martes, 1 de marzo de 2016




     “No se mezclan cebollas con naranjas”,  nos decía la maestra, allá por los primeros años de primaria, en la escuela 15 de Lanús, cuando bregaba por darnos los andamiajes básicos del pensamiento lógico.  Cómo cambian los tiempos (y la lógica)... Hoy naranjas y cebollas se me mezclan con facilidad en un suave chutney para acompañar carré de cerdo.  Pero me distraigo.  Ayer me vino a la cabeza esa premisa infantil mientras leía un artículo sobre el mercado de arte en la Argentina (que vendría a ser en Baires, si quiero ser exacta):






     “No se mezclan obras de arte con zapatos”,  sería mejor axioma que el de los bulbos con cítricos.  ¡No es lo mismo!, exclamé indignadísima con la lectura.  Pero cuando me calmé, comprendí que –de nuevo- la mezcla no sólo era posible sino efectiva en los hechos.  ¿Qué es una galería de arte?  Una tienda.  ¿Qué es un galerista/marchand/dealer o como se autodenomine según la moda actual?  Un tendero.  Y para un tendero vender zapatos o arte es exactamente igual, meros objetos de intercambio; lo que cuenta es el resultado de la venta.  El dinero.  Sí, se mezclan cebollas con naranjas y zapatos con arte.

      La premisa correcta sería que es imposible mezclar (entendiendo “mezcla” como coincidencia de razonamiento) artistas con tenderos.  Porque estos últimos condicionan su acción al resultado: hacer negocio, generar dinero.  Sin dinero no hay tenderos.  El artista condiciona su acción a la acción misma, al hacer, al crear; el resultado es indistinto, ya que el resultado es la obra y se sabe que concluida (o abandonada, Leonardo dixit) es independiente de su autor.  Es tan dispar el razonamiento, las motivaciones, la comprensión del mundo, que jamás podrá compatibilizarse lo que entiende por objetivo quien hace arte y quien sólo busca obtener dinero vendiendo lo que el circunstancial mercado compre.



    Entonces, ¿por qué me enojo?   ¿Por qué me exasperan esos largos tratados sobre lo que es el arte que proclama cualquiera que no sea artista?  El tendero-galerista vende objetos; el tendero-crítico de arte vende su opinión, el tendero-periodista especializado/historiador de arte/ curador independiente vende su consulting.  Ninguno gasta un segundo de su tiempo si no recibe a cambio el efectivo que compense su sapiencia o su habilidad para la venta al mejor postor.  Los artistas desperdiciamos toda la vida corriendo detrás de una emoción, un color, una idea, sin pedir nada a cambio.  Son dos visiones tan distintas que no se puede, seriamente, trazar vínculos de comunicación o coincidencia.

    Tengo que recordármelo constantemente, ya que a lo que se tiene acceso con más facilidad es a las opiniones y manifiestos infalibles de todos los tenderos en sus distintas vertientes.  La opinión del artista no importa mucho.  De hecho, también es lógico: el artista está ocupado en otra cosa (su obra), no en ir  adoctrinando por ahí.  El artista mira para adentro, persiguiendo la posibilidad de un alma; el tendero mira para afuera, para la ovación y el consumo del público.




    Entonces, ¿a qué hacerse mala sangre?  Las cosas son así.  No mezclemos tenderos con artistas.  

Post data: Si, soy consciente:  no me hago de amigos (en el mercado) escribiendo estas cosas.  Lo tengo claro.  Tampoco se mezcla la honestidad con los negocios, y yo no sé ser otra cosa  que lo que soy.










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