha lo que se siembra.  Y sembrar implica trabajo, duro, constante y contra el clima.  No en vano la etimología de “cultura” es cultivar, trabajar sobre lo existente para generar  algo que antes no estaba.  La acción hacedora del hombre que transforma lo dado.  Claro, implica mucho trabajo, compromiso y posibilidad de fracaso.  Riesgo.  Y claro, uno al final recoge en proporción: todos tenemos al cabo ni más ni menos de lo que nos merecemos.




     Demasiada cafeína de por medio, hace pocos día, debatía -indignada por la oposición- que la “profesión más antigua del mundo” había sido obviamente ejercida por mujeres.  Pero no hablaba de la prostitución, sino de las artes plásticas.  Las pinturas rupestres de las cuevas debieron haber sido realizadas por mujeres, ya que eran las que se quedaban dentro con las crías mientras los hombres desaparecían tras la caza.  Y en los largos días de invierno eran ellas las que contaban con la oportunidad de reseñar arañando las piedras  las idiosincrasias de su tiempo.  Las mujeres, con manos más chicas y más hábiles por sus haceres  "domésticos", resultan físicamente más idóneas para suponerlas autoras de las rupestrerías.  Tal vez hasta usaban esos dibujos para educar a los hijos sobre las realidades por fuera de la cueva.

     Pero, como siempre, las mujeres hacemos las cosas con naturalidad, con lógica de cotidianidad, sin aspavientos.  Los hombres, nunca mejor simbolizados que con un pavo real, cuando hace algo necesita llamar la atención, el reconocimiento público, la reafirmación constante de su autoestima.  El primer artista plástico no fue un hombre, biológicamente la sutileza y la habilidad manual han implicado siglos de mutaciones genéticas y adaptación cultural, pero seguramente fue un hombre el primero en reclamar autoría.  Sospecho que en proporción, siempre ha habido más mujeres que hombres artistas (somos más las hembras para preservar la especie y porque los hombres gustan esos juegos mortales de la guerra).   Pero ellos fueron los que salieron a pavonear su talento y a hacer trascender la obra. ¿Las mujeres no ocupamos el mismo espacio en los museos?  Cierto.  Pero no por talento, sino por pura antropología cultural y contingencia histórica.




    La civilización (y las religiones) le permitió al hombre la usurpación del poder y el sometimiento femenino.  Pero desde hace mucho tiempo las mujeres luchamos por revertir ese abuso y alcanzar un plano de igualdad.  Mucha sangre ha corrido hasta acá para que hoy  las mujeres contemos con sobradas herramientas para exigir los mismos derechos que cualquier otro ser humano.  Y si no lo hacemos es nuestra decisión (por las razones que sean en cada caso personal).  Por eso, todo hombre (y mujer) tiene la vida que se merece.   




Post data:  Las obras que se reproducen en esta entrada son de la serie “Las Flores del Mal”, y tienen casi 25 años.  Las veo espantosas a nivel técnico (creo haber mejorado algo); pero siguen recordándome la pasión de descubrir a Baudelaire y por eso les tengo un cariño tan grande (aunque de hecho no sepa por dónde andan ahora).








No hay comentarios:

Publicar un comentario